
La Semana Santa recorre toda la vida de un cristiano: desde los primeros recuerdos de procesiones y vacaciones escolares hasta la vivencia adulta de la liturgia, el viaje interior de la fe y las tradiciones familiares que se heredan de generación en generación. No es solo una semana de descanso; es un compendio de historia, teología, ritos antiguos y costumbres populares que han marcado la cultura de pueblos enteros.
A lo largo de los siglos, esta Semana Mayor ha pasado de ser un pequeño núcleo de ritos pascuales a convertirse en una de las celebraciones religiosas más complejas y ricas del calendario cristiano. En ella se entrelazan la liturgia oficial de las Iglesias, las procesiones de cofradías, la herencia de fiestas paganas de primavera, la respuesta católica a la Reforma protestante e incluso decisiones astronómicas sobre el cómputo del tiempo. Vamos a desgranar, paso a paso, qué es la Semana Santa, de dónde viene, qué significa cada día y cómo se celebra hoy en todo el mundo.
Qué es la Semana Santa y por qué cambia de fecha
La Semana Santa es la conmemoración anual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Comienza con el Domingo de Ramos y culmina litúrgicamente con el Domingo de Resurrección, aunque en muchos lugares populares se inicia ya el Viernes de Dolores, una semana antes, y se prolonga con el llamado Tiempo Pascual durante cincuenta días hasta Pentecostés.
En las Iglesias de tradición occidental (católica, anglicana, luterana, metodista, presbiteriana, reformada), la Semana Santa es la última semana de Cuaresma: arranca con el Domingo de Ramos y termina el Sábado Santo, justo antes de la Vigilia Pascual. En las Iglesias de tradición oriental, la estructura cambia ligeramente: su «Semana Santa» va desde la tarde del Domingo de Ramos hasta la tarde del Gran Sábado posterior a la Cuaresma y al Sábado de Lázaro.
El origen de la fiesta se mezcla con antiguas celebraciones de primavera. Antes del cristianismo, pueblos de Oriente Próximo y Europa celebraban el equinoccio de primavera y el renacer de la naturaleza con ritos agrarios, danzas y símbolos de fertilidad (huevos, figuras femeninas, procesiones en círculo…). La Pascua judía, por su parte, recordaba la liberación de la esclavitud en Egipto y se celebraba el día 14 del mes de Nisán, según el calendario lunar hebreo.
Los primeros cristianos, que eran judíos en gran parte, ligaron la memoria de la muerte y resurrección de Jesús a la Pascua hebrea. Durante los primeros siglos hubo intensos debates sobre la fecha: Roma y Alejandría discrepaban sobre el cálculo, y algunas comunidades celebraban el misterio pascual coincidiendo exactamente con el 14 de Nisán, cayese cuando cayese, mientras otras lo trasladaban siempre al domingo.
El Concilio de Nicea (año 325) zanjó la cuestión para la Iglesia occidental con tres reglas básicas para la Pascua de Resurrección: debía celebrarse en domingo; nunca coincidir con la Pascua judía; y no podía ocurrir dos veces en un mismo año eclesiástico. Se estableció que el Domingo de Pascua sería el primer domingo posterior a la primera luna llena de primavera (tras el equinoccio). Así, la Pascua puede caer entre el 22 de marzo y el 25 de abril, y con ella se mueve toda la Semana Santa.
De ritos pascuales a Semana Mayor: evolución histórica
La primera referencia clara a una semana previa a Pascua con observancias especiales aparece en las Constituciones Apostólicas (siglos III-IV), donde ya se habla de abstinencia de carne todos los días y ayuno total el Viernes y el Sábado. Dionisio de Alejandría, en el siglo III, menciona noventa y un días de ayuno, lo que indica que las prácticas cuaresmales y el realce de la semana anterior a Pascua ya estaban bastante asentados.
No está del todo clara la autenticidad de una ordenanza atribuida al emperador Constantino que habría dispuesto suspender los asuntos públicos los siete días antes y después de Pascua. Lo que sí es seguro es que el Codex Theodosianus recogió la obligación de paralizar los procesos judiciales y cerrar tribunales durante quince días en torno a la fiesta, lo que muestra la importancia civil que fue adquiriendo el ciclo pascual.
Con el tiempo, el Viernes Santo y el Sábado Santo se convirtieron en los días más señalados de esa semana: el primero, como jornada de duelo por la crucifixión; el segundo, como gran vigilia en espera de la Resurrección, conocido como Sabbatum Magnum. La peregrinación de Egeria, en el siglo IV, describe ya con detalle cómo se celebraba la Semana Santa en Jerusalén: procesiones, lecturas continuas de los evangelios, vigilias nocturnas y participación masiva del pueblo.
A partir del siglo IV, especialmente en el ámbito latino, la Iglesia integró y resignificó ritos precristianos de primavera dentro del ciclo pascual. La «Semana Santa» como tal, con una estructura muy similar a la actual —Domingo de Ramos, Triduo Pascual, Domingo de Resurrección—, se fue fijando entre los siglos IV y VI, apoyada en la creciente organización del año litúrgico.
Influencia medieval: cofradías, penitencias y barroco
A partir de la Edad Media, la vivencia popular de la Semana Santa se disparó. En el siglo XIII surgen en el sur de Francia las cofradías de flagelantes, grupos de laicos que se azotaban públicamente en procesión como gesto de penitencia. Desde allí la costumbre pasó a la Península Ibérica, donde encontró terreno abonado en las antiguas hermandades de oficios, muchas de ellas de origen precristiano.
Promovidas en buena medida por los franciscanos, se difundieron las Cofradías de la Vera Cruz por ciudades como Sevilla (1448), Valladolid (activa ya en 1498) o Zamora (1508). Bajo esa espiritualidad, muy marcada por la devoción a la Pasión, el cofrade buscaba «participar» en los sufrimientos de Cristo mediante disciplinas, ayunos y procesiones nocturnas con pasos y cruces.
Los fieles se inscribían en cofradías porque daban acceso a indulgencias, gracias espirituales y asistencia en la hora de la muerte. Las hermandades se preocupaban por conseguir bulas y privilegios de Roma, o por asociarse a órdenes religiosas para compartir sus beneficios espirituales. Entre mediados del siglo XV y finales del XVI se consolida así una trama de cofradías penitenciales que dará su impronta a la Semana Santa hispana.
Entre 1545 y 1563, el Concilio de Trento respondió a la Reforma protestante reforzando precisamente aquello que los reformadores criticaban: la centralidad del culto, el valor de las imágenes y la piedad mariana. El papado impulsó grandes manifestaciones externas de fe: procesiones, cofradías, espectáculos de Pasión, relicarios… La Semana Santa, tal y como hoy la conocemos en muchas ciudades españolas e italianas, es fruto directo de ese clima de Contrarreforma.
Durante los siglos XVII y XVIII, las cofradías alcanzaron un enorme poder social, especialmente en Castilla, Levante y Andalucía, las mismas zonas donde la Inquisición ejercía un fuerte control ideológico. Muchas imágenes y pasos adoptaron el nombre de sus familias protectoras (Dolorosa de tal linaje, Cristo de tal señora), y la espectacular imaginería barroca —de autores como Gregorio Fernández o Salzillo— terminó imponiéndose, a veces, sobre la dimensión puramente espiritual.
La huella de la Inquisición: sambenitos y capirotes
Uno de los elementos más llamativos de las procesiones españolas es el capirote cónico de los nazarenos. Su origen no es devocional, sino penitencial y punitivo: en la época de la Inquisición, a algunos condenados se les imponía un sambenito y un cucurucho de cartón para señalar públicamente su culpa. A partir del siglo XVII, ciertas cofradías incorporan ese atuendo como símbolo de penitencia: el capirote apuntando al cielo expresa la búsqueda del perdón de Dios.
El paralelismo con los rituales inquisitoriales es evidente: la exhibición pública del «reo» con vestiduras humillantes, la teatralización del castigo, la mezcla de miedo, curiosidad y morbo en la calle. No es casual que los momentos de mayor esplendor procesional coincidan en España con periodos de fuerte poder del «partido católico»: la Contrarreforma, la restauración absolutista de Fernando VII y, ya en el siglo XX, el nacional-catolicismo franquista.
Hasta bien entrados los años 60 del siglo XX, la Semana Santa fue también un dispositivo social de control moral: radios apagadas desde el Viernes Santo hasta el Domingo de Pascua, espectáculos suspendidos, música considerada «alegre» prohibida, y una insistencia constante en el dolor de la Pasión. Hoy se debate si conviene mantener ciertas formas más crudas por su valor patrimonial y turístico, o si deben repensarse a la luz de una sensibilidad distinta.
El corazón litúrgico: del Domingo de Ramos al Triduo Pascual
La Semana Santa litúrgica está ordenada en torno a varios ejes: el Domingo de Ramos, los días santos (Lunes, Martes y Miércoles), el Triduo Pascual (Jueves Santo, Viernes Santo y Sábado Santo) y la gran Vigilia Pascual que abre el Domingo de Resurrección. Muchas Iglesias históricas —católica, luterana, anglicana, metodista, presbiteriana, morava— comparten esquemas muy parecidos.
Domingo de Ramos: entrada triunfal y anuncio de la Pasión
El Domingo de Ramos —Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor— conmemora la entrada de Jesús en Jerusalén montado en un pollino, recibido por la multitud con ramos de palmera y cantos de «Hosanna». Por eso en las Misas se bendicen palmas y ramas de olivo u otros árboles, que luego los fieles llevan a casa y colocan junto a crucifijos o en la cabecera de la cama.
La liturgia combina dos tonos muy distintos: la alegría de la procesión con ramos y la lectura solemne de la Pasión. En el rito romano se proclama la Pasión según uno de los sinópticos (Mateo, Marcos o Lucas, según el ciclo), normalmente con varios lectores que representan al Cronista, a Cristo y a la asamblea. Es una especie de prólogo dramático de todo lo que se vivirá el resto de la semana.
Lunes, Martes y Miércoles Santo: los días de la controversia
Entre Ramos y Jueves se suceden tres jornadas que recuerdan episodios claves de los últimos días de Jesús. En el Lunes Santo, la liturgia evoca la unción en Betania: María unge los pies de Jesús con perfume costoso en casa de Lázaro, anticipo de su sepultura. Se recuerda también la expulsión de los mercaderes del Templo y diversos enfrentamientos con las autoridades religiosas.
El Martes Santo está marcado por las primeras predicciones explícitas de la Pasión. Se proclaman pasajes como Juan 12,20-36 (el grano de trigo que muere para dar fruto) y el anuncio de la negación de Pedro en Juan 13. En la Misa tridentina se leía la Pasión según San Marcos, subrayando la inminencia del drama.
El Miércoles Santo, llamado en algunos lugares «Miércoles de espías», se centra en el pacto de Judas con el Sanedrín: por treinta monedas se compromete a entregar a Jesús. Se recuerdan también otros episodios de traición y amor mezclados, como la unción en casa de Simón el Leproso. Es un día con fuerte tono penitencial.
En varias confesiones occidentales se celebra en torno a esta fecha el oficio de Tinieblas o Tenebrae: una liturgia de salmos y lecturas en la que se van apagando progresivamente las velas hasta quedar la iglesia casi a oscuras, simbolizando el avance de la noche del pecado sobre el mundo.
Jueves Santo: Eucaristía, sacerdocio y mandamiento del amor
El Jueves Santo abre formalmente el Triduo Pascual, el corazón del año litúrgico. Es el día en que se conmemoran tres dones fundamentales: la institución de la Eucaristía en la Última Cena, el nacimiento del sacerdocio ministerial y el mandamiento nuevo del amor, escenificado en el lavatorio de los pies.
Por la mañana, en muchas diócesis, el obispo celebra la Misa Crismal con todo su presbiterio. En ella se consagran los óleos que se usarán durante el año: el óleo de los enfermos, el de los catecúmenos y el santo crisma para bautizos, confirmaciones y ordenaciones, así como para la dedicación de altares e iglesias. Es también el momento en el que los sacerdotes renuevan públicamente sus promesas.
Por la tarde tiene lugar la Misa de la Cena del Señor, única Eucaristía permitida ese día en cada iglesia parroquial. Durante el Gloria suenan todas las campanas… y luego callan hasta la Vigilia Pascual. Tras la homilía puede realizarse el lavatorio de los pies: el celebrante lava los pies a doce fieles, evocando el gesto de Jesús con los apóstoles.
Al final de la Misa, el Santísimo Sacramento se traslada en procesión a un lugar de reserva o «monumento», donde queda expuesto para la adoración silenciosa, recordando la agonía de Jesús en Getsemaní. Muchas personas practican la Visita a las Siete Iglesias, recorriendo distintos templos para orar un rato en cada «monumento».
Los altares quedan desnudos, se retiran manteles y flores, las imágenes se cubren con velos y el templo se vacía de ornamentos, anticipando la sobriedad del Viernes Santo. Algunas tradiciones protestantes históricas (luteranos, anglicanos, metodistas) comparten estos gestos, aunque con matices propios.
Viernes Santo: la Pasión y la Cruz
El Viernes Santo es el único día del año en que la Iglesia católica no celebra Misa. En su lugar se celebra la Liturgia de la Pasión del Señor, generalmente a media tarde, alrededor de las tres, hora tradicional de la muerte de Cristo. En muchas confesiones (católica, luterana, anglicana, metodista, presbiteriana) es día de ayuno severo y abstinencia de carne.
La celebración consta de tres partes: Liturgia de la Palabra, Adoración de la Cruz y Comunión. Se proclama Isaías 53 (el Siervo Sufriente), el Salmo 30(31), un pasaje de la Carta a los Hebreos y la Pasión según San Juan, normalmente con varios lectores. Luego siguen las grandes oraciones universales por la Iglesia, el Papa, los catecúmenos, los judíos, los que no creen en Cristo, los gobernantes y todos los necesitados.
En la segunda parte, se presenta un crucifijo cubierto que se va descubriendo paulatinamente mientras el celebrante canta «Mirad el árbol de la Cruz». Los fieles pasan a venerar la Cruz con una genuflexión, un beso o una inclinación profunda, mientras se entonan cantos como los Improperios o «Pueblo mío». La Comunión se hace con hostias consagradas la víspera: el Viernes Santo no se consagra.
Fuera de la liturgia oficial, muchas parroquias proponen a lo largo del día Vía Crucis, sermones de las Siete Palabras y ejercicios de piedad. En algunos lugares se celebra la «Devoción de las Tres Horas», una larga meditación sobre las últimas palabras de Jesús en la cruz.
Sábado Santo: silencio, sepulcro y espera
El Sábado Santo es peculiar: litúrgicamente es una jornada de gran silencio. La Iglesia contempla a Cristo en el sepulcro y acompaña el dolor de María y los discípulos. No se celebra Misa ni otros sacramentos, salvo la Penitencia y la Unción de enfermos en caso de necesidad. El sagrario suele quedar vacío y abierto, y la lamparilla del Santísimo se apaga.
En algunas Iglesias anglicanas y luteranas se celebra una sencilla liturgia de la Palabra con lecturas sobre el entierro de Jesús, pero el tono sigue siendo de espera y sobriedad. Todo apunta a la Vigilia Pascual nocturna, que ya pertenece al Domingo de Resurrección.
Vigilia Pascual y Domingo de Resurrección
La Vigilia Pascual es considerada la «madre de todas las vigilias». Comienza después del anochecer del Sábado Santo y puede prolongarse tres o cuatro horas. Tiene cuatro grandes partes: el Lucernario o Servicio de la Luz, la Liturgia de la Palabra, la Liturgia Bautismal y la Liturgia Eucarística.
En la oscuridad del templo o a las puertas de la iglesia se enciende un fuego nuevo, que se bendice. De él se prende el cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, que entra en procesión en la nave mientras el diácono proclama «Luz de Cristo» y la asamblea responde «Demos gracias a Dios». Mientras la llama se reparte por las velas de los fieles, la oscuridad se disipa poco a poco.
Una vez iluminada la iglesia, se canta el Exsultet, un solemne pregón de Pascua. Luego se proclaman varias lecturas del Antiguo Testamento (idealmente siete, entre ellas obligatoriamente el paso del Mar Rojo en Éxodo 14), cada una seguida de un salmo y una oración que la relaciona con Cristo. Tras la última lectura veterotestamentaria se entona el Gloria, vuelven a sonar las campanas, y se lee un texto de la Carta a los Romanos seguido del Evangelio de la Resurrección.
La tercera parte de la Vigilia se centra en el bautismo: se bendice el agua, se administran los sacramentos de iniciación a los catecúmenos y toda la asamblea renueva sus promesas bautismales. Finalmente se celebra la Eucaristía, primera Misa plena de la Pascua, en la que los recién bautizados comulgan por vez primera.
El Domingo de Resurrección, que se prolonga litúrgicamente durante toda la octava pascual, es la fiesta más importante del año cristiano. Es el inicio de los «Cincuenta Días» pascuales, un tiempo de alegría sostenida que culmina en Pentecostés. En muchas tradiciones locales ese día se bendicen alimentos, se estrenan ropas, se regalan huevos de chocolate o monas, y los padrinos acuden con sus ahijados a Misa.
Significado de cada día de la Semana Santa en la vida del creyente
Además de la liturgia oficial, la predicación popular ha ido asignando un «sentido» espiritual concreto a cada día, especialmente en contextos catequéticos. Se habla, por ejemplo, del «Lunes de la autoridad» (purificación del Templo), del «Martes de la controversia» (disputas con fariseos y saduceos) o del Miércoles como día de penitencia intensificada en vísperas del Triduo.
Muchos materiales pastorales subrayan que el Jueves Santo es el día de la humildad y el servicio, invitando a imitar a Jesús en el lavatorio de los pies y a dar gracias por la Eucaristía y el sacerdocio. Se anima a pasar ratos de adoración ante el «monumento» y a realizar gestos concretos de caridad.
El Viernes Santo es vivido como día de luto, recogimiento y contemplación del Crucificado. Se reza el Vía Crucis, el Rosario del pésame, meditaciones sobre las Siete Palabras y diversos ejercicios que invitan a unir los propios sufrimientos a la Cruz de Cristo. Es el único día, junto con el Miércoles de Ceniza, en que el ayuno y la abstinencia son preceptivos en la Iglesia católica.
El Sábado Santo mantiene un tono de duelo silencioso y esperanza contenida: se insiste en que no es «sábado de gloria» en el sentido festivo (la gloria llega litúrgicamente con la Vigilia), sino jornada de espera junto al sepulcro, acompañando a María. Por la noche, todo se transforma con el estallido de júbilo de la Vigilia Pascual.
El Domingo de Resurrección, finalmente, es presentado como día de renovación de la vida cristiana: se subraya que cada domingo del año es un pequeño «Pascua», y que la participación en la Misa dominical es vivir ese mismo misterio de muerte y resurrección actualizado sacramentalmente.
Semana Santa en el mundo: diversidad de tradiciones
Más allá de la liturgia, la Semana Santa se ha convertido en un enorme mosaico de tradiciones locales, muchas de ellas reconocidas como patrimonio cultural inmaterial. Las procesiones, representaciones de la Pasión, «alfombras» en las calles, cantos, gastronomía y costumbres familiares varían de un país a otro, pero comparten un mismo núcleo: hacer visible en la calle el drama de la Pasión y la alegría de la Pascua.
España: cofradías, imaginería y devoción masiva
En España, la Semana Santa es uno de los grandes marcadores de identidad local. Procesiones como la Semana Santa de Sevilla, Málaga, Granada, Valladolid, Zamora, León, Cartagena, Córdoba, Cuenca, Zaragoza, Palencia o Viveiro cuentan con declaración de Interés Turístico Nacional o Internacional. En ellas desfilan pasos de enorme valor artístico, bandas de música, saetas improvisadas y miles de nazarenos con túnica y capirote.
En ciudades como Sevilla o Málaga, las hermandades son auténticas instituciones sociales, con siglos de historia, patrimonio artístico y una vida interna intensa durante todo el año. En Castilla destaca la sobriedad castellana de Valladolid o Zamora, con pasos barrocos de gran fuerza expresiva y un ambiente más silencioso y contemplativo.
Guatemala y Honduras: alfombras y patrimonio UNESCO
En Guatemala, la Semana Santa de Antigua y la Ciudad de Guatemala es célebre por sus alfombras de serrín teñido, flores y frutas, que cubren las calles para el paso de enormes andas con imágenes de Cristo y de la Virgen. Los cargadores, llamados cucuruchos, visten túnicas moradas y avanzan al ritmo de marchas fúnebres. Esta celebración fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2022.
En Honduras, especialmente en Comayagua y Tegucigalpa, también se elaboran alfombras de aserrín de vivos colores, con escenas bíblicas y motivos religiosos, sobre las que discurren las procesiones. En otros países de Centroamérica, como Nicaragua (Granada, León) o El Salvador, existen procesiones similares, muy influenciadas por la tradición española pero con rasgos propios.
Italia y el sur de Europa: misterios y ritos barrocos
En Italia, la Semana Santa se vive con especial intensidad en el sur y las islas. Destaca la Processione dei Misteri de Trapani, en Sicilia: una larga procesión que dura más de 16 horas, con veinte grupos escultóricos que representan escenas de la Pasión. Es uno de los ritos ininterrumpidos más antiguos de Europa (activa, como mínimo, desde principios del siglo XVII).
Otras localidades italianas, como Barcellona Pozzo di Gotto o Ruvo di Puglia, conservan ritos donde se mezclan tradiciones españolas e italianas, cofradías desde el siglo XVI y un fuerte componente de patrimonio inmaterial. Las procesiones, a menudo en silencio, alternan cantos populares, marchas fúnebres y manifestaciones de devoción mariana.
América Latina: sincretismos y particularidades
En países como México, Perú, Colombia o Brasil, la Semana Santa es también un espacio de encuentro entre la fe católica y tradiciones indígenas. La Pasión de Cristo en Iztapalapa (Ciudad de México), por ejemplo, es una representación multitudinaria iniciada en 1843, que implica a todo un barrio y mezcla teatro popular, devoción y organización comunitaria.
En Campanha (Brasil), la Semana Santa comienza con la Procesión del Depósito y culmina con el Descendimiento y la Procesión del Señor Muerto. Las calles se llenan de alfombras coloridas la noche de la Vigilia, y el Domingo de Pascua se celebra con bandas, coros y fuegos artificiales. En Ecuador, las grandes procesiones del Cristo del Consuelo (Guayaquil) o Jesús del Gran Poder (Quito) congregan a cientos de miles de fieles.
Filipinas y Asia: herencia hispana en clave local
En Filipinas, antigua colonia española y país mayoritariamente católico, la Semana Santa (Mahal na Araw) conserva elementos hispanos pero con sabor propio. Comienza con el Linggo ng Palaspas (Domingo de Palmas) y culmina con el Linggo ng Pagkabuhay (Domingo de la Resurrección). Entre Jueves y Viernes muchos fieles practican la Visita Iglesia, recorriendo siete templos.
En otros puntos de Asia, como ciertas comunidades de Vietnam o la India, la Semana Santa se celebra en minoría, pero con gran celo: procesiones discretas, viacrucis, representaciones de la Pasión y una fuerte implicación de las parroquias locales.
Costumbres, símbolos y vivencia personal a lo largo de la vida
La Semana Santa no se queda en los templos. Deja huella en la cocina, en los días libres, en la memoria afectiva y en la educación religiosa. Platos como la fanesca ecuatoriana (con doce granos y bacalao), las torrijas españolas, potajes, bacalao de mil maneras o dulces típicos forman parte de los platos tradicionales de la Semana Santa.
En la infancia, muchas personas recuerdan la Semana Santa como tiempo de vacaciones escolares y primeras experiencias de fe: salir a ver procesiones, repetir frases del Vía Crucis, ayudar a decorar el monumento en la parroquia, recibir una palma o una mona de Pascua de los padrinos. Más adelante, en la juventud y la madurez, la vivencia puede profundizar: participación en cofradías, en coros, en grupos de liturgia, retiros y ejercicios espirituales.
La tradición de las cofradías, con sus túnicas, ensayos y reglas internas, acompaña a muchos a lo largo de décadas. Hay quien entra de niño de la mano de sus padres, carga durante años un paso y, ya mayor, participa en juntas directivas o en tareas de caridad. La Semana Santa se convierte así en un hilo continuo en la biografía personal: cambia la manera de vivirla, pero sigue siendo un punto de referencia anual.
En contextos más secularizados, incluso quienes no se consideran creyentes mantienen ciertos ritos de Semana Santa como parte de su identidad cultural: ver una procesión emblemática, respetar el Viernes Santo como día distinto, preparar recetas típicas, aprovechar los «puentes» para viajar o simplemente notar que el ambiente de la ciudad cambia.
Vista en conjunto, la Semana Santa funciona como un gran relato que se repite cada año y que cada persona relee desde la etapa vital en la que está: de niño se mira la procesión; de adulto quizá se mira hacia dentro al escuchar la Pasión; de anciano, muchos se identifican de otra manera con las escenas de sufrimiento, abandono y esperanza. Y así, a lo largo de la vida, esta semana singular se convierte en una especie de espejo que devuelve, año tras año, nuevas luces sobre la propia historia y sobre la fe.

