
En muy poco tiempo, los vídeos de adolescentes con máscaras y colas de animales moviéndose a cuatro patas han pasado de ser una rareza de nicho a ocupar el feed de TikTok, Instagram y YouTube. Se presentan como comunidad, hablan de «manadas» y muchos aseguran que, en un plano interno, no se viven del todo como humanos. A esa identidad la llaman therian.
Para parte de la población adulta, el tema resulta desconcertante: ¿es una moda pasajera, una subcultura juvenil más o estamos ante un cambio de fondo en la manera en que los jóvenes entienden la identidad? Mientras redes y titulares se llenan de memes y polémicas, la conversación sobre los therians en España y en Europa empieza a ganar matices, con psicólogos y académicos analizando qué hay detrás del fenómeno.
Qué significa ser therian y de dónde sale el término
En el uso actual, ser therian implica sentirse identificado de forma psicológica o espiritual con un animal concreto, sin que eso suponga creer que se tiene un cuerpo no humano. Es decir, la persona sabe que es humana, pero experimenta una especie de afinidad interna intensa con una especie animal, hasta el punto de integrarla en su identidad personal.
El término procede de «therianthropy», palabra formada a partir del griego «therion» (bestia o animal salvaje) y «anthropos» (ser humano). Históricamente, estas raíces se han usado para hablar de metamorfosis humano-animal en la mitología —hombres lobo, figuras híbridas, deidades con cuerpo humano y cabeza animal— y, en biología, para referirse a ciertos mamíferos (los terios). Sin embargo, la comunidad therian contemporánea resignifica el término para describir una vivencia identitaria interna, no una transformación física.
Quienes se consideran therians suelen hablar de su «teriotipo», el animal específico con el que sienten esa identificación. Puede ser un perro, un lobo, un gato o un zorro, pero también especies menos habituales como aves o incluso cocodrilos. Algunas personas describen la sensación como tener un «alma animal»; otras, como una forma de comprender su temperamento o su forma de estar en el mundo.
Para muchos miembros de la comunidad, esta identidad no se percibe como una elección ni como un simple juego. Afirman que «nacieron therian» y que esa vivencia comenzó a hacerse consciente, con más claridad, entre la infancia tardía y la adolescencia, entre los 10 y los 16 años, una etapa en la que la búsqueda de quién se es se vuelve especialmente intensa.
Dentro de esta experiencia aparecen también los llamados «shifts», momentos en los que la persona dice sentir más presente a su animal interno. Pueden expresarse a través de cambios de humor, impulsos de movimiento, ganas de emitir determinados sonidos o de adoptar posturas concretas. Para los propios therians, son episodios significativos de su vivencia identitaria, aunque desde fuera puedan percibirse simplemente como una forma llamativa de expresarse.
Un fenómeno que nace en foros y explota con las redes sociales
Aunque el público general lo haya descubierto ahora, la identidad therian no es nueva. Sus raíces se remontan a los foros de internet de los años 90, donde empezaron a circular relatos de personas que decían sentirse, en un plano casi metafísico, parte de otra especie. En esos espacios también surgieron términos como «otherkin», usados para quienes se identifican con seres no humanos de tipo mitológico —por ejemplo, dragones o elfos—.
En esa misma época se popularizaron comunidades como alt.horror.werewolves, un grupo pensado en origen para compartir ficción de hombres lobo, que acabó convirtiéndose en un punto de encuentro para personas que describían experiencias de identidad no humana. A partir de ahí, fueron apareciendo guías de teriantropía en línea, especialmente a partir de 2010, donde se sistematizaban conceptos, se intentaba aclarar qué es y qué no es ser therian y se compartían testimonios de primera mano.
El salto a la visibilidad masiva llega con la expansión de TikTok, Instagram y YouTube. Los algoritmos amplifican los vídeos más llamativos —adolescentes corriendo a cuatro patas, usando máscaras detalladas, emitiendo gruñidos y maullidos— y el fenómeno pasa de ser una subcultura de nicho a tema recurrente en la conversación digital. La etiqueta therian acumula millones de visualizaciones y el contenido se mezcla con humor, críticas y explicaciones didácticas.
En América Latina, el auge ha sido especialmente visible en países como Argentina, México o Uruguay, donde las quedadas en parques y plazas se han viralizado rápidamente. Desde allí, y a través de las propias plataformas, la tendencia cruza el Atlántico y empieza a reconocerse en ciudades españolas, mientras los medios se hacen eco y multiplican su presencia en el debate público.
Esta exposición masiva genera un efecto rebote: más jóvenes descubren la etiqueta y la prueban como posible marco identitario. Algunos se quedan y terminan integrándola en quiénes son; otros la abandonan tras un tiempo. Especialistas en psicología adolescente recuerdan que experimentar con distintas formas de presentarse al mundo es un comportamiento esperable en esa etapa, aunque en este caso lo haga a través de claves muy mediadas por lo digital.
Cómo se expresan los therian: máscaras, quadrobics y manadas
Más allá de la vivencia interna, lo que ha hecho que el fenómeno destaque en redes es su puesta en escena. Muchos therians recurren a máscaras, colas, garras o guantes que representan a su teriotipo. Algunas piezas son elaboradas artesanalmente, con horas de trabajo, y otras se compran en tiendas especializadas o por internet, acercándose en lo visual al universo furry, aunque con un significado distinto para quienes las llevan.
Uno de los elementos que más visualizaciones genera son los «quadrobics» —también llamados simplemente quads—, entrenamientos en los que los jóvenes corren, saltan y se desplazan a cuatro patas intentando imitar la forma de moverse de su animal. Estos ejercicios se graban en parques, patios o pistas deportivas y se comparten como desafío físico, demostración de habilidad o expresión identitaria.
Las quedadas, a menudo descritas como «reuniones de manada», se han convertido en una de las señas de identidad de la comunidad. En ellas, los participantes se presentan con sus mejores máscaras y accesorios, interactúan entre sí como si fueran animales, practican quadrobics en grupo y comparten experiencias sobre cómo viven su identidad. A ojos externos, la escena puede recordar a antiguas subculturas juveniles —de los emos a los otakus— que también se apropiaban de plazas y parques como lugar de encuentro.
En algunos vídeos se observa cómo los therians interactúan con animales reales, especialmente perros, recreando juegos o carreras. En otros, aparecen simplemente paseando, posando para fotos o charlando en grupo mientras mantienen algunos rasgos de su personaje animal. El tono oscila entre lo cotidiano y lo performativo, en función del contexto y del grado de comodidad con la mirada ajena.
La propia comunidad insiste en que, pese a esa estética marcada, la mayoría de therians llevan una vida diaria aparentemente «normal». Estudian, trabajan o conviven en entornos donde no actúan como animales, y reservan la expresión más visible de su identidad para momentos concretos: quedadas, grabación de contenido o espacios privados y digitales donde se sienten comprendidos.
Therian, furry y otherkin: en qué se parecen y en qué no
Una de las confusiones más habituales en redes es la que equipara a los therians con los furries. Ambos fenómenos comparten cierto imaginario animal y el uso de disfraces o máscaras, pero la lógica que hay detrás es distinta. De ahí que muchas personas de la propia comunidad insistan en marcar la diferencia.
El denominado furry fandom es una subcultura surgida en los años 80 alrededor de convenciones de ciencia ficción y personajes animales antropomórficos. Sus miembros suelen crear un fursona, un avatar animal con rasgos humanos que funciona como personaje dentro del fandom. Se trata, fundamentalmente, de una afición creativa y lúdica, ligada a la ilustración, el cosplay o incluso el role play, que no implica creerse ese animal ni integrarlo como identidad profunda.
En el caso therian, los protagonistas subrayan que su vínculo con el animal es identitario y espiritual, aunque no físico. No lo viven como un personaje al que se interpreta en determinados contextos, sino como una dimensión estable de quiénes son. De ahí que muchos rechacen reducirlo a un «simple disfraz» o a una práctica exclusivamente recreativa, pese a que desde fuera el resultado pueda parecer similar.
Junto a ellos aparece el término «otherkin», que agrupa a personas cuyo sentido de identidad no es estrictamente humano y que se reconocen, total o parcialmente, en otras especies o seres de carácter mitológico: dragones, elfos, criaturas fantásticas. Dentro de esa constelación, los therians se consideran un subgrupo centrado en animales reales, mientras que otros perfiles se orientan a dimensiones más fantásticas o espirituales.
Desde la psicología se apunta a que la existencia de estas etiquetas ayuda a organizar experiencias subjetivas complejas. Poner nombre a lo que se siente —ya sea therian, furry u otherkin— permite encontrar a otras personas con vivencias parecidas, compartir marcos de referencia y, en algunos casos, disminuir la sensación de aislamiento que acompaña a quienes se perciben como «diferentes».
Therians en España y Europa: de las redes a las plazas
Aunque el epicentro de la viralidad ha estado inicialmente en América Latina y Estados Unidos, España y otros países europeos empiezan a ver sus propias escenas therian. Los vídeos de quedadas se han multiplicado en los últimos meses, así como las noticias sobre convocatorias en parques y plazas de distintas ciudades.
En territorio español se han documentado encuentros en capitales como Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao, donde grupos de adolescentes y jóvenes adultos se reúnen para practicar quadrobics, lucir sus máscaras y conocerse fuera de la pantalla. En Galicia, por ejemplo, se anunció una quedada en Lugo, en la Praza Viana do Castelo, difundida a través de TikTok y que generó mucha expectación local.
Ese encuentro, sin embargo, acabó suspendiéndose tras la aparición de mensajes hostiles en redes dirigidos a los organizadores, con insultos y amenazas. A través de un comunicado en TikTok, los promotores explicaron que preferían posponerla para poder garantizar condiciones de seguridad y cumplir los requisitos legales. Pese a ello, en otras zonas del país se han seguido anunciando convocatorias similares, lo que indica que el fenómeno está aún en fase de expansión.
En paralelo, medios de comunicación españoles y europeos han empezado a dedicar reportajes, entrevistas y análisis a la comunidad. Algunos se centran en la parte más llamativa —las máscaras, los movimientos a cuatro patas o los vídeos calificados de «cringe»—, mientras que otros exploran las motivaciones psicológicas, el contexto social y la percepción de las familias que observan a sus hijos sumarse a estas prácticas.
Expertos consultados insisten en que no se trata de una realidad homogénea: hay jóvenes que exploran brevemente la etiqueta therian y luego la abandonan, y otros que la integran como parte estable de su identidad. La forma de vivirla también varía, desde quienes la mantienen casi en secreto hasta quienes apuestan por una presencia muy visible en espacios públicos, lo que acentúa el choque con miradas más tradicionales.
Adolescencia, búsqueda de identidad y comunidad digital
Psicólogos especializados en adolescencia recuerdan que esta etapa vital se caracteriza por una intensa búsqueda de identidad individual. Es el momento de separarse simbólicamente del núcleo familiar, dejar de ser «el hijo de» o «la hija de» y construir una narrativa propia. En ese proceso es habitual probar distintos estilos, afiliaciones y subculturas, que pueden durar desde unos meses hasta muchos años.
La generación que hoy se fija en la etiqueta therian crece, además, en un contexto de hiperdigitalización y exposición constante. Buena parte de sus relaciones, referencias culturales y marcos de pertenencia se articulan a través de redes sociales, foros y plataformas de vídeo. En este escenario, los algoritmos convierten en tendencia prácticas que, de otro modo, habrían quedado en círculos reducidos, amplificando tanto la curiosidad como la crítica.
Algunos especialistas interpretan la identidad therian como una vía de escape simbólica frente a las exigencias y presiones del día a día. Frente a la sensación de no llegar a todo —estudios, expectativas familiares, estándar social—, «abrazar» un animal interno puede funcionar como un punto de fuga donde se suspenden, por un rato, esas demandas. No se trata de renunciar a la humanidad en términos literales, sino de tomar distancia de las normas que se perciben como asfixiantes.
El psicólogo general sanitario Pablo Barragán, por ejemplo, plantea que la identidad therian podría inscribirse en esa lógica de huida momentánea de la exigencia social. Subraya que la mayoría de quienes participan en la comunidad mantienen claro que su condición humana sigue intacta y que la expresión animal se reserva a tiempos y espacios específicos. Desde esa perspectiva, hablaríamos menos de una ruptura radical con la realidad y más de una forma creativa de gestionar el malestar.
A esto se suma el elemento de pertenencia grupal. Desde la infancia, las personas buscan formar parte de algo más grande que ellas mismas: una pandilla, una tribu urbana, un club. Para una minoría de jóvenes que se sienten especialmente desajustados en sus entornos habituales, encontrar en internet a otros con vivencias parecidas puede suponer un alivio y una fuente de apoyo emocional. Ahí encaja, según varios expertos, el atractivo de comunidades como la therian.
Qué dice la investigación científica sobre los therian
La literatura académica sobre identidades no humanas es todavía limitada, pero existen estudios que aportan algunas claves. Investigaciones desarrolladas en universidades europeas, como la de Northampton, o trabajos citados por instituciones como la Universidad de Cambridge, han analizado grupos de personas que se identifican como therians y los han comparado con muestras de control.
En uno de estos estudios se evaluaron variables como el bienestar psicológico, la tendencia al pensamiento divergente (schizotypy) y rasgos vinculados al espectro autista. Los resultados apuntan a diferencias en el ámbito relacional, especialmente en cómo se percibe la conexión social con el entorno, pero no permiten concluir que la identidad therian, por sí misma, suponga un trastorno o una patología.
Más bien, las autoras y autores de esos trabajos sugieren que, en algunos casos, identificarse como no humano podría ofrecer un marco de sentido para personas que ya se experimentan como distintas a la norma. Es decir, la etiqueta funcionaría como una herramienta narrativa para explicar la propia experiencia vital, más que como la causa primera del malestar.
Otros ensayos académicos, centrados en comunidades otherkin y en relatos de licantropía moderna, insisten en la importancia del componente cultural. Subrayan que estos fenómenos se dan en un contexto histórico en el que proliferan políticas de identidad ligadas a género, orientación sexual u otros ejes, y en el que cada vez es más habitual explorar fronteras flexibles de lo que significa ser humano o pertenecer a un grupo concreto.
La psicóloga catalana Cristina Agud, especialista en estas comunidades, recuerda que la comunidad otherkin es más numerosa de lo que aparenta, pero que el miedo al rechazo social favorece el anonimato. Internet se convierte, así, en el principal canal para compartir experiencias de identidad no humana, mediante foros, blogs y páginas informativas que funcionan al margen de jerarquías formales o estructuras organizativas rígidas.
A nivel clínico, buena parte de los especialistas consultados coincide en que no se puede hablar de «hordas de personas enfermas que se creen animales». En la mayoría de los casos, se trata de jóvenes que coexistirían sin grandes dificultades con el resto de la sociedad, pero que encuentran más paz y aceptación en comunidades donde se permiten expresar su diferencia sin sentir que han de justificarse constantemente.
Polémicas, malentendidos y debate social
El impacto mediático del fenómeno therian no se explica solo por su estética llamativa; también pesa el choque con los códigos del mundo adulto. Para muchos padres, madres y docentes, ver a adolescentes avanzando a cuatro patas o gruñendo en un parque genera desconcierto y, en algunos casos, preocupación abierta por su salud mental.
En redes sociales abundan los memes y los vídeos humorísticos que caricaturizan a los therians, a medio camino entre la burla y la fascinación. Algunas escenas se describen como especialmente «cringe»; otras se comparten como simple curiosidad. Este tratamiento superficial, centrado en el impacto visual, dificulta entender las motivaciones profundas de quienes se identifican con el movimiento.
La polémica también se ha alimentado de mensajes agresivos y discursos de odio. Convocatorias de quedadas en distintas ciudades, como la mencionada en Lugo, han recibido comentarios que van desde el insulto fácil hasta amenazas explícitas. La reacción oscila entre quienes exigen mayor tolerancia hacia formas «raras» de autoexpresión y quienes consideran que estas prácticas son síntoma de una juventud perdida o de una supuesta «degeneración» de valores.
En este contexto, especialistas en salud mental insisten en diferenciar entre una exploración identitaria no normativa y la presencia de un trastorno que requiera intervención. Señalan que el criterio clave es el grado de sufrimiento o interferencia en la vida cotidiana: si la persona mantiene sus estudios, relaciones y cuidados básicos, y encuentra bienestar en la comunidad therian, el foco debería ponerse más en el acompañamiento y la comprensión que en el alarmismo.
Al mismo tiempo, voces críticas alertan del riesgo de que las redes sociales conviertan cualquier búsqueda personal en espectáculo. El hecho de que muchas de estas escenas se graben y difundan pensando en la viralidad abre preguntas sobre la exposición temprana, la huella digital y la presión de la audiencia. Para algunos jóvenes, la identidad therian podría mezclarse con el deseo de destacar en plataformas donde la atención es un recurso escaso.
Otra de las confusiones frecuentes es vincular el fenómeno con conductas zoofílicas o prácticas sexuales con animales, algo que la propia comunidad rechaza de forma tajante. En las guías de teriantropía y en múltiples perfiles en redes se insiste en que ser therian no tiene que ver con la atracción sexual hacia animales, sino con una dimensión de identidad psicológica o espiritual. Pese a ello, estos malentendidos siguen apareciendo en debates públicos y comentarios en línea.
Familias, salud mental y papel de los adultos
Entre los vídeos que se han viralizado en los últimos meses aparecen también padres y madres que se declaran perdidos al descubrir que sus hijos se definen como therians. Muchos no saben si interpretarlo como una fase, una llamada de atención o el síntoma de un problema mayor. La falta de información rigurosa y la mezcla de chistes y alarmas en los medios no ayudan a matizar esa mirada.
Psicoterapeutas consultados en distintos países subrayan que, ante casos así, lo primero es abrir canales de diálogo sin burlas ni dramatismos. El objetivo no sería tanto «convencer» al adolescente de abandonar la identidad como entender qué necesidades está cubriendo: sensación de pertenencia, escape del estrés, exploración creativa, búsqueda de significado o una mezcla de todo ello.
Algunos especialistas recalcan que la adolescencia siempre ha generado códigos propios difíciles de descifrar para los adultos. A lo largo de las décadas han aparecido numerosas subculturas juveniles que, en su momento, suscitaron temores similares: desde los movimientos ligados a la música hasta comunidades emo u otaku. En muchos casos, el tiempo ha demostrado que se trataba sobre todo de canales de expresión y socialización en momentos vitales complicados.
La diferencia ahora es que las experiencias se amplifican mediante redes sociales, lo que aumenta tanto el apoyo potencial como la exposición a críticas. Para los profesionales de la salud mental, esto plantea el reto de acompañar procesos identitarios mediadas por lo digital, donde la frontera entre «lo que se es» y «lo que se muestra» se vuelve más difusa.
En este marco, varios psicólogos coinciden en que no es útil patologizar de entrada la identidad therian. Recomiendan, en cambio, prestar atención a señales como el aislamiento extremo, la imposibilidad de funcionar fuera del rol animal o el deterioro marcado en áreas clave de la vida. Cuando estos elementos no están presentes, el énfasis habría de ponerse en reforzar recursos de apoyo, educación emocional y habilidades para la convivencia, tanto dentro como fuera de la comunidad.
Al cierre de este debate, lo que sí parece claro es que el auge de los therians refleja una generación que experimenta con nuevas formas de contar quién es en un mundo cambiante, a menudo incierto, donde las identidades tradicionales ya no bastan para explicarlo todo. Entre máscaras de lobo, vídeos a cuatro patas y tertulias familiares, el fenómeno obliga a preguntarse qué tipo de espacios ofrece hoy la sociedad para que los jóvenes se sientan aceptados sin tener que convertirse, simbólicamente, en otra especie.