Preservar la fertilidad antes del cáncer: opciones, riesgos y apoyo emocional

  • Los tratamientos oncológicos pueden dañar ovarios y testículos, por lo que es clave valorar la preservación de la fertilidad antes de empezar quimio o radioterapia.
  • Técnicas como la vitrificación de ovocitos, la congelación de semen y, en casos seleccionados, de tejido ovárico, permiten intentar ser madre o padre tras superar el cáncer.
  • Las decisiones deben individualizarse según la edad, la reserva ovárica, el pronóstico del tumor y el posible retraso del tratamiento oncológico.
  • La información temprana y el acompañamiento psicológico mejoran la calidad de vida y reducen el impacto emocional a largo plazo.

preservar la fertilidad antes del cáncer

MADRID, 4 feb. – El aumento de la supervivencia en los pacientes oncológicos ha puesto en primer plano una cuestión que hace no tanto se pasaba por alto: cómo preservar la fertilidad antes de iniciar un tratamiento contra el cáncer. Cada vez más hombres y mujeres jóvenes se curan, y lo que ocurra con su capacidad reproductiva años después empieza a verse como una parte esencial del abordaje de la enfermedad.

En España y en Europa, los especialistas insisten en que hablar de fertilidad desde el mismo momento del diagnóstico no es un “extra”, sino un componente más del tratamiento oncológico integral. La buena noticia es que hoy existen técnicas eficaces, como la vitrificación de ovocitos o la congelación de semen, que permiten dejar una puerta abierta a la maternidad o paternidad una vez superada la enfermedad, siempre que se valoren a tiempo.

Cómo afectan quimioterapia, radioterapia y cirugías a la fertilidad

impacto de los tratamientos oncológicos en la fertilidad

Los tratamientos oncológicos están diseñados para frenar el crecimiento descontrolado de las células cancerígenas, pero en ese proceso también pueden dañar células sanas, entre ellas las reproductivas. Es lo que se conoce como gonadotoxicidad: fármacos y radiación que afectan a ovarios y testículos, comprometiendo la producción de ovocitos y espermatozoides.

Según especialistas en reproducción y ginecología, no todos los tratamientos impactan igual. Influyen la edad del paciente, la reserva ovárica de la mujer, el tipo de tumor, el esquema de quimioterapia (por ejemplo, los agentes alquilantes empleados con frecuencia en el cáncer de mama), la dosis acumulada, el número de ciclos o la zona sobre la que se aplica la radioterapia. En el caso femenino, el ovario no se regenera, de modo que el margen de daño es menor que en el testículo.

En mujeres que reciben quimioterapia, una parte recupera la función ovárica, pero aumenta el riesgo de fallo ovárico precoz y menopausia adelantada, sobre todo en edades más avanzadas de la vida reproductiva. En hombres, la espermatogénesis puede verse muy mermada, e incluso no llegar a normalizarse tras el tratamiento, lo que explica la importancia de actuar antes de la primera sesión oncológica.

Las cirugías también cuentan. Intervenciones sobre el útero, los ovarios, el cuello uterino o cirugías en los testículos pueden reducir o anular la capacidad de concebir de manera espontánea, ya sea por extirpación directa o por alteraciones en la anatomía y la función de los órganos reproductivos. Por eso, los expertos recomiendan disponer de la máxima información posible sobre el plan quirúrgico antes de decidir qué estrategia de preservación es la más adecuada.

Respecto a la radioterapia, el riesgo varía según la edad, las dosis y la zona irradiada. Una irradiación pélvica en una mujer de 38 años, por ejemplo, no tiene las mismas consecuencias que en una de 25; cuanto mayor es la edad, menor dosis se necesita para producir un daño irreversible en los ovarios.

Por qué es clave decidir antes de empezar el tratamiento

técnicas de preservación de la fertilidad

Los especialistas españoles en fertilidad coinciden en un punto: la derivación a una unidad de reproducción debe hacerse tan pronto como se confirma el diagnóstico de cáncer. De la rapidez con la que se valore la situación dependerá, en gran medida, que el paciente pueda acceder o no a las distintas técnicas disponibles sin demorar el tratamiento oncológico.

En el caso de la mujer, la vitrificación de ovocitos exige un ciclo de estimulación ovárica que suele durar entre 10 y 12 días. Durante ese tiempo se administran hormonas para que el ovario produzca más óvulos de lo habitual, que después se extraen mediante punción transvaginal y se vitrifican. Si se prevé una mala respuesta, en determinadas situaciones se puede plantear más de un ciclo para acumular ovocitos, teniendo siempre muy presente que no se debe poner en riesgo el inicio de la quimioterapia o la cirugía.

En hombres, el proceso es mucho más sencillo desde el punto de vista logístico: basta con recoger y congelar una o varias muestras de semen antes del inicio del tratamiento. Estas muestras se almacenan en tanques de nitrógeno líquido a temperaturas cercanas a los -196 ºC, lo que permite su conservación indefinida mientras el laboratorio mantenga los controles de calidad y monitorización adecuados.

Los expertos en reproducción subrayan que la preservación de la fertilidad no puede iniciarse una vez empezada la quimioterapia o la radioterapia, ya que incluso dosis iniciales pueden deteriorar el material reproductivo. Por eso, el oncólogo tiene un papel central: debe informar desde el principio sobre este riesgo y coordinarse con la unidad de reproducción para no perder esa ventana de oportunidad.

En la práctica clínica europea, se observa que muchos pacientes agradecen que, en pleno impacto del diagnóstico, se les hable claramente de sus opciones para ser padres en el futuro. Aunque no todos acaban recurriendo a las muestras criopreservadas, el simple hecho de saber que se ha valorado esta opción y que se ha actuado a tiempo repercute de forma positiva en su bienestar emocional.

Técnicas para preservar la fertilidad antes del cáncer

En mujeres y hombres en edad reproductiva existen diversas alternativas para preservar la fertilidad antes de iniciar el tratamiento oncológico. Todas tienen ventajas y limitaciones, y la elección debe hacerse de forma individualizada, según cada caso clínico y el tipo de tumor.

En el varón, el procedimiento de referencia es la criopreservación de semen. Lo habitual es que el paciente deposite varias muestras, separadas por periodos de abstinencia sexual de unos 3 a 5 días cuando el tiempo lo permite. Estas muestras se mezclan con medios específicos que protegen a los espermatozoides durante la congelación y se almacenan en pequeños soportes sumergidos en nitrógeno líquido. De esta manera se asegura su uso futuro, incluso si la calidad seminal se deteriora de forma irreversible tras la quimioterapia o la radioterapia.

En la mujer, la técnica más extendida hoy en España y en gran parte de Europa es la vitrificación de ovocitos. Frente a la congelación clásica, la vitrificación es un proceso ultrarrápido que evita la formación de cristales de hielo en el interior de la célula, lo que mejora la supervivencia de los ovocitos al descongelarlos años después. Esta opción tiene además la ventaja de que ya no es necesario disponer de semen de pareja: la mujer puede preservar sus óvulos en solitario y decidir más adelante si los fecunda con semen de pareja o de donante.

Otra posibilidad es la congelación de embriones, una técnica que durante años fue la más utilizada en pacientes oncológicas. Requiere realizar una fecundación in vitro con semen de pareja o de donante y congelar los embriones resultantes para transferirlos una vez superado el cáncer y cuando la situación médica lo permita. Hoy se reserva especialmente para parejas con un proyecto reproductivo ya definido.

En niñas, adolescentes o mujeres en las que no es posible realizar estimulación ovárica a tiempo, puede plantearse la criopreservación de tejido ovárico. En este caso se extrae quirúrgicamente una parte de la corteza del ovario, rica en folículos, y se congela. Años después, si las condiciones son favorables, puede reimplantarse para intentar recuperar la función ovárica. Los especialistas señalan que esta técnica se emplea sobre todo en pacientes jóvenes y que su tasa de éxito disminuye claramente a partir de los 35 años, por lo que en edades más avanzadas se valora con mucha prudencia.

Existen, además, otras estrategias complementarias, como el uso de análogos de la hormona liberadora de gonadotropinas (GnRH) durante la quimioterapia, o la maduración in vitro de ovocitos inmaduros. De momento, sus resultados son más discretos y no sustituyen a las técnicas principales, pero pueden contemplarse como parte de un plan combinado, siempre con criterios personalizados.

Cuándo puede no tener sentido preservar la fertilidad

Los expertos insisten en que, más que hablar de “prohibiciones”, hay que preguntarse si la preservación de la fertilidad tiene sentido médico y reproductivo en cada caso concreto. No se trata de ofrecer estas técnicas de forma automática, sino de integrarlas de manera responsable en el plan terapéutico.

Para tomar la decisión se analizan varios factores: la edad de la paciente, su función y reserva ovárica, el riesgo de esterilidad asociado al tratamiento propuesto, el pronóstico y el estadio del tumor, la probabilidad de retrasar el inicio de la quimioterapia sin comprometer los resultados y el posible riesgo de que el tejido ovárico a congelar contenga células tumorales viables. El visto bueno del oncólogo, como coordinador del tratamiento, es imprescindible en cualquier caso.

Hay situaciones en las que vitrificar ovocitos o embriones tendría una utilidad muy limitada. Por ejemplo, cuando los tratamientos necesarios van a dañar de forma grave el útero o el endometrio (por cirugía o radioterapia pélvica), de manera que la paciente no podría gestar posteriormente. En España, donde la gestación subrogada no es legal, almacenar ovocitos en estos casos puede carecer de sentido práctico desde la perspectiva médica.

También debe valorarse cuidadosamente el pronóstico vital. En enfermedades con esperanza de vida muy reducida o con tasas de recaída extremadamente altas, los equipos médicos priorizan la seguridad oncológica y el bienestar global del paciente, y puede considerarse que la preservación reproductiva no aporta un beneficio real.

Incluso cuando se han recibido tratamientos agresivos, la recomendación sobre el embarazo futuro no es uniforme: el riesgo de cada gestación debe estudiarse de manera individual, teniendo en cuenta el tipo exacto de tumor, los tratamientos realizados y el tiempo transcurrido desde la remisión. Aun así, los datos disponibles en cáncer de mama, por ejemplo, indican que ni la estimulación ovárica previa a la vitrificación de ovocitos ni el embarazo posterior aumentan las recidivas ni empeoran la supervivencia, lo que ofrece un mensaje de relativa tranquilidad a muchas pacientes.

Seguridad, calidad de las clínicas y cuestiones prácticas

Más allá del acto médico de congelar óvulos, semen, embriones o tejido ovárico, la verdadera prueba de fuego llega con los años de almacenamiento. Mantener el material biológico en condiciones estables, controladas y seguras exige infraestructuras específicas, protocolos estrictos y una supervisión continuada.

En España y en otros países europeos se ha puesto el foco en la necesidad de elegir centros de reproducción asistida con garantías. No basta con que dispongan de la tecnología para vitrificar o congelar; es fundamental que ofrezcan estabilidad institucional, trazabilidad de las muestras y sistemas de monitorización que detecten cualquier incidente en los tanques de nitrógeno. Cierres de clínicas, cambios de domicilio o reestructuraciones internas pueden generar inquietud entre quienes tienen su material almacenado durante largos periodos.

Por ello, los especialistas recomiendan informarse sobre la experiencia del centro, sus certificaciones de calidad y sus procedimientos de seguridad. A nivel internacional, sellos como la norma ISO 9001 o las acreditaciones de sociedades científicas y redes de reproducción asistida se consideran un indicador de que el laboratorio sigue estándares rigurosos en el manejo y conservación del material biológico.

Contar con instalaciones propias, sistemas de registro informatizados, alarmas 24 horas y protocolos claros de contingencia ante cualquier incidencia forma parte hoy del “mínimo exigible” para los bancos de gametos y embriones. Aunque los incidentes graves son poco frecuentes, los casos conocidos han alimentado la idea de que, en preservación de la fertilidad, cada célula cuenta y una muestra perdida no se puede recuperar, de modo que la prevención es clave.

Este enfoque práctico se suma a la perspectiva médica y emocional: preservar la fertilidad no es solo congelar, sino garantizar que lo que se ha congelado estará disponible, identificado y en buen estado cuando el paciente decida utilizarlo, quizá muchos años después de haber superado el cáncer.

Impacto emocional y acompañamiento durante todo el proceso

Cuando a una persona le comunican un diagnóstico de cáncer, lo normal es que toda su atención se centre en superar la enfermedad y empezar cuanto antes el tratamiento. En ese contexto, pensar en un posible embarazo futuro puede parecer secundario, pero la experiencia clínica muestra que, una vez pasado el susto inicial, la cuestión de la fertilidad gana peso y puede convertirse en una de las principales preocupaciones a medio y largo plazo.

Los especialistas en reproducción y oncología coinciden en que el impacto emocional de saber que se ha preservado la posibilidad de ser padre o madre es muy importante. Incluso en pacientes que finalmente no llegan a usar las muestras congeladas, el hecho de haber tenido esa opción y haberla considerado de forma activa se percibe como un gesto de confianza en el futuro.

Entre las dudas más habituales destacan el miedo a que los tratamientos hormonales puedan empeorar el pronóstico del cáncer, especialmente en tumores hormono-dependientes como muchos cánceres de mama. Sin embargo, los datos disponibles indican que los protocolos de estimulación ovárica empleados actualmente para vitrificar ovocitos en estas pacientes no aumentan las recurrencias ni empeoran la supervivencia, con independencia del número de ciclos y de si se realizan antes o después de determinadas cirugías.

La menopausia precoz y la infertilidad derivadas de quimioterapia o radioterapia figuran entre los efectos secundarios que más condicionan la calidad de vida de muchas mujeres tras el tratamiento. Por eso, los expertos consideran que la preservación de la fertilidad debería formar parte de la atención estándar en hombres y mujeres jóvenes con cáncer, y que el acompañamiento psicológico resulta esencial en todo el proceso: desde el diagnóstico, pasando por la decisión de preservar, hasta el posible uso futuro de las muestras.

El papel del oncólogo y del equipo multidisciplinar es crucial: a la vez que explican los tratamientos para combatir el tumor, han de abordar de manera honesta las consecuencias a largo plazo, incluyendo el impacto sobre la fertilidad y las vías para intentar protegerla. Esta información, bien comunicada, suele vivirse como un signo de respeto y de cuidado integral hacia el paciente, que puede así centrarse en el tratamiento sin renunciar, si todo va bien, a su proyecto de familia.

Mirando al conjunto de la atención oncológica en España y en el entorno europeo, la preservación de la fertilidad se consolida como un eslabón más de la cadena asistencial. Cuanto antes se hable del tema, más opciones existen de actuar a tiempo, escoger la técnica más adecuada, garantizar la seguridad de las muestras y reducir el desgaste emocional asociado. Para muchos pacientes, saber que hay un plan para su vida después del cáncer marca una diferencia real en cómo viven el presente.

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