Por qué Europa se plantea incluir insectos en la dieta

  • Investigadores del CSIC defienden el papel de los insectos como fuente de proteínas, vitaminas y minerales en un contexto de cambio climático y crecimiento de la población.
  • La entomofagia es una práctica tradicional en África, Asia y América, mientras que en Europa su consumo sigue siendo minoritario pese a los avances regulatorios.
  • En la UE ya se han autorizado varias especies como “nuevos alimentos” y la industria explora harinas, proteínas y biopolímeros obtenidos de insectos.
  • Persisten retos culturales, regulatorios y de seguridad alimentaria, pero se prevé que los insectos sean un componente relevante de los sistemas alimentarios del futuro.

Insectos comestibles y alimentación sostenible

La posibilidad de incluir insectos en la dieta diaria ha pasado de ser una simple curiosidad a convertirse en un debate serio en los ámbitos científico, político y empresarial, especialmente en España y en el resto de Europa. El cambio climático, la presión sobre los recursos naturales y el aumento constante de la población mundial obligan a replantearse de dónde saldrán las proteínas del futuro.

En este contexto, investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) plantean que ha llegado el momento de considerar sin prejuicios a saltamontes, orugas, hormigas o escarabajos como parte del menú. No se trata solo de barritas de proteína de grillo o snacks de gusano, sino de entender a los insectos como una fuente estable de proteínas, grasas saludables, fibra, vitaminas y minerales, con potencial para aliviar la presión sobre la ganadería tradicional.

El CSIC abre el debate sobre los insectos en la alimentación

La investigadora del Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN-CSIC) Ligia Esperanza Díaz lidera un trabajo colectivo que invita a repensar el papel de los insectos comestibles en los sistemas alimentarios. Según Díaz, en un escenario de crisis climática y de aumento de la demanda de alimentos, sería sensato valorar seriamente la inclusión de insectos en la dieta como una opción adicional, no como una excentricidad.

La científica coordina el libro de divulgación Los insectos comestibles en el mundo, publicado en la colección Divulgación (CSIC-Catarata), en el que participan alrededor de treinta especialistas en entomología, nutrición, seguridad alimentaria y gastronomía de España, Francia, Países Bajos y América Latina. El volumen analiza el valor nutricional de distintas especies, las posibles reacciones alérgicas asociadas a su consumo y su papel potencial ante los retos ambientales y alimentarios actuales.

Los autores recuerdan que los insectos conforman el grupo más diverso del reino animal, con cerca de un millón de especies descritas y, al menos, unas 2.100 catalogadas como comestibles. Esta diversidad implica una amplia gama de formas, colores, tamaños y hábitats, lo que se traduce en múltiples posibilidades culinarias y nutricionales todavía poco exploradas en Europa.

El CSIC subraya también la influencia de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), que ya en 2013 publicó un informe clave en el que destacaba el potencial de los insectos para reforzar la seguridad alimentaria y proteger el medio ambiente. Desde esa fecha, la investigación sobre su cría, procesado y uso en la industria alimentaria no ha dejado de crecer.

Para que estas propuestas lleguen a los hogares europeos, Díaz insiste en la necesidad de dominar todas las etapas de producción, desde la cría hasta el procesado final, pasando por estrictas prácticas de higiene y bioseguridad. Solo con garantías sólidas de seguridad y calidad se podrá avanzar hacia una aceptación social más amplia.

Qué aportan nutricionalmente los insectos comestibles

Los expertos del CSIC destacan que los insectos destinados a consumo humano ofrecen proteínas de alta calidad, con un perfil de aminoácidos comparable al de la carne de pollo, cerdo o vacuno. A ello se suma la presencia de grasas consideradas saludables, fibra dietética y una cantidad relevante de micronutrientes, lo que los convierte en candidatos interesantes para complementar dietas con carencias nutricionales.

En concreto, se ha comprobado que muchos insectos son fuente de vitaminas del grupo B (clave para el metabolismo energético), así como de vitaminas A, D y E. También aportan minerales como calcio, potasio o magnesio, esenciales para la salud ósea, la función muscular y el equilibrio electrolítico. En algunos países del África central, los artrópodos llegan a aportar más de la mitad de las proteínas que ingieren sus habitantes.

Una de las ventajas que se repite en la literatura científica es el porcentaje de la pieza que realmente se aprovecha. Mientras que en el caso de la carne de pollo, cerdo o vacuno suele utilizarse en torno al 50 % de la masa corporal del animal, en muchas especies de insectos se puede aprovechar hasta el 80 %. Esta diferencia implica menos desperdicio y un uso más eficiente de los recursos necesarios para su producción.

El valor nutricional, sin embargo, no es uniforme para todas las especies. Entren en juego factores como el tipo de insecto, la etapa de desarrollo (larva, pupa o adulto), la alimentación que recibe durante la cría y el método de cocinado (frito, tostado, hervido, deshidratado…). Esta variabilidad abre la puerta a seleccionar especies y procesos en función de las necesidades de cada mercado o de cada grupo de población.

Además de su perfil básico de proteínas, grasas y micronutrientes, algunas investigaciones han identificado en ciertas especies moléculas con efectos antioxidantes y antiinflamatorios. Estas sustancias bioactivas podrían tener aplicaciones específicas en la formulación de alimentos funcionales, orientados a la prevención de enfermedades o a la mejora del estado de salud de determinados colectivos.

Una práctica tradicional en buena parte del mundo

Lejos de ser una moda pasajera propia de redes sociales o ferias gastronómicas, el consumo de insectos —la llamada entomofagia— está profundamente arraigado en muchas culturas de Asia, África y América. Para millones de personas, comer insectos forma parte de la vida cotidiana y combina tradición culinaria, accesibilidad y aprovechamiento sostenible de los recursos locales.

La evidencia arqueológica y antropológica indica que el consumo de insectos ha sido habitual en distintos grupos humanos a lo largo de la historia. En numerosos mercados de países tropicales es fácil encontrar saltamontes fritos, orugas asadas, hormigas tostadas o escarabajos preparados de diversas maneras, integrados en recetas tradicionales que se transmiten de generación en generación.

En el plano global, los datos recopilados por el CSIC señalan que los escarabajos concentran alrededor del 31 % del consumo de insectos como alimento, seguidos de las orugas. También son frecuentes las hormigas, avispas y abejas, que suman aproximadamente un 14 %, mientras que los ortópteros —un grupo en el que se incluyen saltamontes, langostas y grillos— rondan el 13 %.

El libro coordinado por Díaz incorpora incluso un pequeño recetario con platos que combinan tradición y alta cocina latinoamericana. Entre las propuestas figuran preparaciones como una crema elaborada a base de gusano blanco o un lomo de cerdo en salsa de tomate cherry acompañado de hormiga culona, ejemplos que ilustran el potencial gastronómico de estos ingredientes más allá de los productos procesados.

Pese a esta normalidad en muchas regiones, el CSIC reconoce que Europa es probablemente el continente donde menos presencia tienen los insectos en la alimentación. En países como España, el rechazo cultural, la falta de costumbre y la percepción de “comida exótica” siguen siendo barreras importantes, aunque empiezan a observarse cambios lentos pero constantes.

Marco regulatorio y situación en Europa y España

El avance de los insectos como alimento en la Unión Europea está muy condicionado por el marco legal y la evaluación de riesgos. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) ha incorporado los insectos como categoría propia en su sistema FoodEx2, que se utiliza para clasificar y describir los distintos alimentos que entran en el mercado europeo.

Dentro de la normativa comunitaria sobre “nuevos alimentos” (novel foods), ya se han autorizado varias especies de insectos para determinados usos. Entre las más conocidas figuran el grillo doméstico (Acheta domesticus), el gusano de la harina (Tenebrio molitor) y la langosta migratoria (Locusta migratoria), entre otras. Estas autorizaciones implican que se ha evaluado su seguridad bajo condiciones específicas de consumo.

Aun así, los investigadores señalan que persiste un cierto vacío legal en lo que se refiere al reconocimiento de otras muchas especies que se consumen en distintas partes del mundo. Este marco todavía incompleto hace que el desarrollo del sector sea más pausado de lo que algunos actores desearían, especialmente en cuanto a inversión y escalado industrial.

En España empiezan a verse signos tímidos de normalización. Algunas cadenas de supermercados han incorporado a sus estanterías productos con insectos, tanto para consumo directo (por ejemplo, insectos deshidratados listos para comer) como en forma de ingredientes integrados discretamente en galletas, snacks fritos, patés u otros procesados.

Según los datos difundidos por el CSIC, el grillo y el gusano de la harina son las especies que han logrado mayor aceptación en el mercado español. Presentarlos en forma de harina o de proteína aislada, sin que se aprecie el insecto entero, parece ser una estrategia que facilita su entrada en los hogares de quienes sienten recelo ante la imagen del insecto completo.

Cómo está reaccionando la industria alimentaria

La industria alimentaria lleva varios años siguiendo de cerca el fenómeno de los insectos comestibles. Más allá de los productos que llaman la atención mediática, como las barritas energéticas enriquecidas con proteína de grillo o las croquetas elaboradas con larvas deshidratadas, el interés empresarial se centra en disponer de ingredientes versátiles que puedan incorporarse con facilidad a alimentos ya conocidos.

Una de las líneas de trabajo más extendidas es la elaboración de harinas de insecto obtenidas mediante el secado y posterior molienda del animal entero. Estas harinas pueden utilizarse en recetas de panadería, pastelería, snacks salados o productos proteicos destinados tanto al público general como a consumidores deportistas, con el objetivo de aumentar el contenido de proteínas sin modificar en exceso la textura.

Para superar el rechazo que genera el aspecto del insecto entero, se investiga también la extracción y purificación de proteínas para utilizarlas como ingrediente aislado. De esta forma, la materia prima deja de ser tan evidente a la vista, lo que puede hacer más fácil su aceptación por parte de los consumidores europeos, más reacios a cambios drásticos en la apariencia de los alimentos.

El interés no se limita a la alimentación humana. Numerosas empresas y centros de investigación estudian el uso de insectos como ingrediente para piensos animales, tanto en ganadería como en alimentación de mascotas, así como su potencial en el sector farmacéutico. La elevada eficiencia con la que convierten el alimento en proteína y la posibilidad de criarlos sobre subproductos agrícolas o alimentarios incrementan su atractivo desde el punto de vista ambiental.

Además, la industria ve en los insectos una fuente prometedora de biopolímeros que podrían sustituir, al menos en parte, a los plásticos derivados del petróleo en el envasado de alimentos. Se exploran materiales renovables y biodegradables con la perspectiva de reducir la huella ambiental de envases y embalajes, y de integrarlos en modelos de economía circular.

Quitina, ceras y nuevos materiales procedentes de insectos

Entre las sustancias que más interés despiertan se encuentra la quitina, un polisacárido que forma parte del exoesqueleto de muchos artrópodos. Tras someterla a determinados procesos químicos, se obtiene un material biodegradable, no tóxico y con propiedades antimicrobianas y antioxidantes, rasgos que lo convierten en un candidato atractivo para diversas aplicaciones en el sector alimentario.

Con los derivados de la quitina es posible desarrollar recubrimientos comestibles para frutas, verduras u otros alimentos frescos. Estas películas pueden ayudar a prolongar la vida útil del producto, limitar la pérdida de agua y reducir la necesidad de utilizar envases plásticos convencionales, alineándose con las estrategias europeas para reducir residuos.

Otra línea de trabajo se centra en las ceras producidas por algunos insectos, que se evalúan como recubrimientos hidrófobos capaces de actuar como barrera frente a la humedad. Su uso podría contribuir a mantener mejor la textura, el sabor y otros atributos organolépticos de los alimentos perecederos, ampliando el abanico de soluciones disponibles para la conservación.

La posibilidad de aprovechar estos compuestos supone una doble oportunidad para la industria. Por un lado, se da salida a subproductos de la cría de insectos que de otro modo podrían ser descartados; por otro, se avanza en la sustitución progresiva de materiales de origen fósil por alternativas renovables, en línea con los objetivos climáticos de la Unión Europea.

Los investigadores del CSIC consideran que este tipo de desarrollos encaja bien con las políticas de economía circular y con las estrategias para disminuir el impacto del sistema alimentario en su conjunto. De hecho, el interés empresarial por los biopolímeros de origen insecto se ha disparado en paralelo al endurecimiento de las normativas sobre plásticos de un solo uso.

Retos, alergias y futuro de la entomofagia en Europa

A pesar del potencial descrito, la incorporación de los insectos en la dieta europea sigue enfrentándose a retos importantes. El primero es claramente cultural: en países como España, muchas personas asocian los insectos a suciedad o plagas, y la idea de verlos en el plato genera rechazo, por mucha información nutricional que se facilite.

A este factor se suma la necesidad de consolidar una regulación clara y homogénea que dé seguridad a la industria y confianza al consumidor. La categoría de nuevos alimentos ha supuesto un avance relevante, pero todavía quedan cuestiones por definir, como el listado completo de especies autorizadas, los usos concretos permitidos, las dosis máximas o las exigencias de etiquetado y trazabilidad.

En el ámbito productivo, los expertos insisten en que la cría de insectos a gran escala exige protocolos rigurosos de higiene y bioseguridad. Es fundamental controlar qué comen los insectos, en qué condiciones se desarrollan, cómo se procesan y cómo se almacenan para evitar contaminaciones microbiológicas, químicas o físicas que comprometan la seguridad alimentaria.

Otro aspecto que requiere atención son las posibles reacciones alérgicas en ciertos consumidores y cómo actuar ante una ingestión accidental de gusanos. El equipo coordinado por Díaz dedica parte de su trabajo a analizar qué perfiles de población podrían tener más riesgo y qué mecanismos de alergia cruzada se dan entre insectos y otros alimentos, como algunos crustáceos. Esta información será clave para definir advertencias claras en el etiquetado y protocolos de vigilancia.

Con todo, tanto la comunidad científica como buena parte de la industria coinciden en que los insectos tienen muchas papeletas para convertirse en un elemento más dentro de los sistemas alimentarios del futuro. No se plantea sustituir de un día para otro a la carne o a otras fuentes de proteína, sino sumar una alternativa que contribuya a diversificar la oferta, mejorar la eficiencia en el uso de recursos y explorar nuevos modelos de producción más sostenibles.

Los trabajos del CSIC, las recomendaciones de la FAO, las evaluaciones de la EFSA y los primeros pasos del mercado en países como España dibujan un escenario en el que incluir insectos en la dieta podría dejar de ser una rareza para convertirse en una opción relativamente común, con presencia tanto en productos cotidianos como en soluciones de envasado basadas en biopolímeros, siempre que la regulación, la tecnología y la aceptación social avancen de la mano.

Manzana agusanada
Artículo relacionado:
Ingestión de gusanos: riesgos y qué hacer ante una ingestión accidental