
La actriz Claudia Cardinale, referente indiscutible del cine europeo, ha muerto en Nemours, a las afueras de París, a los 87 años. Su representante, Laurent Savry, comunicó a la agencia AFP que la intérprete se encontraba acompañada por sus hijos en sus últimos momentos.
Desde Italia y Francia han llegado numerosos mensajes de reconocimiento. El ministro de Cultura italiano, Alessandro Giuli, la describió como una de las grandes actrices de su historia y un emblema de una elegancia muy italiana, mientras su agente subrayó que deja el legado de una mujer libre e inspiradora tanto en la vida como en el arte.
Un adiós a una leyenda del cine europeo
Nacida en Túz en 1938, de padres sicilianos, Cardinale construyó una filmografía esencial para entender el cine del siglo XX. Trabajó con Luchino Visconti, Federico Fellini, Sergio Leone, Richard Brooks, Henri Verneuil y otros maestros, firmando algunas de las páginas más recordadas del cine europeo.
Su presencia magnética en pantalla y una personalidad artística única convirtieron su nombre en sinónimo de talento, belleza mediterránea y carisma. De los clásicos de autor al gran espectáculo, la actriz transitó con naturalidad entre cinematografías y géneros.
Trayectoria y películas clave
Sus títulos más celebrados incluyen colaboraciones decisivas con Fellini y Visconti, además de su salto al western europeo y a Hollywood. Entre los hitos de su carrera figuran 8½ (1963), El gatopardo (1963), Rocco y sus hermanos (1960), Hasta que llegó su hora (1968) y La pantera rosa (1964).
- El gatopardo, de Visconti: su baile con Burt Lancaster y la rivalidad en pantalla con Alain Delon forman parte del imaginario del cine clásico.
- 8½, de Fellini: una aparición icónica que consolidó su fama internacional y su aura de musa moderna.
- Hasta que llegó su hora, de Leone: personaje femenino memorable en un western dominado por hombres.
- La pantera rosa, de Blake Edwards: versatilidad cómica en una superproducción con sello propio.
En su extensísimo currículum destacan también Los profesionales (1966), Fitzcarraldo (1982), Las petroleras (1971, junto a Brigitte Bardot), Circus World (1964, con John Wayne y Rita Hayworth) o Blindfold (1965), además de Rufufú (Los desconocidos de siempre) y Goha (1958), con Omar Sharif.
De Túz a Italia: primeros pasos
Crecida en un entorno francófono y en un hogar de raíces sicilianas, su salto al cine comenzó tras ganar un concurso de belleza que le abrió las puertas de la Mostra de Venecia. Aquella exposición pública marcó el inicio de una trayectoria imparable.
En sus primeros papeles en Italia, su voz fue doblada por el acento y la mezcla de idiomas con la que había crecido. Aun así, su mirada, su fotogenia y un carácter definido le bastaron para consolidarse entre las jóvenes más prometedoras del momento.
Su biografía incluye episodios dolorosos: siendo muy joven, enfrentó un embarazo no consentido y dio a luz en Londres a su hijo, Patrick, a finales de los cincuenta. Durante un tiempo, por presión de la industria y de su entorno, se hizo pasar que era su hermano menor, una carga que más tarde explicó públicamente con valentía.
En 1963 vivió un año crucial: alternó 8½ con El gatopardo, obligándose a mantener looks distintos para cada rodaje y consolidando un estatus que la situó en la aristocracia del cine de autor.
Proyección internacional y Hollywood
Su creciente fama la llevó a Hollywood, donde alternó el glamour con retos interpretativos. Brilló en La pantera rosa y dio una vuelta de tuerca a los arquetipos en Hasta que llegó su hora, de Sergio Leone, como figura femenina central en un universo de pistoleros.
Cardinale acostumbraba a comentar las diferencias entre sus grandes directores: en el set de Fellini predominaba la euforia creativa, mientras que Visconti imponía una disciplina casi teatral y un silencio absoluto. Esa dualidad la moldeó como actriz versátil, capaz de pasar del exceso barroco a la contención clásica.
Su imagen incluso se coló, sin permiso, en la primera edición de Blonde on Blonde (1966), de Bob Dylan, una curiosidad que reforzó su condición de icono pop más allá del cine. Aun así, siempre se declaró europea y recelosa de mudarse definitivamente a Estados Unidos.
Junto a estrellas de la talla de Marcello Mastroianni, Burt Lancaster, John Wayne o Anthony Quinn, forjó empatías y rivalidades artísticas que hoy forman parte de la memoria cineífila mundial.
Vida personal, carácter y activismo
Se casó con el productor Franco Cristaldi en 1966 y, tras su separación, inició una relación estable con el cineasta Pasquale Squitieri, fallecido en 2017, con quien tuvo a su hija Claudia. Aquel cambio personal se acompañó de turbulencias profesionales y presiones en la industria, de las que logró salir reforzada.
Dueña de una voz grave y de un carácter indómito, cultivó una imagen alejada de artificios. Se mostró contraria a los retoques estéticos y se permitió desafíar protoclos, como aquella famosa visita al Vaticano con minifalda. Su independencia se convirtió en seña de identidad.
Al margen de los focos, apoyó causas como la defensa del medio ambiente y la lucha contra la violencia machista, impulsando iniciativas y una fundación con las que extendió su compromiso ciudadano más allá del plató.
Últimos años, reconocimientos y memoria
Instalada en París desde hace tiempo, adonde se trasladó cansada del acoso mediático en Roma, Cardinale recibió homenajes y premios de carrera, entre ellos un galardón honorífico en la Berlinale de 2002. Solía resumir su oficio diciendo que la interpretación le permitió vivir muchas vidas distintas.
En la etapa final, alternó apariciones selectas como El artista y la modelo (Fernando Trueba, 2012) con proyectos internacionales como Twice Upon a Time in the West. Nunca dejó de estar vinculada a la cultura mediterránea ni de reivindicar sus orígenes tunecinos e italianos.
A su paso quedó una huella que conecta generaciones: cine de autor, género y estrella global conviven en su memoria pública. Las reacciones del sector subrayan una idea compartida: su figura fue, y seguirá siendo, patrimonio cultural.
La noticia de su fallecimiento ha reactivado escenas grabadas en la memoria colectiva y una filmografía que invita a volver a sus películas para entender por qué fue única. Desde Túz a los platós de Cinecittà, de Hollywood a París, su viaje resume una época irrepetible del cine.
Con el adiós a Cardinale se cierra un capítulo de la gran historia del cine, pero su legado permanece en cada imagen y en cada personaje que interpretó, en esa mezcla de fuerza, misterio y elegancia que, sin estridencias, hizo de ella una leyenda eterna.







