
La Casa Real noruega ha compartido unas imágenes que han dado la vuelta al mundo. La princesa Astrid, de 94 años, ha aparecido en solitario ante el féretro de su hermano, el rey Harald V, fallecido el pasado 28 de agosto a los 89 años. La fotografía, tomada en la capilla del Palacio Real de Oslo, muestra a la anciana princesa en silla de ruedas, vestida completamente de negro, guardando un último y silencioso adiós al que fuera su compañero de vida y de adversidades.
La estampa, cargada de simbolismo, también la muestra asomada a los ventanales del palacio, contemplando el mar de flores que los noruegos han ido depositando en la plaza en memoria del monarca. Es la primera vez que se ve a Astrid en público desde la muerte de su hermano, y la imagen ha conmovido a un país que despide a quien era conocido como ‘el abuelo de la nación’. La princesa, que arrastra problemas de salud desde hace meses, no dudó en reunir fuerzas para despedirse de Harald en la intimidad antes de que su cuerpo sea trasladado para el funeral de Estado.
Una vida marcada por el exilio y el deber
Astrid nació el 12 de febrero de 1932, segunda hija del entonces príncipe heredero Olav y de la princesa Marta de Suecia. Su infancia, como la de sus hermanos Ragnhild y Harald, se vio truncada por la invasión alemana de Noruega en abril de 1940. La familia real tuvo que huir y la princesa Marta se refugió con sus tres hijos en Estados Unidos, donde permanecieron cinco años, invitados por el presidente Franklin D. Roosevelt. Aquellos niños de palacio se convirtieron en niños del exilio, lejos de su padre y de su país.
El regreso a Noruega en junio de 1945 fue un momento de enorme emoción, con miles de personas esperando a la familia en Oslo. Astrid recordaba años después aquel día con especial cariño, describiendo las pequeñas embarcaciones que salieron a recibirlos en el fiordo, todas decoradas con banderas noruegas. Fue un reencuentro que marcó para siempre su vínculo con la Corona y con su hermano pequeño, con quien compartió toda una vida de servicio y lealtad.
Primera dama con solo 22 años
La vida volvió a golpear a la familia en 1954, cuando la princesa Marta falleció de cáncer a los 53 años. Con solo 22 años, Astrid asumió el papel de primera dama de Noruega, acompañando a su padre, el rey Olav V, en todos los actos oficiales y visitas de Estado. Ejerció esa función hasta 1968, cuando su cuñada Sonia se convirtió en reina consorte, pero su entrega a la monarquía nunca cesó.
Su matrimonio en 1961 con el empresario Johan Martin Ferner, divorciado y plebeyo, provocó un gran escándalo en la época. Astrid perdió el tratamiento de Alteza Real, aunque nunca abandonó su labor institucional. La princesa tuvo que luchar para poder casarse con quien quería, algo que logró tras una especie de huelga de funciones reales. Con Ferner tuvo cinco hijos y permaneció casada más de medio siglo, hasta que él falleció en 2015.
Su hermana mayor, Ragnhild, murió en 2012, dejando a Astrid y Harald como los dos únicos supervivientes de aquella generación. La relación entre ambos hermanos se cimentó en la adversidad y en el deber compartido, y ahora, con la muerte del rey, Astrid se queda como la última testigo de una época que ya es historia.
Un último adiós que emociona a Noruega
Las imágenes difundidas por la Casa Real muestran a la princesa Astrid en un momento de profunda intimidad, pero también de una enorme fuerza simbólica. La anciana princesa, a pesar de su delicado estado de salud, quiso estar presente para velar a su hermano antes de que el féretro sea trasladado a la catedral de Oslo, donde se celebrará el funeral de Estado el próximo 9 de septiembre.
Se desconoce si Astrid podrá asistir a la ceremonia fúnebre, dado su avanzado estado de salud y su reciente hospitalización por una neumonía. Lo que es seguro es que su imagen en soledad ante el ataúd de Harald V ya forma parte de la memoria colectiva de Noruega, un país que ha perdido a su rey más querido y que ahora ve cómo la última princesa de una generación irrepetible dice adiós a su hermano.
La princesa Astrid ha sido, durante décadas, un pilar de la continuidad de la Casa Real noruega. Su silenciosa despedida en el Palacio de Oslo cierra el capítulo de una de las alianzas fraternas más sólidas de la realeza europea, y su figura queda para siempre ligada a la historia de una monarquía que supo estar a la altura de su pueblo en los momentos más difíciles.
