La OMS aprieta el acelerador sobre los impuestos a las bebidas azucaradas para frenar la epidemia de obesidad

  • La OMS denuncia que los impuestos a las bebidas azucaradas rondan solo el 2% del precio y resultan ineficaces para reducir su consumo.
  • Al menos 116 países gravan refrescos y otras bebidas azucaradas, pero muchos productos con alto contenido de azúcar quedan fuera de la tributación.
  • La organización impulsa la iniciativa “3 para 35”, que busca encarecer tabaco, alcohol y bebidas azucaradas de aquí a 2035 para reducir su asequibilidad.
  • La OMS recomienda impuestos vinculados al contenido de azúcar y su actualización automática con la inflación, así como destinar parte de la recaudación a programas de salud.

Impuestos a las bebidas azucaradas

La presión para que suban los impuestos a las bebidas azucaradas ha pasado de ser un debate técnico a una prioridad clara en la agenda internacional de salud. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha ido elevando el tono en sus últimos informes, al advertir de que la fiscalidad actual deja estos productos demasiado baratos y, por tanto, muy presentes en la dieta diaria, sobre todo entre niños y jóvenes.

Según los datos recopilados por la OMS, los gravámenes vigentes son tan reducidos que apenas tienen efecto disuasorio. En muchos países, el impuesto apenas supone alrededor del 2% del precio de un refresco azucarado corriente, una cifra que difícilmente va a hacer que el consumidor se lo piense dos veces antes de tirar de nevera en el súper o en la máquina de vending.

Impuestos bajos, consumo alto y presión sobre los sistemas sanitarios

Los informes del organismo de Naciones Unidas pintan un escenario que enlaza directamente la baja tributación de las bebidas azucaradas con el auge de enfermedades no transmisibles. Hablamos de obesidad, diabetes tipo 2, patologías cardiovasculares, determinados cánceres y problemas como las caries o la osteoporosis, cuyo tratamiento dispara el gasto sanitario a medio y largo plazo.

La OMS recuerda que los sistemas públicos de salud, también en Europa y España, están soportando una carga creciente por estas dolencias crónicas, muchas de ellas evitables. Mientras tanto, el acceso a refrescos azucarados, zumos industriales, batidos y otras bebidas con alto contenido en azúcar libre sigue siendo muy sencillo y barato, en buena medida porque los impuestos no acompañan al impacto real que tienen sobre la salud.

Una de las críticas centrales de la organización es que los impuestos sanitarios, tal y como están planteados hoy, no se diseñan pensando en objetivos de salud pública. Se aplican tipos muy reducidos, se dejan fuera categorías completas de productos y rara vez se actualizan con la inflación, lo que a efectos prácticos supone abaratar estas bebidas año tras año.

En paralelo, el mercado global de bebidas azucaradas mueve miles de millones en beneficios. Esa rentabilidad se sostiene, en parte, gracias a una tributación suave que no frena ni el volumen de ventas ni los márgenes empresariales, mientras que los costes sanitarios y sociales se socializan y terminan recayendo sobre los presupuestos públicos.

Dónde se aplican los impuestos y a qué productos afectan

De acuerdo con las cifras más recientes manejadas por la OMS, al menos 116 países aplican algún tipo de impuesto a las bebidas azucaradas. La mayor parte se centra en los refrescos carbonatados y las bebidas energéticas, productos muy visibles y con una imagen claramente asociada al azúcar.

Sin embargo, cuando se bucea en el detalle aparece un problema estructural: una parte notable del mercado queda al margen de la fiscalidad específica. Los informes señalan que muchos gobiernos no gravan, o lo hacen de forma mínima, los zumos de fruta 100%, las bebidas lácteas azucaradas, los batidos listos para tomar o los cafés y tés preparados, pese a que algunos de ellos concentran cantidades muy elevadas de azúcares libres.

La propia OMS llama la atención sobre la contradicción que supone considerar estos productos como alternativas “aparentemente saludables” y, a la vez, dejarlos fuera de los impuestos diseñados para reducir el consumo de azúcar. Esa percepción de inocuidad hace que se integren en la dieta cotidiana, especialmente en edades tempranas, sin que el consumidor sea del todo consciente de la carga de azúcar que incorporan.

Otro punto relevante es la estructura del propio impuesto. En la mayoría de países, el gravamen se calcula como un porcentaje sobre el precio final o en función del tamaño del envase, en lugar de vincularlo directamente a la cantidad de azúcar añadida. Menos de uno de cada cuatro Estados ha dado el paso de introducir tasas escalonadas según los gramos de azúcar, a pesar de que la evidencia disponible indica que este enfoque es más eficaz, tanto para desincentivar el consumo como para empujar a la industria hacia reformulaciones con menos azúcar.

En el caso concreto de Europa, la OMS subraya que la implantación de impuestos especiales sobre bebidas azucaradas es muy desigual. Aunque existen experiencias relevantes en países como Francia o Reino Unido, muchas jurisdicciones del continente siguen aplicando tipos muy modestos o circunscritos a un número limitado de productos, lo que reduce considerablemente el impacto sanitario de la medida.

Un 2% de recargo: por qué la cifra es tan insuficiente

El dato que más repetidamente aparece en los documentos de la OMS es la mediana global de los impuestos sobre bebidas azucaradas: aproximadamente un 2% del precio de venta de un refresco estándar. Traducido a la práctica, en una lata típica de 330 mililitros, solo unos céntimos corresponden al impuesto específico por azúcar.

Los expertos del organismo comparan esta situación con la de los productos del tabaco, donde la carga fiscal media ronda el 50-60% del precio final del paquete. Esa diferencia muestra, de forma bastante gráfica, hasta qué punto la fiscalidad sobre el azúcar está lejos de utilizarse como una herramienta fuerte de salud pública.

Además, la OMS advierte de que en muchos países las tasas aplicadas no se actualizan con regularidad. La inflación y el incremento de los ingresos hacen que, con el tiempo, las bebidas azucaradas se vuelvan relativamente más asequibles aunque el precio nominal suba. El resultado es que la función disuasoria del impuesto se diluye año tras año si no se introducen mecanismos automáticos de revisión.

Este fenómeno se ha observado en el seguimiento de precios que realiza la organización: desde 2022, las bebidas carbonatadas azucaradas solo se han encarecido de forma real en una minoría de países, mientras que en un número mayor han ganado asequibilidad o se han mantenido prácticamente igual en relación al poder adquisitivo de la población.

Para la OMS, mantener impuestos tan bajos y estáticos equivale, en la práctica, a renunciar a una de las herramientas más sencillas y coste-efectivas para reducir el consumo de azúcar añadido a escala poblacional, sobre todo entre grupos especialmente sensibles al precio, como adolescentes y jóvenes adultos.

Impuestos como herramienta sanitaria y como fuente de financiación

La postura oficial de la OMS va más allá de recomendar subidas puntuales. Sus informes insisten en que los impuestos a las bebidas azucaradas deben considerarse auténticos impuestos sanitarios, diseñados con doble finalidad: recortar el consumo y, a la vez, generar recursos para reforzar los sistemas de salud.

La organización insiste en que la evidencia acumulada demuestra que, cuando los impuestos se sitúan en niveles suficientes, se produce una disminución medible en la compra de productos azucarados, un desplazamiento hacia alternativas sin azúcar o con menos azúcar y, a medio plazo, mejoras en indicadores relacionados con el peso corporal y la incidencia de ciertas enfermedades metabólicas.

Al mismo tiempo, el incremento de recaudación abre una ventana de oportunidad para financiar programas de prevención, promoción de hábitos saludables y cobertura sanitaria. Pese a ello, la OMS constata que solo una minoría de países destina de forma explícita la recaudación de estos impuestos a programas de salud. En la mayoría de casos, el dinero se integra en los presupuestos generales sin una asignación finalista clara.

Entre los ejemplos positivos, el organismo cita experiencias de países que han vinculado el ingreso procedente de estas tasas a la mejora de la cobertura sanitaria universal o a la financiación de campañas de educación nutricional. La lógica es sencilla: si los productos azucarados generan una carga de enfermedad y gasto, tiene sentido que contribuyan a sufragar parte de las respuestas sanitarias necesarias.

La OMS recalca que no se trata de una panacea ni de la única medida a implementar, pero sí de un instrumento relativamente rápido de poner en marcha, con un coste administrativo limitado y un potencial significativo tanto recaudatorio como preventivo, especialmente si se acompaña de otras políticas alimentarias y de comunicación.

La iniciativa “3 para 35”: subir precios reales para frenar el consumo

En este contexto, la OMS ha lanzado la iniciativa conocida como “3 para 35” (o “3 para 2035” en algunas referencias), cuyo objetivo es aumentar de forma notable el precio real de tres grupos de productos: tabaco, alcohol y bebidas azucaradas. La meta es que, de aquí a 2035, estos artículos sean sensiblemente menos asequibles que en la actualidad.

La propuesta pasa por subidas impositivas graduales pero contundentes, adaptadas a la realidad económica de cada país, y por la introducción de sistemas de actualización automática que tengan en cuenta la inflación y el crecimiento de los ingresos. De este modo se evitaría que, con el paso de los años, la carga fiscal se quede corta y pierda capacidad de influencia sobre las decisiones de compra.

La OMS plantea que las subidas deben ser lo bastante significativas como para alterar el comportamiento del consumidor, no meras correcciones simbólicas. En el caso de las bebidas azucaradas, se insiste en que un impuesto del 2% es claramente insuficiente y que, para resultar efectivo, el recargo debe elevarse de manera apreciable sobre el precio final.

La organización también aboga por armonizar el tratamiento fiscal de productos con perfiles nutricionales similares, evitando que el consumidor sustituya un refresco gravado por un zumo o un batido con una cantidad equiparable de azúcar pero sin impuesto. Este enfoque integral pretende reducir el riesgo de sustitución que podría neutralizar parte de los beneficios esperados.

Otra pieza de la estrategia es la comunicación pública. La OMS anima a los gobiernos a explicar de forma clara por qué se suben los impuestos a las bebidas azucaradas y cómo se utilizará la recaudación, con el fin de aumentar la aceptación social de la medida. Las encuestas disponibles apuntan a que una mayoría de la población está dispuesta a respaldar gravámenes más altos cuando se percibe que se destinan a financiar servicios sanitarios esenciales o programas de prevención.

El papel de Europa y el margen de actuación en España

Aunque los informes de la OMS tienen un alcance global, gran parte de las cifras resultan especialmente relevantes para la región europea. La organización detalla que, en comparación con otras zonas del mundo, Europa mantiene una cobertura más limitada de impuestos específicos sobre las bebidas azucaradas, a pesar de que la región presenta tasas preocupantes de sobrepeso y obesidad.

En el caso de España, ya existen determinados gravámenes sobre refrescos y bebidas azucaradas, tanto a nivel estatal como autonómico, pero la OMS sugiere que la mayoría de países europeos, incluido el nuestro, aún disponen de margen amplio para reforzar estas políticas. Entre los posibles ajustes se encontrarían elevar tipos, ampliar la base de productos gravados, vincular la tasa al contenido de azúcar y asegurar la actualización periódica de los importes.

En los últimos años, varios gobiernos europeos han introducido o reformulado impuestos sobre bebidas azucaradas, lo que ha permitido recopilar datos sobre su impacto. Las experiencias muestran reducciones significativas en las ventas de refrescos azucarados y un desplazamiento hacia opciones sin azúcar o bajas en azúcar, así como cambios en la composición de los productos ofertados por las empresas.

Para la OMS, estas evidencias deberían animar a otros países de la región a seguir el mismo camino, adaptando las medidas a su contexto económico y social. En entornos con sistemas sanitarios públicos tensionados, como ocurre en buena parte de Europa, el doble efecto de reducir carga de enfermedad y aumentar recaudación se percibe como una oportunidad difícil de ignorar.

Eso sí, la organización internacional insiste una y otra vez en que los impuestos no pueden ser la única respuesta. Deben integrarse en un paquete más amplio que incluya políticas de etiquetado claro, regulación de la publicidad dirigida a menores, mejora de la oferta alimentaria en escuelas y centros de trabajo y acciones de educación nutricional que ayuden a la ciudadanía a tomar decisiones más informadas.

El mensaje que trasladan los últimos informes de la OMS es bastante directo: mantener tipos impositivos bajos sobre las bebidas azucaradas supone desaprovechar una herramienta de primer orden para contener la expansión de enfermedades relacionadas con el exceso de azúcar. Un rediseño ambicioso de estos impuestos, ligado al contenido de azúcar, actualizado con la inflación y acompañado de una utilización transparente de la recaudación, se perfila como una de las vías más eficaces para aliviar la presión sobre los sistemas sanitarios y mejorar la salud de la población a medio y largo plazo.

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