
El fallecimiento de Valentino Garavani ha dejado al mundo de la moda con un nudo en la garganta. El diseñador italiano, uno de los grandes maestros de la alta costura del siglo XX, ha muerto a los 93 años en Roma, rodeado del cariño de sus seres queridos, según ha confirmado la Fundación Valentino Garavani y Giancarlo Giammetti.
La noticia, hecha pública a través de un comunicado difundido en redes sociales e Instagram, detalla que el creador «falleció tranquilamente en su casa de Roma». Su partida se produce en un momento especialmente delicado para la moda italiana, que hace solo unos meses despidió también a Giorgio Armani, y refuerza la sensación de cierre de una época dorada del lujo europeo.
Capilla ardiente en Piazza Mignanelli y funeral en el corazón de Roma
Los restos de Valentino serán velados en una capilla ardiente abierta al público en su cuartel general de Roma, en Piazza Mignanelli 23, muy cerca de la Plaza de España, un lugar que durante décadas ha sido sinónimo de su maison. La Fundación ha precisado que el espacio estará accesible el miércoles 21 y el jueves 22 de enero, de 11.00 a 18.00 horas, para que amigos, figuras del sector y ciudadanos anónimos puedan despedirse.
El funeral se celebrará al día siguiente, el viernes 23 de enero, a las 11.00 horas, en la Basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri, ubicada en la Piazza della Repubblica de Roma. Se trata de un templo de fuerte carga simbólica, habitual escenario de grandes exequias de Estado en Italia, lo que subraya el papel de Valentino como símbolo internacional de la creatividad italiana.
En la propia Piazza Mignanelli, donde la firma instaló durante años su sede histórica, el ambiente es de duelo. La noticia corrió de boca en boca entre vecinos, curiosos y trabajadores del sector: «ha muerto Valentino». Muchos italianos, cuentan crónicas locales, descubrieron incluso en este contexto que el diseñador tenía apellido, Garavani, porque bastaba su nombre de pila para identificarlo.
Durante los días previos al funeral se prevé la llegada a Roma de personalidades de la política, la cultura, el cine y la moda. Desde el entorno de la maison y de la fundación se insiste en que el homenaje tendrá un tono sobrio, aunque no se descarta una presencia masiva de admiradores que quieran dar el último adiós al llamado «emperador de la moda».
Un genio de Lombardía que conquistó París y Roma
Nacido el 11 de mayo de 1932 en Voghera, en la región de Lombardía (norte de Italia), Valentino Garavani mostró desde niño una relación casi obsesiva con la belleza. Su familia le describía como un «buscador incansable de belleza», siempre atento a los detalles estéticos de su entorno, mucho antes de pisar un taller de costura profesional.
Animado por sus padres, Mauro Garavani y Teresa de Biaggi, se formó en diseño y estudió también lengua francesa, consciente de que el futuro de la alta costura pasaba por París. A los 17 años se trasladó precisamente a la capital francesa para estudiar en la Chambre Syndicale de la Couture Parisienne, la cuna académica de la élite de la moda.
En esos años parisinos trabajó en los ateliers de Jean Dessès y Guy Laroche, y coincidió con grandes nombres como Balenciaga o Jacques Fath, absorbiendo técnicas de alta costura y un gusto extremo por la confección impecable. Esa etapa fue clave para pulir la mezcla de tradición y modernidad que más tarde definiría su estilo.
Tras su paso por Francia, regresó a Italia para consolidar su trayectoria. Colaboró con casas como Emilio Schuberth y Vincenzo Ferdinandi, en un momento en el que Roma empezaba a perfilarse como un nuevo polo de moda gracias al cine, la Dolce Vita y una incipiente industria textil que miraba de tú a tú a París.
El gran salto llegó a finales de los años cincuenta: en 1957 fundó la maison Valentino y, poco después, abrió su primer atelier en la Via Condotti de Roma. No lo hizo solo: a su lado apareció Giancarlo Giammetti, por entonces estudiante de arquitectura, al que conoció en la famosa via Veneto. De ese encuentro surgió un vínculo sentimental y profesional que se prolongaría toda la vida y que el propio Valentino resumió así: «Sin él, gran parte de mi vida no habría ocurrido».
El origen del «rojo Valentino» y la huella española
Si hay un elemento que resume la aportación estética de Valentino es el mítico «rojo Valentino». Lejos de ser una simple elección cromática, ese tono se convirtió en emblema de la casa y en un código visual reconocible incluso para quienes no siguen de cerca la moda.
El propio diseñador explicó en diversas ocasiones que la chispa surgió durante un viaje de juventud a España, con una estancia en Barcelona. Allí quedó fascinado por la intensidad del rojo que veía en los interiores de los teatros, en la ópera y en ciertos elementos de la cultura visual mediterránea. Aquella experiencia fijó en su memoria la idea de que la elegancia podía expresarse también a través del color.
En otra anécdota que él mismo relataba, recordaba una visita al Gran Teatre del Liceu de Barcelona, en los años cincuenta, junto a su madre. Entre una platea dominada por trajes oscuros, distinguió a una mujer mayor envuelta en un abrigo de terciopelo «magenta». Esa mancha de color en medio de la penumbra lo deslumbró y definió, casi de forma instantánea, una parte de su imaginario estético.
Con el tiempo, ese rojo cálido y vibrante se convirtió en seña de identidad de la maison. Muchas de las creaciones más célebres de Valentino se tiñeron de él, hasta el punto de que, en su última colección en 2007, el desfile se cerró con todas las modelos vestidas de rojo, en un guiño final a la tonalidad que lo había acompañado durante toda su trayectoria.
Aun así, quienes lo conocían insisten en que Valentino fue mucho más que un color. El propio diseñador recelaba de quedar encasillado, y su catálogo demuestra una variedad de siluetas, tejidos y paletas mucho más rica que cualquier etiqueta simplificadora. Para muchos críticos, ese equilibrio entre un sello inconfundible y la capacidad de reinventarse explica en buena parte su vigencia.
Construcción de un imperio de alta costura y prêt-à-porter
La carrera de Valentino está jalonada de momentos que marcaron la historia de la moda italiana y europea. Uno de los hitos iniciales fue su participación en los desfiles del Palazzo Pitti de Florencia en los años sesenta, cita decisiva para consolidar a Italia como potencia en alta costura frente a la hegemonía francesa.
Los biógrafos suelen señalar como punto de inflexión un desfile en 1967, cuando Valentino fue colocado al final del programa, en teoría en un horario de menor interés. Pese a ello, compradores y periodistas decidieron quedarse, avisados por el rumor de que aquel joven lombardo merecía la pena. En plena efervescencia del movimiento hippy, apostó por el blanco y por una elegancia depurada, lo que muchos interpretaron como prueba de que sabía mirar más allá de las tendencias inmediatas.
A partir de entonces, la marca encadenó colecciones, aperturas y nuevas líneas: Valentino Boutique, Valentino Uomo, más tiendas en Roma, Nueva York y Tokio, y el lanzamiento de su primer perfume a finales de los años setenta, que ayudó a convertir su nombre en un fenómeno global.
En lo empresarial, la maison vivió una trayectoria menos lineal. La firma fue vendida en 1998 al grupo Hdp, pasó después al grupo Marzotto, más tarde al fondo Permira y, en 2012, al fondo catarí Mayhoola for Investments, vinculado a la jequesa Sheikha Mozah. En 2023, el grupo francés Kering adquirió el 30% del capital de Valentino por 1.700 millones de euros, reforzando aún más la dimensión internacional de la casa.
Desde el punto de vista creativo, Valentino supo moverse con soltura entre alta costura y prêt-à-porter. Cronistas del sector lo definen como «el último gran exponente» de una generación de couturiers italianos que, desde los años setenta, fueron cediendo protagonismo a las marcas centradas en el ready-to-wear. Su capacidad para habitar esos dos mundos lo convirtió en una figura hierática y a la vez popular en la conciencia colectiva de los italianos.
La dupla formada con Giancarlo Giammetti fue clave para esa expansión. Mientras Valentino aportaba el talento creativo, Giammetti se ocupaba de la estrategia, las finanzas y la proyección global. Ambos supieron también poner límites cuando su historia personal llegó a su fin y mantener, durante décadas, una colaboración profesional cimentada en la confianza y el afecto.
Las musas de Valentino: de Jacqueline Kennedy a Julia Roberts
El universo creativo de Valentino no se entiende sin las mujeres que vistió. Desde muy temprano empezó a atraer la atención de actrices y figuras del jet set internacional. En 1960, apenas un año después de su primera colección, conoció a Elizabeth Taylor, a quien vestiría en diversas ocasiones y que contribuyó a proyectar su nombre al otro lado del Atlántico.
En 1964 dio un salto decisivo al presentar sus colecciones en Nueva York. Fue en esa ciudad donde entró en contacto con Jacqueline Kennedy, que le encargó varias prendas. La relación profesional se consolidó hasta el punto de que, en 1968, la ex primera dama estadounidense eligió un diseño de Valentino para su boda con Aristóteles Onassis. Aquella imagen dio la vuelta al mundo y reforzó la asociación del diseñador con la elegancia sofisticada pero serena.
Durante las décadas siguientes, las colaboraciones con celebridades se multiplicaron. Jessica Lange recogió un Oscar en 1983 con un diseño suyo; Brooke Shields posó en la portada de la revista Time vestida de Valentino; Sophia Loren escogió uno de sus trajes para su Oscar honorífico en 1991; y Julia Roberts subió al escenario en 2001 para recibir su estatuilla enfundada en un Valentino vintage que se convirtió, de inmediato, en referencia histórica de la alfombra roja.
A la lista se suman nombres como Jennifer Lopez, Cate Blanchett, Anne Hathaway o Natalia Vodianova, entre muchas otras. La antigua directora de British Vogue, Alexandra Shulman, recordaba que el trabajo de Valentino «encarnaba el glamour y el lujo» y subrayaba que supo mantener durante años una clientela fiel en la élite de Hollywood y de la política internacional.
Con la consolidación de la alfombra roja como escaparate global, sus diseños encontraron un espacio perfecto. No eran prendas pensadas para el día a día en una oficina, sino vestidos espectaculares, concebidos para brillar bajo los focos y quedar grabados en la memoria colectiva a través de fotografías y retransmisiones televisivas.
Más allá de las celebridades, también figuras de la realeza europea recurrieron a él en momentos clave. La princesa Magdalena de Suecia recordó estos días el vestido de novia que Valentino creó para su boda con Christopher O’Neill en 2013, subrayando la atención al detalle y la calidez personal del diseñador.
El estilo Valentino: discreción, perfeccionismo y lujo sin estridencias
Definir el estilo de Valentino en pocas palabras es complicado, pero sus colaboradores más cercanos coinciden en varios rasgos. Su socio Giancarlo Giammetti escribió en su biografía, basada en diarios personales, que «Valentino no puede vivir sin cierto nivel de perfección» y que su vida no fue, pese a la imagen glamourosa, una sucesión de excesos, sino un ejercicio constante de amistad, devoción y refinamiento.
Las colecciones del diseñador se asociaron siempre con la opulencia controlada: lujo, tejidos ricos, hombreras marcadas en algunas épocas, pero siempre al servicio de una silueta femenina pensada para favorecer a quien la lucía. Alexandra Shulman señalaba que a Valentino no le preocupaba ser el más vanguardista, sino crear ropa «bonita» en el sentido más clásico del término.
El propio Valentino resumió su talento con una frase que se ha repetido en infinidad de artículos de homenaje: «sé hacer solo tres cosas en la vida: ropa, decorar casas y entretener a la gente». Esa mezcla de autoironía y seguridad en su oficio lo convirtió en un personaje particularmente querido, incluso fuera del círculo habitual de la moda.
Su estilo de vida, muy asociado al imaginario del lujo europeo de la segunda mitad del siglo XX, también forma parte de la leyenda: veranos en Capri con Jacqueline Onassis, castillos en Francia, palacios en Roma, un yate —el T.M. Blue One— que visitaron periodistas como André Leon Talley, fiestas con Aretha Franklin, Plácido Domingo o Bette Midler como invitados. Escenas que alimentaron el mito, pero que convivían con un perfeccionismo casi obsesivo en el taller.
Pese a ese entorno de lujo, voces del sector coinciden en que Valentino mantuvo cierta discreción personal y no dudó en posicionarse cuando lo consideró necesario. Su famoso «vestido por la paz», creado en plena Guerra del Golfo, o su implicación temprana en la lucha contra el sida muestran una dimensión pública que iba más allá del puro negocio.
Retirada de las pasarelas y nueva etapa de la maison
Tras décadas en primera línea, Valentino Garavani decidió retirarse en 2007, una decisión que calificó de dolorosa pero inevitable. Ese año coincidían los actos por el 45 aniversario de la casa, y Roma se convirtió durante tres días en escenario de un homenaje multitudinario: desfiles especiales, fiestas en enclaves históricos, conciertos y la presencia de una larga lista de invitados, desde Carolina de Mónaco hasta Claudia Schiffer o Mick Jagger.
Tras su despedida, la dirección creativa pasó primero a manos de Alessandra Facchinetti, y posteriormente, en 2008, al tándem formado por Maria Grazia Chiuri y Pierpaolo Piccioli. Este dúo relanzó la imagen de la firma, hasta que en 2016 cada uno emprendió su camino en solitario en distintas casas. Pierpaolo Piccioli se convirtió en el rostro más visible de la «segunda edad de oro» de Valentino, con una estética propia pero atenta al legado del fundador.
El propio Garavani admitió en varias entrevistas que llegó a dudar de la supervivencia de su firma sin él al frente, tal y como se recoge en el documental «Valentino: el último emperador». Sin embargo, el tiempo demostró que la maison era capaz de evolucionar sin perder su ADN, mientras él se mantenía como referente simbólico y presencia habitual en los primeros desfiles de sus sucesores.
En 2016, Valentino y Giammetti dieron un nuevo paso al crear la Fundación Valentino Garavani y Giancarlo Giammetti, con fines filantrópicos y culturales. El espacio PM23, en Piazza Mignanelli, se configuró como centro de actividades y archivo, y es precisamente ahí donde se ha decidido instalar la capilla ardiente, cerrando un círculo vital y profesional.
Aunque en algunas crónicas se ha mencionado erróneamente que el diseñador entregó la firma a otros nombres tras su retirada, la realidad es que su legado siguió impregnando cada etapa de la casa, desde las colecciones de alta costura hasta el prêt-à-porter y los perfumes, consolidando a Valentino como un emporio global de la moda italiana.
Reacciones en Italia, Europa y el universo de la moda
La muerte de Valentino ha provocado una ola de reacciones inmediatas en Italia y en el resto del mundo. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, lo definió como «el maestro indiscutible del estilo y la elegancia«, mientras que la líder de la oposición, Elly Schlein, destacó que su obra «engrandeció la cultura y la elegancia de Italia en el mundo de manera única e irrepetible».
El presidente de la República, Sergio Mattarella, subrayó en un mensaje de condolencias la capacidad del diseñador para mirar más allá de las convenciones, recordando, entre otros momentos, su apuesta por el blanco en el Pitti de Florencia en plena efervescencia hippy. En conjunto, la clase política italiana ha coincidido en situarlo a la altura de los grandes nombres que consolidaron la identidad cultural del país en el siglo XX.
Desde el ámbito de la moda y el entretenimiento, las muestras de afecto se han sucedido en redes sociales. La modelo Claudia Schiffer lo ha descrito como «una verdadera leyenda», asegurando que su marca «vivirá para siempre» y recordando también momentos personales, como vacaciones compartidas en Mallorca, Ibiza y Saint-Tropez, o el hecho de que su vestido de novia, diseñado por Valentino, sigue colgado en casa como recordatorio de su generosidad.
La actriz Sophia Loren se ha despedido con un mensaje íntimo: «fuiste un amigo; tu arte y tu pasión seguirán siendo fuente de inspiración«. La diseñadora Donatella Versace ha hablado de la pérdida de un «verdadero maestro» que será recordado por su arte, y ha tenido palabras especiales para Giancarlo Giammetti, compañero inseparable del modisto.
Otras figuras del sector han querido destacar la dimensión humana del diseñador. Cindy Crawford ha escrito que le «duele profundamente» su fallecimiento y ha agradecido los años de colaboración estrecha; Linda Evangelista ha recordado los «maravillosos recuerdos» de su trabajo conjunto; y Vera Wang lo ha calificado como «máximo influencer» y diseñador auténtico, subrayando su amor por las mujeres y por la belleza.
También desde el mundo del cine han llegado mensajes cargados de emoción. Gwyneth Paltrow ha explicado que tuvo la suerte de «conocer y amar» al Valentino más privado, el hombre que disfrutaba de sus jardines, sus perros y una buena historia de Hollywood, y ha admitido que su muerte «se siente como el fin de una era». La modelo y presentadora Heidi Klum ha destacado que su fama como uno de los diseñadores más creativos solo podía ser superada por su «amabilidad y generosidad».
En la realeza europea, la princesa Magdalena de Suecia se ha declarado profundamente agradecida por el vestido de novia que el italiano diseñó para ella, aludiendo a su «elegancia atemporal» y a un sentido del humor que hacía de cada encuentro algo inolvidable. Su mensaje ha incluido también un reconocimiento explícito al papel de Giammetti en la vida y obra del couturier.
Un legado que trasciende generaciones
Con la muerte de Valentino Garavani, muchos analistas sostienen que se cierra definitivamente un capítulo de la moda italiana. Tras la despedida de Giorgio Armani, ocurrida meses atrás, el país pierde a otra de las figuras que consolidaron la imagen de Italia como sinónimo de lujo, buen gusto y artesanía de alto nivel.
En la prensa especializada se insiste en que la irrupción de Valentino rompió la barrera que separaba la moda francesa de la italiana y europea. Su éxito en los años sesenta y setenta, unido a la posterior expansión del prêt-à-porter y al ascenso de casas como las de Gianni Versace o el propio Armani, ayudó a situar a Roma y Milán en el mapa mundial de la moda.
Más allá de las pasarelas, su presencia se dejó sentir también en la cultura popular. Programas como «Donna Sotto le Stelle», el desfile veraniego celebrado en las escalinatas de Trinità de’ Monti y retransmitido por televisión, consolidaron una imagen icónica para al menos dos generaciones de italianos, que año tras año veían desfilar la alta costura a cielo abierto en pleno centro de Roma.
Su estilo de vida, con fiestas en palacios romanos, castillos franceses y travesías en yate, alimentó la fascinación del público, pero quienes trabajaron a su lado insisten en que era, ante todo, un trabajador incansable. Obsesionado con el corte perfecto y el acabado minucioso, se movía con la misma soltura entre los bastidores de un desfile y la organización de un evento social.
La creación de la Fundación Valentino Garavani y Giancarlo Giammetti consolidó su compromiso con la preservación del patrimonio de la moda y con proyectos filantrópicos y culturales. Ese mismo organismo ha sido el encargado de comunicar su fallecimiento y de organizar los actos de despedida, en un gesto que refuerza la voluntad de mantener vivo su legado más allá de su propia presencia física.
Hoy, mientras Roma se prepara para la capilla ardiente en Piazza Mignanelli y para el funeral en la basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri, la sensación compartida en Italia y en buena parte de Europa es que desaparece uno de los últimos grandes emperadores de la moda, pero permanecen sus vestidos, su rojo inconfundible, su idea casi obsesiva de la belleza y una forma de entender la elegancia que seguirá inspirando a diseñadores y amantes de la moda durante mucho tiempo.
