La historia de los clavos: Cómo pueden entender los niños el impacto de la ira

Todas las emociones son necesarias en la vida, esta es la realidad más grande que puedas leer hoy. En realidad, se suelen etiquetar a las emociones como positivas o negativas, pero en realidad solo son emociones y todas ellas tienen la finalidad de que entiendas cómo te sientes en un momento determinado y si debes hacer algo para mejorar tu situación o si estás bien así. Una de las emociones más intensas que se conocen es la ira.

Los niños necesitan la ayuda de sus padres para poder entender los grandes sentimientos, es decir, las emociones más intensas. Los niños también necesitan comprender el impacto de sus emociones y cómo afectan sus acciones cuando están enfadados tanto a ellos mismos como a los demás.

El mal genio

Quizá pienses que tus hijos tienen mal genio, pero simplemente no es capaz de mostrar su ira de una forma que no sea demasiado impulsiva. Cuando esto ocurre, tu hijo necesita fervientemente que le enseñes a entender esa emoción tan intensa como es la ira y sobre todo, que le enseñes formas más saludables para poder manejar ese sentimiento.

Tener la emoción es normal, natural y necesaria, pero también es necesario aprender a estar enfadado sin tener que lastimarse ni física ni emocionalmente a uno mismo o a los demás.

La historia de los calvos

Hay una historia que quizá te guste…

Un padre le dio a su hijo una bolsa de de clavos y le dijo que, cada vez que perdía los estribos, debía clavar un clavo en la parte posterior de la cerca de su hogar. El primer día el niño había clavado 37 clavos en la cerca. Durante las siguientes semanas, mientras aprendía a controlar su ira, la cantidad de clavos martillados diariamente disminuía de forma gradual. Descubrió que era más fácil controlar su genio que meter esos clavos en la cerca.

Finalmente llegó el día en que el niño no perdió la calma en absoluto. Se lo contó a su padre y el padre le sugirió que ahora sacara un clavo por cada día que podía controlar su temperamento.

Los días pasaron y el niño finalmente pudo decirle a su padre que todas los clavos habían desaparecido. El padre tomó a su hijo de la mano y lo llevó a la cerca. Dijo: “Lo has hecho bien, hijo mío, pero mira los agujeros en la cerca. La cerca nunca será la misma. Cuando dices cosas al estar enfadado, dejan una cicatriz como esta. No importará cuántas veces digas que lo siento, la herida todavía está allí”. El niño entonces entendió cuán poderosas eran sus palabras y también lo comprendió mucho mejor que si su padre simplemente lo hubiera castigado por sus arrebatos.

En ausencia de vergüenza y la presencia de nuestra guía amorosa, los niños toman en serio importantes lecciones de vida. Es necesario que entiendan que la ira es necesario sentirla para saber que no estamos bien, pero es más importante reflexionar sobre lo que nos ocurre y optar por técnicas de relajación para poder abordar el problema de forma correcta.  Los niños necesitan nuestra ayuda para manejar los grandes sentimientos. Intenta usar esta historia para ayudar a ilustrar el impacto de las cosas hirientes que hacen o dicen en momentos como este.


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