
La ingesta de tierra, conocida técnicamente como geofagia, despierta curiosidad, rechazo y preguntas a partes iguales. Aunque hoy en día pueda parecernos algo extraño, existe en numerosos países y culturas, aparece en el reino animal y, en contextos clínicos, se vincula con un trastorno llamado pica. Este artículo reúne lo que se sabe desde la antropología, la medicina, la psicología y la zoología, para entender por qué sucede, quién la practica, qué riesgos conlleva y qué dice la ciencia.
Lejos de ser un capricho aislado, la geofagia ha sido descrita desde la Antigüedad y sigue presente en regiones de África, América y Asia, además de casos en Europa y Estados Unidos. Las motivaciones van desde el alivio digestivo y la compensación de déficits hasta factores culturales o conductuales. Al mismo tiempo, no podemos ignorar los peligros: parásitos, metales pesados o complicaciones digestivas graves. Entramos en materia.
Qué es la geofagia y cómo se relaciona con la pica
La geofagia es la práctica intencional de comer tierra o materiales del suelo, especialmente arcillas, carbonatos o sales minerales. Cuando esa ingesta se vuelve persistente, compulsiva y dura al menos un mes (y no forma parte de una práctica cultural aceptada), encaja dentro de pica, un trastorno de la ingestión y la conducta alimentaria descrito en los manuales diagnósticos (DSM y CIE).
En pica se consumen sustancias no nutritivas como tiza, yeso, papel, ropa, cabello, plástico, cenizas de cigarrillo, hielo o tierra. En niños menores de 18–24 meses, llevarse cosas a la boca se considera desarrollo normal; a partir de esa edad, la conducta reiterada de ingerir no comestibles se valora como anómala y debe evaluarse.
La pica no implica dejar de comer alimentos habituales: puede coexistir con una dieta normal. El consumo suele centrarse en una o pocas sustancias específicas (por ejemplo, solo tierra o solo hielo), y con menor frecuencia es indiscriminado. Esta especificidad ayuda a orientar el diagnóstico y el abordaje.
Existen numerosos subtipos según el material ingerido. Entre los más citados: geofagia (tierra), pagofagia (hielo), amilofagia (almidón), litofagia (piedras), tricofagia (cabello), coprofagia (heces), foliofagia (papel), bibliofagia (libros/revistas), mucofagia (moco), hemofagia (sangre), onicofagia (uñas), xilofagia (madera), acufagia (objetos agudos), coniofagia (polvo), stachtofagia (cenizas de cigarrillo), geomelofagia (patatas crudas), urofagia (orina), emetofagia (vómito), luludofagia (flores) y, en casos descritos, ingestión de goma espuma (espumofagia). La lista refleja la enorme variabilidad clínica.
Dónde ocurre y quién la practica
La geofagia se ha documentado en todos los continentes habitados. En humanos, es especialmente frecuente entre niños y mujeres embarazadas, y se ha observado en África (Kenia, Uganda, Nigeria), en América (Centro y Sur), en Estados Unidos y en países de Asia. Se venden suelos con diferentes colores y sabores en mercados de ciudades africanas; en Kenia, incluso se ofrecen ‘tierras’ aromatizadas con especias como cardamomo negro o pimienta.
En EE. UU., el estado de Georgia es célebre por su arcilla blanca (caolín), que se comercializa con etiquetas del tipo «No destinado al consumo humano». Pese a ese aviso, su uso tradicional como ‘arcilla de embarazo’ es conocido en comunidades específicas. En Camerún, por ejemplo, estudiantes y familias relatan su consumo cotidiano o estacional.
Más allá del ser humano, la geofagia es frecuente en la naturaleza. Se observa en mamíferos, aves, reptiles e invertebrados. Monos, elefantes, ciervos, rinocerontes, vacas, perros y caballos comen ocasionalmente tierra o arcillas. En Sudamérica, las colpas de arcilla de la Reserva Nacional de Tambopata (Perú) congregan a guacamayas y pericos, que se alimentan con entusiasmo de esos afloramientos.
En aves, los suelos consumidos suelen ser ricos en minerales arcillosos como esmectita o bentonita, con capacidad para adsorber alcaloides vegetales. Se barajan dos funciones clave: aporte de minerales (sodio, calcio) y desintoxicación. También se ha descrito que ciertas especies ingerirían arena y piedrecillas para facilitar la trituración del alimento en la molleja, una conducta distinta a la geofagia, pero relacionada con la digestión.
En primates, como chimpancés del Parque Nacional Kibale (Uganda), se ha observado consumo de arcillas ricas en caolinita antes o después de comer plantas con compuestos bioactivos; en laboratorio, la arcilla ayuda a liberar ciertos principios activos y reducir diarreas. Lémures y sifacas también recurren a suelos o montículos de termitas, probablemente para modular toxinas, aportar flora beneficiosa y mejorar la digestión de la celulosa.
Por qué sucede: teorías principales
Hay dos grandes explicaciones para la pica y, en particular, la geofagia: la hipótesis de la suplementación y la hipótesis de la desintoxicación. En la primera, el organismo ‘anhelaría’ nutrientes que faltan (por ejemplo, hierro o zinc). En la segunda, la arcilla actuaría como una barrera o ‘vendaje gástrico’, uniéndose a tóxicos, bacterias o exceso de ácido para reducir el malestar digestivo.
La relación con el hierro es compleja. Hay evidencia de asociación entre pica y anemia ferropénica, pero la tierra no aporta hierro biodisponible y, de hecho, puede bloquear su absorción. Comer arcilla junto con los alimentos ha mostrado disminuir la absorción de hierro y zinc, algo relevante en contextos de desnutrición. Así, la geofagia no resolvería la anemia y, en algunos casos, la agravaría.
En cambio, el vínculo entre apetito y déficit es claro con el sodio: cuando falta, aparecen fuertes ansias de salado. Este «cableado» del deseo específico de sodio podría tener raíces evolutivas, mientras que para otros nutrientes el cerebro no parece disparar ‘antojos’ tan precisos. Esto explicaría por qué la pica no corrige por sí sola carencias como la de hierro.
En contextos animales y humanos, la geofagia también encaja con la desintoxicación: aves que comen semillas con alcaloides, o primates que consumen plantas con compuestos bioactivos, ingieren arcilla para adsorber toxinas y proteger la mucosa intestinal. La antropóloga Sera Young popularizó la idea de la ‘máscara de barro para el intestino’ como metáfora de ese efecto protector.
Embarazo, infancia y neurodesarrollo
El embarazo es una etapa en la que aumentan los casos de pica, sobre todo geofagia y pagofagia (hielo). Se barajan varias explicaciones: náuseas, reflujo, anemia u otros déficits, además de un sistema inmunitario transitoriamente más vulnerable. En algunas regiones, las «arcillas de embarazo» son objeto de comercio habitual.
En la infancia, llevarse objetos a la boca es normal hasta los 18–24 meses. A partir de ahí, la ingesta persistente de no comestibles se asocia a mayor riesgo y exige evaluación. La pica se observa con más frecuencia en niños con desnutrición, en entornos socioeconómicos bajos y en menores con trastorno del espectro del autismo o discapacidad intelectual.
En población con discapacidad intelectual, la pica puede ser muy prevalente (series clínicas reportan cifras elevadas en los grados más profundos). A menudo coexiste con otros trastornos psiquiátricos o de conducta, lo que complica el abordaje. En algunos síndromes (por ejemplo, Prader-Willi) se ha registrado pica en pequeñas series.
Entre los factores mantenedores figuran el aprendizaje por imitación, el refuerzo de la autoestimulación sensorial y la búsqueda de atención o de alivio ante el estrés. El análisis funcional de la conducta es clave para diseñar intervenciones eficaces y seguras en niños y adultos vulnerables.
Riesgos sanitarios y complicaciones
Comer tierra no es inocuo. Según la procedencia del suelo, puede haber parásitos (Toxocara spp., Trichuris, Ascaris, Toxoplasma), bacterias, hongos y contaminantes. Además, pinturas antiguas y polvo urbano pueden contener plomo; hay reportes de intoxicación por plomo con estreñimiento, cólicos y afectación renal, con impacto cognitivo si ocurre en embarazo e infancia.
Otra complicación son las obstrucciones digestivas por acúmulo de materiales indigeribles (papel, plástico, cabello, velcro) o por concretos terrosos. El llamado síndrome de Rapunzel —masa de pelo en el estómago con prolongación al intestino— es un caso extremo de tricofagia, más frecuente en niños y personas con tricotilomanía o desnutrición.
Series clínicas de pica señalan que hasta un 75% de los pacientes puede requerir cirugía por complicaciones abdominales, con un 30% de complicaciones postoperatorias y hasta un 11% de mortalidad en ciertos contextos. De ahí la importancia de detectar el problema sin demora.
Desde el punto de vista nutricional, además de la anemia por hierro, se han descrito déficits de zinc asociados a pica. Estudios han observado mejorías tras suplementación con zinc en jóvenes consumidores de tierra y en muestras de niños en distintos países. La carencia de zinc multiplica el riesgo de pica en algunos análisis, aunque el mecanismo exacto sigue sin aclararse.
Geofagia en la naturaleza: más allá de los mamíferos
En reptiles, se ha descrito geofagia en el lagarto blanco (Tupinambis merianae) durante la estación fría, además de osteofagia (huesos) y litofagia (piedras). Las crías de iguana en México recurren a suelo y coprofagia para afinar su microbiota y aprovechar mejor los nutrientes vegetales. En rumiantes y primates se han observado ‘barreros’ o ‘lambederos’, puntos de consumo de suelos ricos en sales.
En insectos, mariposas y polillas acuden a sustratos húmedos para extraer sales (puddling), con mayor frecuencia en machos; algunas especies usan el barro como fuente de sodio. Incluso hay cucarachas de suelo y termitas que consumen arcillas en áreas tropicales, y ciertos cavernícolas se alimentan de la materia orgánica presente en arcillas de cuevas.
Curiosamente, los animales suelen preferir suelos muy antiguos, anteriores a la última glaciación. Se hipotetiza que la composición mineral y la estructura de esas arcillas optimiza la adsorción de toxinas y el aporte de sales, lo que habría favorecido su selección a lo largo del tiempo.
Cultura, historia y modernidad
La geofagia tiene un importante sustrato cultural. En comunidades africanas se ha usado como remedio para la acidez, náuseas del embarazo o como práctica ritual. Textos etnográficos del siglo XX documentan su extensión en grupos como los Ewe de Ghana y en otras regiones tropicales.
En la cultura popular contemporánea, hubo quien defendió beber arcilla como ‘detox’ o para perder peso. Algunas celebridades popularizaron esta práctica puntualmente, aunque la evidencia científica no respalda beneficios de ese tipo y, en cambio, sí alerta sobre riesgos si la arcilla no está controlada sanitariamente.
La literatura también se ha hecho eco del fenómeno: novelas de gran difusión han recreado escenas de personajes que, en momentos de angustia o carencia, comen tierra con avidez como símbolo de desesperación. Este imaginario contribuye a que muchas personas oculten la conducta por vergüenza, retrasando el diagnóstico.
¿Hay beneficios potenciales? Qué dice la ciencia
En humanos, la hipótesis protectora se apoya en observaciones de alivio de molestias gastrointestinales, adsorción de toxinas y reducción de diarreas en ciertos contextos. Estudios en aves y primates sugieren que arcillas específicas secuestran alcaloides y otros cationes, y aportan sodio o calcio en cantidades biológicamente relevantes. Aun así, sigue abierto si el principal impulsor es la desintoxicación o la mineralización.
Respecto a la microbiota, la tierra alberga microorganismos ambientales y se ha investigado el papel de especies como Mycobacterium vaccae, asociada a efectos antiinflamatorios y modulación del estrés en trabajos experimentales. Investigaciones sobre «renaturalización» de entornos infantiles (por ejemplo, guarderías con suelos tipo bosque) han mostrado mejoras en el microbioma y marcadores inmunitarios; eso no equivale a recomendar ingerir tierra, pero invita a explorar cómo el entorno influye en la salud inmunitaria.
En cualquier caso, extrapolar posibles beneficios sin control sanitario es peligroso: los riesgos parasitarios y de metales pesados superan con frecuencia las hipotéticas ventajas cuando se consume tierra de origen desconocido. La procedencia, el análisis químico y microbiológico y el contexto individual marcan la diferencia entre algo potencialmente terapéutico y algo dañino.
Diagnóstico clínico y evaluación
El diagnóstico de pica requiere confirmar la ingesta persistente (≥1 mes) de sustancias no comestibles, inapropiada para el nivel de desarrollo y no explicable por una práctica cultural aceptada. El profesional valorará síntomas gastrointestinales (dolor, vómitos, sangre en heces, estreñimiento/diarrea), erosión dental, toxicidad, anemia y desequilibrios electrolíticos.
Las pruebas complementarias incluyen analítica con hemograma y ferritina (depósitos de hierro), marcadores de zinc cuando proceda, y plomo en sangre si hay sospecha de exposición. Pueden ser necesarios coprocultivos y estudios parasitológicos, y técnicas de imagen (radiografía, ecografía, TAC) o endoscopia para descartar cuerpos extraños u obstrucciones.
La Agencia estadounidense de Registro de Sustancias Tóxicas y Enfermedades propuso orientativamente 500 mg/día como umbral de geofagia patológica, aunque se reconoce que es un criterio arbitrario y el contexto clínico pesa más que una cifra aislada.
Tratamiento y abordaje multidisciplinar
No existe un fármaco específico que «cure» la pica. El enfoque más eficaz es multidisciplinar: corrección de déficits nutricionales (hierro, zinc) cuando existan, intervención conductual y control ambiental. En mujeres embarazadas con anemia, la suplementación férrica reduce con frecuencia la pagofagia; en casos de carencia de zinc también se han visto mejoras tras su aporte.
Desde la psicología, la terapia cognitivo-conductual y el análisis funcional ayudan a identificar desencadenantes, reducir el acceso a estímulos de riesgo, reforzar conductas alternativas y disminuir la conducta problema. La formación de familias y cuidadores en estrategias de supervisión, refuerzo diferencial y prevención ambiental es fundamental.
En pacientes con comorbilidad psiquiátrica (espectro obsesivo-compulsivo, esquizofrenia, TEA), el tratamiento del trastorno de base puede atenuar la pica. Los ISRS pueden considerarse en casos seleccionados por comorbilidades, pero no son una ‘cura’ de la pica, y su uso exige prudencia, especialmente en infancia y embarazo.
Cuando hay complicaciones (obstrucción, perforación, toxicidad), el manejo hospitalario es prioritario. En situaciones de alto riesgo se recurre a vigilancia estrecha e incluso medidas de seguridad ambiental en el entorno de vida para prevenir nuevos episodios mientras se consolida el tratamiento.
¿Se puede prevenir? Consejos prácticos y de seguridad
En comunidades donde la geofagia forma parte de costumbres locales, la clave es minimizar riesgos: evitar suelos potencialmente contaminados, no consumir juntos tierra y alimentos (para no interferir con el hierro), y priorizar evaluaciones médicas durante el embarazo y en la infancia. En cualquier contexto, si aparece deseo persistente de comer tierra, conviene consultar.
Para familias y cuidadores de niños o personas con discapacidad, es útil mantener entornos libres de materiales problemáticos, reforzar de forma positiva los comportamientos incompatibles con la pica, ofrecer alternativas seguras de estimulación sensorial y asegurar una dieta completa. La detección precoz evita complicaciones graves y permite intervenir a tiempo.
La ingesta de tierra es un fenómeno complejo: conecta biología, cultura, salud mental y evolución. Hay casos en los que arcillas específicas podrían actuar como ‘vendaje intestinal’ o aportar sales, y otros en los que la práctica expresa carencias, estrés o aprendizajes desadaptativos. Lo sensato es mirarla sin estigmas, pero con criterio sanitario: valorar el contexto, descartar riesgos y, si es necesario, tratar las causas de fondo para que el impulso de comer tierra deje de tener sentido.


