Ingesta de nieve natural: ¿qué riesgos conlleva comer nieve?

  • La nieve atrapa contaminantes y microbios; no es agua “pura”.
  • Comerla puede causar molestias digestivas y favorecer la hipotermia.
  • En emergencia, derrite, filtra y hierve; mejor hielo que nieve.

Niña acercando nieve a la boca

Jugar con la nieve tiene un encanto especial: guerras de bolas, muñecos y esa tentación infantil de abrir la boca para atrapar copos. Ahora bien, morder o comer nieve no es una buena idea, por divertida que parezca, porque lo que parece agua sólida y pura arrastra más cosas de las que imaginas.

La evidencia procedente de estudios y la experiencia de montaña señalan que la nieve atrapa contaminantes y microbios, y que además puede afectar a tu temperatura corporal si la ingieres tal cual. Por eso, no se recomienda comer nieve salvo en una emergencia, y aun entonces conviene tratarla correctamente antes de beberla.

¿Por qué no se debe comer nieve?

Cuando te llevas un puñado de nieve a la boca, no solo estás ingiriendo agua congelada: también introduces las partículas que la nieve ha atrapado en la atmósfera durante su formación y en el suelo después de caer. Es decir, los copos se forman alrededor de núcleos y se van cargando de sustancias presentes en el aire.

En ese viaje, la nieve actúa como una especie de “imán” para contaminantes: emisiones de vehículos, compuestos industriales, polvo en suspensión y humo de combustibles fósiles pueden quedar retenidos en sus microcristales. Incluso en días limpios, las corrientes atmosféricas transportan partículas a largas distancias.

Además del aire, el entorno del suelo también cuenta. Si cae cerca de carreteras, aceras o zonas tratadas con sal para deshielo, esa nieve puede incorporar cloruros y otras sales. Y si la precipitación ocurre en áreas costeras, el aerosol marino añade más sal a la mezcla, alejándola aún más de la idea de pureza.

Hay que sumar los agentes biológicos. Bacterias ambientales y otros microorganismos pueden colonizar la nieve mientras reposa en la superficie, sobre todo si hay tránsito de personas o animales. No hace falta que la nieve esté sucia a simple vista para que transporte vida microscópica que no querrás en tu estómago.

Los copos, al formarse en la atmósfera, van “coleccionando” sustancias que luego pueden llegar a tu organismo si decides comer nieve, por poca que parezca.

La carga de contaminantes depende del lugar y del momento: cuanto mayor sea la polución del aire, más agentes nocivos quedarán atrapados. Niveles elevados de nitratos, compuestos orgánicos volátiles y partículas finas pueden integrarse en la estructura del hielo o disolverse en pequeñas bolsas de agua líquida dentro del manto nival.

¿Qué pasa si comes nieve?

Efectos de comer nieve

Tomar un par de copos por curiosidad probablemente no te cause un gran problema, pero no conviene normalizarlo. La realidad es que comer nieve conlleva riesgos para la salud, en buena parte por lo que no vemos: contaminantes químicos y agentes biológicos que pueden irritar o infectar.

Entre los microorganismos que se han detectado en la nieve está Pseudomonas syringae, un patógeno ambiental que, si llega al organismo, puede desencadenar molestias digestivas. No te sorprendas si, tras comer nieve, aparecen diarreas, vómitos y malestar gástrico; la nieve parece inocente, pero puede sentarte mal.

Otro punto clave es la temperatura. La nieve está muy fría y contiene mucho aire, de modo que su ingestión no aporta agua eficazmente y además puede enfriar tu cuerpo desde dentro. Esto no solo no hidrata, sino que aumenta el riesgo de hipotermia en escenarios fríos, justo lo contrario de lo que buscas cuando tienes sed.

Hay también daños locales: al contacto prolongado con la mucosa, la nieve puede causar quemaduras por frío en labios o boca. La sensación puede empezar como cosquilleo, pero acabar en lesiones si insistes en masticarla o succionarla durante tiempo.

Resumiendo esta parte: aunque a veces se diga lo contrario, comer nieve no te hidrata y puede empeorar tu situación si estás en el monte y sin agua. El riesgo químico y biológico existe, incluso en nieve que luce limpia.

¿La nieve es tan pura como se cree?

La respuesta corta es no. Un equipo de científicos en Canadá simuló una nevada en presencia de contaminantes habituales del tráfico para medir cuántos quedaban atrapados. Tras apenas una hora, la concentración de BTEX (benceno, tolueno, etilbenceno y xileno) aumentó notablemente en la nieve, al quedar retenidos en la estructura del hielo o disueltos en microdepósitos de agua.

El hallazgo es relevante porque hablamos de compuestos ubicuos en ambientes urbanos y periurbanos. Que la nieve incorpore estos químicos tan rápido indica que no es un alimento seguro, por muy blanca que la veas. Y si sumamos el polvo en suspensión y otros derivados de la combustión, la foto es aún menos halagüeña.

No es solo cosa de ciudades grandes. La atmósfera transporta partículas miles de kilómetros, de manera que un valle remoto o una ladera de montaña también reciben su dosis. La nieve no distingue fronteras: donde cae, incorpora lo que flota, venga de cerca o de lejos.

Por eso, la idea romántica de que la primera nevada es “limpia” no se sostiene del todo. Primero porque el aire no está vacío y, segundo, porque tan pronto como toca el suelo, la nieve puede contaminarse por contacto con superficies, pisadas, excrementos de animales o sal esparcida para evitar el hielo en carreteras.

Y si vivo en una zona despejada, ¿puedo comer la nieve?

Vivir en un entorno con aire relativamente limpio reduce la carga de contaminantes, pero no la elimina. Como hemos visto, las masas de aire transportan sustancias a larga distancia, y además siempre existe la posibilidad de contaminación local por actividad humana o animal. Por tanto, tampoco es recomendable comer nieve en zonas “despejadas”.

Si la nieve cae cerca de la costa, el aerosol marino aporta sal; si lo hace cerca de un camino, probablemente se ha usado sal o agentes químicos para el deshielo. Aunque la nieve luzca blanca, su composición puede incluir minerales y sales que no quieres ingerir a puñados.

También importa el tiempo de exposición. Una nieve que permanece horas o días sobre el terreno acumula más contactos con partículas y microbios. Cuanto más tiempo pase, más probable es que su calidad empeore a ojos de la salud.

Con todo lo anterior, el consejo se mantiene: no la comas. Si necesitas agua, mejor trátala de manera adecuada antes de beberla, incluso en entornos que percibes como “limpios”.

¿Qué efectos puede tener comer la nieve de las nevadas?

Los efectos varían en función de la cantidad ingerida, de la contaminación del entorno y de tu estado de salud. A corto plazo, lo más frecuente es que no ocurra nada grave si la cantidad es pequeña, pero el riesgo de molestias digestivas crece con el volumen y con la “mala calidad” de la nieve consumida.

En el plano químico, la exposición a compuestos del tráfico y otras emisiones industriales no se desea ni en pequeñas dosis, porque son sustancias potencialmente tóxicas, aunque un consumo puntual no equivalga a una intoxicación. El problema es que no puedes saber lo que te estás llevando a la boca.

En el plano biológico, además de bacterias ambientales, pueden aparecer gérmenes procedentes de animales o arrastrados por el viento. Esto eleva el riesgo de gastroenteritis, especialmente en niños, mayores o personas con el sistema inmune más frágil.

Por último, el aspecto térmico: si comes nieve para calmar la sed, lograrás lo contrario, porque enfriarás tu organismo y aportarás muy poca agua neta. En situaciones frías, esto puede ser un factor más hacia la hipotermia, algo serio en la naturaleza.

¿Se puede comer nieve cuando estamos perdidos en la montaña?

Mujeres bromean que comen nieve

La recomendación de seguridad es clara: evita comerla. Si de verdad necesitas hidratarte y no tienes agua líquida a mano, considera alternativas más seguras para transformar la nieve en agua potable en lugar de masticarla.

Primero, derrítela. Fundir la nieve y, si es posible, llevar el agua a ebullición ayuda a eliminar muchos patógenos. Así también evitas el choque térmico en el cuerpo. Si no puedes hervir, caliéntala lo máximo posible y usa métodos de potabilización como filtros o pastillas si dispones de ellos.

Segundo, elige bien de dónde la tomas. Es preferible recoger nieve más compacta y profunda, ya que suele contener menos contaminantes superficiales y rinde más agua al derretir. Evita la capa superior, zonas pisadas, bordes de carreteras y lugares tratados con sal o químicos.

Tercero, si tienes a mano placas de hielo limpio, mejor aún: el hielo contiene más proporción de agua y menos aire que la nieve, por lo que hidrata más y baja menos tu temperatura interna al consumirlo una vez derretido.

Y cuarto, si no hay otro remedio, puedes usar el calor del propio cuerpo para prederretir la nieve en un recipiente dentro de la ropa, o mantenerla en una cantimplora aislada para acelerar el proceso antes de calentarla o potabilizarla. Evita siempre comerla directamente.

En contextos de supervivencia, recuerda: toda agua que vayas a beber debe potabilizarse siempre que puedas. La nieve no es una excepción; su aspecto engaña, y su calidad depende de un entorno que no controlas.

Mirando el conjunto, entre la contaminación atmosférica que la nieve acumula –incluidos compuestos como BTEX–, las bacterias ambientales capaces de provocar diarreas y vómitos, y el impacto de su frío en tu temperatura corporal, queda claro por qué no es buena idea comérsela. Si alguna vez te falta agua, derretir, filtrar y hervir es el camino.

Más allá de la aventura, también en ciudad hay que ser prudentes: la nieve junto a carreteras o aceras suele cargarse de sales y residuos del tráfico muy deprisa. Por muy blanca que se vea al caer, tarda poco en convertirse en un amasijo de partículas indeseables.

Quien convive con inviernos nevados sabe que, aunque todos hemos probado alguna vez un copo al vuelo, convertir eso en costumbre no compensa. La información disponible apunta a que los riesgos superan a cualquier supuesto beneficio, así que mejor disfrutar de la nieve con guantes y botas, no con cuchara.

La tentación de “dar un bocado” al manto blanco se desinfla en cuanto conoces cómo se forma la nieve, lo que atrapa y lo que puede hacerte al ingerirla. Si te ves apurado, trata la nieve como tratarías cualquier agua no segura: derrite, filtra, desinfecta y, cuando puedas, hierve. Tu estómago y tu temperatura corporal te lo agradecerán.

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