Infecciones del cordón umbilical u onfalitis en recién nacidos

  • La onfalitis es una infección del muñón umbilical que puede volverse grave si no se detecta y trata de forma precoz.
  • El cordón se coloniza normalmente por bacterias, pero solo hay infección cuando aparecen inflamación, supuración y mal olor intenso.
  • En países con buena higiene se recomienda la cura en seco, reservando clorhexidina para entornos con mayor riesgo de infección.
  • Ante enrojecimiento, secreción, mal olor y fiebre en el recién nacido, es imprescindible la valoración pediátrica inmediata.

Infecciones del cordón umbilical

Traer a casa a un recién nacido es una mezcla de ilusión y vértigo: todo es nuevo, todo parece delicado y, entre tantas cosas, el cuidado del cordón umbilical suele ser una de las dudas que más se repite; conocer los cambios más importantes que experimenta el bebé al nacer ayuda a comprender por qué el cordón requiere cuidados especiales. A la mayoría de las familias les preocupa si es normal que huela, que tarde en caerse o que se vea algo rojo, pero pocas piensan de entrada en la posibilidad de una infección.

La realidad es que la infección del cordón umbilical, conocida como onfalitis, no es muy frecuente en países con buena higiene, pero cuando aparece puede ser grave si no se trata con rapidez. Entender qué es, cómo se produce, qué signos deben ponernos en alerta y cuáles son los cuidados recomendados ayuda a ganar tranquilidad y, sobre todo, a actuar a tiempo si algo no va bien.

Qué es exactamente la infección del cordón umbilical (onfalitis)

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La onfalitis es una infección bacteriana del muñón umbilical y de los tejidos que lo rodean. Afecta al ombligo visible y a la piel y tejido subcutáneo periumbilical, y suele manifestarse con enrojecimiento, hinchazón y una secreción de mal olor que puede ser sanguinolenta o purulenta.

Durante el embarazo, el cordón umbilical es el vínculo vital entre la placenta y el feto: por él circulan nutrientes, oxígeno, hormonas y se eliminan desechos. Tras el nacimiento se pinza y corta con material estéril, quedando un muñón que, en los días siguientes, pasa por un proceso de desecación y momificación. Ese tejido desvitalizado se deshidrata, se coloniza por bacterias y, finalmente, se desprende.

El muñón suele caerse entre el quinto y el día 15 de vida, dejando una pequeña herida granulosa que terminará siendo el ombligo definitivo. Durante todo ese periodo existe una puerta de entrada potencial para los gérmenes, porque los vasos umbilicales permanecen relativamente permeables aproximadamente hasta los 20 días de vida.

La onfalitis aparece con más frecuencia entre el tercer y cuarto día de vida, aunque puede manifestarse en la primera semana o algo después. En países de renta alta su incidencia ronda el 0,1-0,7%, mientras que en entornos con menos recursos puede llegar al 8% e incluso alcanzar cifras cercanas al 22% en partos domiciliarios sin medidas higiénicas adecuadas.

Colonización normal vs colonización patológica del ombligo

Un aspecto clave para entender las infecciones del cordón es diferenciar la colonización fisiológica (normal) de la colonización patológica. Que aparezcan bacterias en el muñón no significa automáticamente infección.

En los primeros días, el cordón se coloniza de forma natural por microorganismos procedentes del canal del parto y de la piel de los cuidadores. En esta colonización fisiológica suelen predominar bacterias habituales de la piel y del entorno, que no dan síntomas y solo forman parte del proceso normal de caída y cicatrización.

La situación cambia cuando predomina un crecimiento excesivo de gérmenes patógenos, como Staphylococcus aureus (incluidas cepas meticilín-resistentes), estreptococos beta-hemolíticos o bacilos gram negativos como Escherichia coli. En ese caso, la colonización se acompaña de inflamación visible, secreción purulenta, mal olor intenso y, a veces, signos generales de infección.

Es posible que el muñón presente un leve exudado seroso o algo de humedad sin otros síntomas. Esto entra dentro de la fisiología siempre que el bebé esté bien y no haya enrojecimiento que se extienda ni mal olor importante. Estos recién nacidos, sin embargo, deben vigilarse muy de cerca para detectar precozmente cualquier cambio que apunte a onfalitis.

Factores de riesgo y por qué aumenta la probabilidad de onfalitis

La infección umbilical no aparece al azar: existen factores que aumentan la probabilidad de que la colonización bacteriana se convierta en un proceso infeccioso real. Algunos dependen del entorno, otros del tipo de parto y otros de las características del propio recién nacido.

Entre los factores relacionados con el parto y la atención perinatal destacan el parto prolongado, los partos fuera del hospital sin asistencia sanitaria, la rotura prematura de membranas y la presencia de corioamnionitis (infección del líquido amniótico). En estas situaciones, el bebé está expuesto a más bacterias potencialmente patógenas desde antes del nacimiento.

También juegan un papel los cuidados insuficientes o inadecuados del cordón: mantener la zona constantemente húmeda, cubrir el ombligo con el pañal, acumular restos de orina o heces en la base, manipularlo con manos sucias o aplicar sustancias caseras o productos no recomendados dificultan la correcta cicatrización.

Desde el punto de vista del bebé, la onfalitis es más frecuente en recién nacidos prematuros o de bajo peso, en quienes necesitan cateterismo umbilical, en aquellos con patologías graves y en los que presentan alteraciones del sistema inmunitario. Ciertas inmunodeficiencias primarias se asocian a neumonías recurrentes, infecciones de partes blandas, gingivitis y otros cuadros que pueden acompañarse de infecciones umbilicales.

En países de renta baja, además de las condiciones higiénicas deficientes y la alta tasa de partos domiciliarios no planificados, son frecuentes prácticas tradicionales de riesgo, como aplicar mezclas de hierbas, cenizas, aceites o leche materna sobre el muñón, lo que aumenta la posibilidad de infección por bacterias, incluyendo Clostridium tetani (tétanos neonatal).

Cómo se ve un cordón umbilical infectado

El aspecto de un cordón infectado es bastante característico cuando la onfalitis está clara, aunque en fases iniciales los signos pueden ser sutiles. Reconocerlos a tiempo permite consultar al pediatra antes de que la infección progrese.

En un proceso normal, el muñón pasa de un color amarillento a marrón y después a negruzco, se va secando y termina desprendiéndose. Es normal cierto olor leve mientras se seca y, al caerse, puede quedar una mínima cantidad de sangre o una zona ligeramente húmeda que termina de cicatrizar.

En la onfalitis, en cambio, suelen aparecer uno o varios de estos signos de alarma: enrojecimiento intenso alrededor del ombligo que puede expandirse hacia la piel vecina, endurecimiento de la zona (induración), hinchazón, aumento de la temperatura local al tacto y marcada sensibilidad o dolor al manipular el área.

La secreción cambia de aspecto: en lugar de un pequeño exudado seroso, aparece una supuración amarillenta o verdosa, a menudo con pus y olor muy desagradable y persistente. Puede acompañarse de sangrado más abundante de lo esperado o que no cede con facilidad.

Cuando la infección progresa, pueden añadirse síntomas generales en el bebé: fiebre, rechazo de las tomas, irritabilidad o llanto inconsolable, vómitos, decaimiento y mal aspecto general. Estos signos son una clara señal de alarma y requieren valoración urgente.

Complicaciones posibles de la onfalitis

En la mayoría de los recién nacidos, la infección se detecta en fases precoces y se limita a la zona umbilical, resolviéndose con tratamiento adecuado y vigilancia estrecha. No obstante, por la permeabilidad de los vasos umbilicales en los primeros días de vida, la infección puede extenderse con rapidez si no se maneja a tiempo.

Una de las complicaciones locales es la celulitis periumbilical, en la que la inflamación se propaga a la piel y tejido subcutáneo cercanos. Si sigue avanzando, puede derivar en una fascitis necrosante, una infección polimicrobiana extremadamente grave que afecta a piel, tejido adiposo subcutáneo y fascia muscular profunda, con progresión rápida hacia infección sistémica y una mortalidad muy elevada.

En la fascitis necrosante uno de los signos tempranos descritos es la aparición de una piel con aspecto de “piel de naranja”, junto con dolor intenso, edema marcado y deterioro del estado general. En estos casos el tratamiento quirúrgico urgente, además de antibióticos de amplio espectro y soporte intensivo, es imprescindible.

Si las bacterias alcanzan el torrente sanguíneo, la onfalitis puede evolucionar hacia bacteriemia y sepsis neonatal, con riesgo de afectación de otros órganos (meningitis, neumonía, infecciones profundas intraabdominales). En algunas series, la mortalidad asociada a onfalitis complicada se sitúa entre el 7 y el 15%, sobre todo en entornos con pocos recursos.

Por todo ello, aunque muchas onfalitis sean cuadros leves, se trata siempre de una situación potencialmente grave que requiere control pediátrico estrecho y una actitud prudente a la hora de indicar ingreso y antibióticos intravenosos cuando se sospecha afectación sistémica.

Diagnóstico de la infección del cordón umbilical

El diagnóstico de onfalitis es fundamentalmente clínico, basado en la exploración del ombligo y el estado general del recién nacido. El pediatra valorará el color, la extensión del enrojecimiento, la consistencia de los tejidos, la presencia de secreción, el olor y la sensibilidad local.

Cuando se sospecha infección, es habitual tomar una muestra de la secreción para cultivo antes de iniciar el tratamiento antibiótico. Esto permite identificar el germen responsable y ajustar después el antibiótico a su sensibilidad. A menudo también se realiza un hemocultivo para saber si las bacterias han pasado a la sangre.

Si existe sospecha de infección grave, se completará el estudio con analítica de sangre (hemograma, proteína C reactiva, procalcitonina, función de órganos). La procalcitonina puede ayudar a diferenciar infecciones bacterianas invasivas (sepsis, meningitis), aunque en neonatos su interpretación es compleja porque se eleva fisiológicamente en las primeras 48 horas de vida y puede aumentar en otras situaciones como estrés perinatal, hipoxemia, reanimación o determinadas patologías respiratorias.

En casos de mala evolución o si se sospechan complicaciones, puede añadirse pruebas de imagen como la ecografía abdominal, que ayudan a valorar la presencia de colecciones, abscesos, aire ectópico o íleo paralítico, así como la afectación de la pared abdominal. También puede requerirse un estudio de coagulación si se plantea cirugía o se sospecha coagulopatía asociada a sepsis.

Tratamiento de la onfalitis: desde medidas locales hasta antibióticos intravenosos

El tratamiento dependerá de la gravedad del cuadro, la extensión de la infección y el estado general del recién nacido. No existe una única pauta válida para todos los casos, y hay cierta variabilidad entre centros, especialmente en el uso de antibióticos tópicos.

En las formas más leves, con afectación exclusivamente local, sin fiebre ni signos sistémicos y con pruebas iniciales normales, puede bastar con intensificar los cuidados higiénicos del cordón, mantenerlo limpio y seco, y vigilar muy de cerca al bebé. Algunos profesionales recomiendan en estos casos la aplicación de pomadas antibióticas locales.

En algunos centros se utilizan antibióticos tópicos como mupirocina o ácido fusídico en onfalitis no complicadas (ombligo enrojecido con leve supuración, sin afectación sistémica). La práctica habitual en estos protocolos es tomar cultivos superficiales y hemocultivos; si el cultivo local es positivo y sensible y el hemocultivo negativo, se mantiene el tratamiento tópico durante 7-10 días, ajustando según la evolución.

Sin embargo, la evidencia científica que respalda el uso de antibióticos tópicos en onfalitis leve es limitada y controvertida. No se ha demostrado de forma concluyente que reduzcan complicaciones frente a una buena higiene y vigilancia, y tampoco hay pruebas sólidas sobre la utilidad de la antibioterapia oral en cuadros localizados sin repercusión sistémica.

Cuando la infección es más intensa, hay fiebre, mal estado general o sospecha de afectación profunda o sepsis, el recién nacido debe ingresar para tratamiento intravenoso y monitorización estrecha. En estos casos se recomienda iniciar antibióticos de amplio espectro que cubran S. aureus y bacilos gram negativos, adaptando después según resultados de cultivos.

Los esquemas más utilizados combinan una penicilina resistente a betalactamasas (como cloxacilina) o una cefalosporina de tercera generación con un aminoglucósido, y en determinadas circunstancias se añade metronidazol o clindamicina para cubrir anaerobios, especialmente si ha habido corioamnionitis o se sospecha fascitis necrosante.

En áreas con alta prevalencia de Staphylococcus aureus meticilín-resistente (SAMR) o si existe un contexto epidemiológico compatible, puede ser necesario sustituir cloxacilina por vancomicina. La duración del tratamiento intravenoso suele ser de al menos 7-10 días, aunque puede ajustarse en función de la respuesta clínica y las posibles complicaciones.

Cuidados diarios del cordón umbilical: qué se recomienda hoy

Las recomendaciones sobre el cuidado del cordón umbilical han evolucionado a lo largo de los años a la luz de los estudios disponibles. Hoy en día, en entornos con buena higiene y asistencia sanitaria adecuada, la estrategia preferente es la llamada “cura en seco”.

La cura en seco consiste básicamente en mantener el muñón limpio y, sobre todo, bien seco. Se puede lavar suavemente con agua tibia y jabón neutro si se ensucia con orina o heces, aclarar y secar con cuidado usando una gasa limpia o una toallita suave, sin frotar en exceso.

Se recomienda evitar los baños de inmersión prolongados hasta que el cordón se haya caído y la zona esté cicatrizada, optando por higiene con esponja o toallita. Después del baño o de la limpieza puntual, es importante asegurarse de que no quede humedad atrapada en la base del ombligo.

En cuanto al pañal, lo ideal es doblar la parte superior hacia abajo de manera que no cubra el cordón ni roce el muñón, reduciendo la fricción y permitiendo que la zona esté al aire el mayor tiempo posible. Tampoco conviene apretarlo con cinturas elásticas de ropa o bodis demasiado ajustados.

Tradicionalmente se han utilizado múltiples productos tópicos (alcohol de 70°, clorhexidina, sulfadiazina de plata, antibióticos locales). Las recomendaciones actuales de sociedades científicas y organismos internacionales indican que, en países de renta alta con buena higiene, no es necesario aplicar antisépticos de forma rutinaria: basta con mantener el cordón limpio, dejarlo secar y evitar cubrirlo de forma oclusiva.

Uso de antisépticos: en qué casos se aconseja clorhexidina

Desde finales de la década de 1990, la Organización Mundial de la Salud aboga por la cura en seco del cordón umbilical en entornos con higiene adecuada. Las guías internacionales (OMS, NICE, American Academy of Pediatrics, entre otras) coinciden en que, en países con buenos recursos sanitarios, el uso rutinario de antisépticos no aporta un beneficio clínico relevante.

Sin embargo, los estudios desarrollados en países con recursos limitados han demostrado que la aplicación de clorhexidina al 4% sobre el muñón reduce de forma significativa tanto la incidencia de onfalitis como la mortalidad neonatal, especialmente en contextos con alta proporción de partos domiciliarios y deficiencias higiénicas.

En esos entornos, el tratamiento profiláctico consiste en aplicar clorhexidina al 4% una vez al día durante los primeros 7-10 días de vida o hasta la caída del cordón, empezando en las primeras 24 horas de vida. Entre los distintos regímenes evaluados, esta concentración se ha mostrado la más eficaz.

En países de renta alta, los ensayos clínicos que comparan cura en seco vs clorhexidina, alcohol u otros antisépticos no han encontrado una disminución clara de casos de onfalitis, pero sí un retraso en el tiempo de caída del cordón cuando se usan antisépticos. La menor colonización bacteriana que produce la clorhexidina alarga el proceso de desprendimiento y podría favorecer la selección de gérmenes con mayor potencial invasivo.

Además, aunque se utiliza ampliamente, no está totalmente aclarado el perfil de seguridad de la clorhexidina en recién nacidos. Se ha documentado su absorción sistémica a través de la piel y, aunque las consecuencias clínicas no se conocen con certeza, este aspecto invita a restringir su uso a los casos en los que realmente aporta beneficios claros.

Antisépticos y antibióticos tópicos: qué dicen las guías

A lo largo del tiempo se han empleado distintos antisépticos (alcohol 70°, clorhexidina en solución acuosa o alcohólica, povidona yodada, colorantes específicos) y antibióticos tópicos (sulfadiazina de plata, neomicina, bacitracina, mupirocina) con la intención de reducir la colonización bacteriana y prevenir onfalitis.

Las revisiones sistemáticas y metaanálisis disponibles, que incluyen decenas de miles de recién nacidos, concluyen que en países con buena higiene y atención perinatal adecuada estos productos no reducen de forma significativa la incidencia de onfalitis en comparación con la cura en seco, y sí provocan un desprendimiento más tardío del cordón.

Las principales sociedades científicas recomiendan, por tanto, no usar antisépticos ni antibióticos tópicos de rutina en recién nacidos sanos nacidos en hospitales con condiciones higiénicas correctas. En cambio, se aconseja su utilización en contextos con atención neonatal deficitaria, partos domiciliarios sin condiciones adecuadas o alta tasa de infecciones umbilicales.

Cuando el entorno sanitario es limitado, las guías de la OMS y de la Asociación Española de Pediatría apoyan la aplicación de clorhexidina al 4% como medida eficaz para disminuir tanto la onfalitis como la mortalidad asociada. En estos casos, el beneficio supera claramente los posibles inconvenientes de su uso.

En resumen, la decisión de utilizar o no antisépticos debe individualizarse según el nivel de recursos, la situación higiénica y el tipo de cuidados disponibles, evitando su empleo indiscriminado donde no aportan ventajas claras y sí posibles riesgos o costes innecesarios.

Señales de alarma: cuándo acudir al pediatra o a urgencias

Aunque muchos cambios en el cordón son normales, hay signos que deben interpretarse como una llamada directa a consultar al pediatra. Es preferible exagerar un poco en la prudencia que restar importancia a un cuadro que puede complicarse con rapidez en un recién nacido.

Conviene pedir valoración médica el mismo día si se observa enrojecimiento claro alrededor del ombligo, supuración amarillenta o verdosa, mal olor intenso, hinchazón localizada o sensibilidad aumentada al tacto, incluso si el bebé está aparentemente bien.

La situación es más urgente si además aparecen fiebre, decaimiento, rechazo de tomas, llanto inconsolable, cambios en el color de la piel (palidez, moteado) o cualquier signo de empeoramiento general. En estos casos es recomendable acudir a un servicio de urgencias pediátricas sin demoras.

También es motivo de consulta la presencia de sangrado continuo o abundante en la zona umbilical, especialmente si requiere cambiar repetidamente gasas o empapar la ropa. Un pequeño manchado tras la caída del cordón suele ser normal, pero el sangrado persistente no lo es.

Por último, si el cordón tarda más de tres semanas en caerse, si aparece un bulto rosado y húmedo en el ombligo (granuloma umbilical) o si la zona supura de forma prolongada sin signos claros de infección, también es importante que lo valore el pediatra para descartar complicaciones locales o alteraciones en la cicatrización.

Conocer estos signos de alarma y acudir temprano a consulta permite que la mayoría de infecciones del cordón se manejen de forma segura, con buen pronóstico y sin dejar secuelas en el recién nacido.

Al final, entender qué es la onfalitis, qué factores la favorecen, cómo se ve un cordón umbilical sano frente a uno infectado y qué cuidados diarios son los más recomendados ayuda a familias y cuidadores a vigilar esta zona con tranquilidad, reaccionar a tiempo ante cualquier cambio preocupante y reducir al máximo el riesgo de complicaciones en una etapa tan delicada como los primeros días de vida.