
Entender qué papel juegan los ovarios en el cuerpo de la mujer es clave para cuidar la salud reproductiva femenina a corto y largo plazo. No solo tienen que ver con la regla o con la posibilidad de quedarse embarazada: influyen en los huesos, el corazón, la piel, el estado de ánimo e incluso en cómo envejece el organismo. Conocerlos bien es una forma muy potente de autocuidado.
A lo largo de la vida solemos acordarnos de los ovarios solo en momentos puntuales: cuando llega la menstruación y aparecen molestias, cuando se busca un embarazo o cuando se entra en la menopausia. Sin embargo, son órganos activos desde antes de nacer hasta edades avanzadas, cambiando en cada etapa y condicionando muchos aspectos de la salud femenina, aunque no siempre seamos conscientes de ello.
¿Qué son exactamente los ovarios y dónde están?
Los ovarios son dos pequeñas glándulas reproductoras y endocrinas que forman parte del aparato reproductor femenino interno. Tienen un tamaño parecido al de una almendra y se localizan en la pelvis, a ambos lados del útero, en una zona llamada fosa ovárica, muy cerca de los grandes vasos ilíacos de la pelvis.
Cada ovario presenta una extremidad superior o tubárica y una extremidad inferior o uterina. La parte tubárica queda en íntimo contacto con las fimbrias de las trompas de Falopio, preparadas para “recoger” el óvulo cuando se produce la ovulación. La extremidad uterina se orienta hacia el cuerpo del útero, formando parte del conjunto de estructuras que conectan ambos órganos.
En sus caras, los ovarios mantienen relaciones muy estrechas con otras estructuras pélvicas. La cara lateral se apoya sobre el peritoneo parietal que tapiza la pelvis; la cara posterior se relaciona con el uréter y la arteria ilíaca interna; la cara anterior lo hace con el ligamento umbilical medial. Estas relaciones anatómicas explican por qué algunas patologías ováricas pueden dar síntomas pélvicos o incluso digestivos poco específicos.
La posición de los ovarios se mantiene gracias a un sistema de ligamentos ováricos que los fijan pero que, al mismo tiempo, permiten cierto grado de movilidad para adaptarse a los cambios del ciclo menstrual, el embarazo o las variaciones posturales.
Ligamentos, vascularización e inervación de los ovarios
Para entender bien la importancia de los ovarios en la salud femenina, ayuda mucho conocer cómo se sujetan, cómo se irrigan y cómo llegan los nervios hasta ellos. No son órganos “flotando” en la pelvis, sino que están conectados al resto del cuerpo a través de estructuras muy concretas.
Los ligamentos que sostienen a los ovarios son varios. El ligamento suspensorio del ovario es un pliegue de peritoneo que une la extremidad tubárica del ovario con la pared lateral de la pelvis. A través de él discurren la arteria y vena ováricas, además de las fibras nerviosas autónomas que llegan al órgano. El punto por el que entran vasos y nervios se denomina hilio ovárico.
El ligamento propio del ovario conecta la extremidad uterina del ovario con el ángulo lateral del útero. Es un remanente del gubernáculo embrionario, aquel cordón fibroso que “guiaba” la gónada en desarrollo hacia su posición definitiva. A diferencia del suspensorio, este ligamento no transporta vasos ni nervios, su papel es básicamente de sujeción.
Además, existe el mesovario, un pequeño pliegue peritoneal que une el ovario con la cara posterior del ligamento ancho del útero. Por él también discurren vasos sanguíneos y nervios que penetran en el ovario a través del hilio, asegurando así su correcta nutrición y funcionamiento.
La irrigación arterial corre a cargo de las arterias ováricas, ramas directas de la aorta abdominal. El drenaje venoso arranca de un plexo pampiniforme que se sitúa en el mesovario y se continúa como venas ováricas: la derecha drena directamente en la vena cava inferior, mientras que la izquierda lo hace en la vena renal izquierda. Este patrón explica por qué determinados problemas vasculares ováricos pueden afectar de forma diferente a cada lado.
Desde el punto de vista nervioso, los ovarios reciben inervación simpática desde los nervios esplácnicos menores, que hacen sinapsis en los ganglios aórticos antes de dirigirse al órgano. La inervación parasimpática procede de los nervios esplácnicos pélvicos y del plexo hipogástrico inferior. Esta red de nervios participa tanto en la regulación vascular como en la percepción de dolor pélvico u ovárico.
Estructura interna del ovario: corteza, médula y folículos
A nivel microscópico, los ovarios presentan dos grandes zonas bien diferenciadas: corteza y médula. La corteza es la capa más externa, donde se encuentran los folículos ováricos y se albergan los ovocitos; la médula es la región interna, rica en tejido conectivo, vasos sanguíneos y nervios.
La superficie externa está recubierta por un epitelio cúbico simple denominado epitelio germinativo, continuo con el mesotelio del mesovario. Justo debajo se sitúa la túnica albugínea, una capa de tejido conectivo denso que protege la corteza. Bajo esta túnica se extiende la corteza ovárica propiamente dicha, donde residen los folículos en distintas fases de desarrollo y estructuras como el cuerpo lúteo o el cuerpo albicans.
Los folículos ováricos son pequeñas “unidades funcionales” formadas por un ovocito rodeado de células foliculares. Según su estadio de evolución se describen tres grandes tipos: los folículos primordiales, los folículos en crecimiento y los folículos maduros o de Graaf.
Los folículos primordiales representan la etapa más temprana, se forman desde el tercer mes de vida fetal y permanecen en reposo durante años. Los folículos en crecimiento se dividen en primarios y secundarios; en ellos comienza a formarse la zona pelúcida, una capa rica en glucoproteínas imprescindible para la unión del espermatozoide al óvulo.
Por último, los folículos maduros o de Graaf son los que están listos para ovular, es decir, para liberar un ovocito que podrá ser fecundado. Después de la ovulación, los restos del folículo se transforman en el cuerpo lúteo, una glándula endocrina temporal que produce principalmente progesterona.
Si el embarazo no se produce, este cuerpo lúteo sufre regresión y queda sustituido por una cicatriz fibrosa conocida como cuerpo albicans. Si la fecundación tiene lugar y el embrión se implanta, el cuerpo lúteo continúa activo durante los primeros meses, manteniendo una producción de progesterona clave hasta que la placenta asume esta función alrededor del cuarto o quinto mes de gestación.
Embriología de los ovarios y reserva ovárica
Desde el punto de vista del desarrollo embrionario, los ovarios derivan de la cresta gonadal, estructura común de la que también proceden las gónadas masculinas. Entre la sexta y séptima semanas de gestación, las células germinales primordiales migran desde el epiblasto hacia las crestas gonadales y comienzan a organizarse formando cordones sexuales primitivos.
Estos cordones iniciales darán lugar a los cordones medulares, que acaban degenerando para convertirse en parte del estroma vascularizado del ovario. Durante el tercer mes de vida fetal aparecen los cordones corticales, que con el tiempo se fragmentan y originan los folículos primordiales que albergarán los ovocitos.
Un dato muy llamativo es que la reserva ovárica se establece antes del nacimiento. En la vida fetal puede haber entre uno y dos millones de ovocitos. Sin embargo, al llegar la pubertad esa cifra se ha reducido a unas 300.000-400.000 unidades debido a un proceso natural de atresia.
Esta reserva ovárica no es igual en todas las mujeres. Enfermedades, cirugías ováricas, quimioterapia o radioterapia pueden reducirla de forma significativa, adelantando la menopausia o dificultando la concepción. De ahí la importancia de valorar la reserva ovárica en mujeres que planean retrasar la maternidad o que van a someterse a tratamientos oncológicos.
Funciones de los ovarios: mucho más que reproducción
Los ovarios cumplen una doble misión fundamental: producir ovocitos y fabricar hormonas sexuales. Ambas funciones están estrechamente coordinadas y cambian de forma cíclica mes a mes durante los años reproductivos.
En cuanto a la función reproductiva, cada ciclo menstrual un grupo de folículos empieza a crecer, aunque solo uno (o muy pocos) alcanzarán la madurez. Bajo la influencia de la hormona folículo estimulante (FSH), producida por la hipófisis, estos folículos se desarrollan en la corteza ovárica. Cuando uno llega a la fase de folículo de Graaf, se desencadena la ovulación tras un pico de hormona luteinizante (LH).
La ovulación consiste en la liberación de un ovocito maduro desde la superficie del ovario hacia la trompa de Falopio, donde puede ser fecundado por un espermatozoide. Si la fecundación ocurre y el embrión llega al útero, se implantará en el endometrio y dará inicio al embarazo. Si no hay fecundación, cae la producción hormonal del cuerpo lúteo, se desprende el revestimiento interno del útero y aparece la menstruación.
Como glándulas endocrinas, los ovarios producen sobre todo estrógenos y progesterona, aunque también sintetizan pequeñas cantidades de andrógenos como la testosterona. En la primera mitad del ciclo, antes de ovular, predomina la secreción de estrógenos; después de la ovulación, la progesterona se convierte en la hormona estrella, especialmente si se ha formado un cuerpo lúteo funcional. Estas hormonas regulan el ciclo menstrual, preparan el endometrio para una posible implantación, modulan el desarrollo de las mamas, el ensanchamiento de las caderas y otros caracteres sexuales secundarios. Además, influyen en la salud ósea, vascular, cutánea, metabólica y emocional, por lo que su descenso en la menopausia se asocia a cambios en todos estos sistemas.
Los ovarios producen también andrógenos en pequeñas cantidades. Aunque se suele asociar la testosterona con los hombres, en la mujer contribuye al deseo sexual y al mantenimiento de la masa muscular. Un desequilibrio en esta producción, como ocurre en el síndrome de ovario poliquístico, puede provocar acné, exceso de vello o alteraciones menstruales.
Ciclo ovárico, ovulación y cambios a lo largo de la vida
La actividad ovárica se inicia con la menarquia, la primera menstruación, y finaliza con la menopausia, que es el cese definitivo de la regla. Durante los años fértiles, los ovarios alternan fases cíclicas: la fase folicular y la fase lútea, íntimamente ligadas al ciclo menstrual.
En la fase folicular, la FSH estimula la maduración de varios folículos. La producción creciente de estrógenos engrosa el endometrio y prepara el cuerpo para una posible gestación. Cuando uno de los folículos alcanza la madurez, se libera un pico de LH que desencadena la ovulación, que suele situarse aproximadamente en la mitad del ciclo.
Tras la ovulación, comienza la fase lútea. El folículo roto se transforma en cuerpo lúteo y se incrementa la secreción de progesterona, indispensable para mantener un endometrio receptivo. Si no hay embarazo, el cuerpo lúteo involuciona, los niveles hormonales bajan y se produce la menstruación.
A lo largo de la vida, el propósito de los ovarios va cambiando. Antes de la pubertad, los folículos están en reposo; durante la adolescencia se activan las hormonas gonadotropas, empieza la ovulación y se establecen los ciclos menstruales. Entre los 45 y 50 años suele llegar la menopausia; con ella, los ovarios se atrofian progresivamente y dejan de liberar ovocitos, aunque continúan produciendo pequeñas cantidades de hormonas, sobre todo andrógenos, que pueden transformarse en estrógenos en otros tejidos.
En mujeres con peso muy bajo o con un porcentaje de grasa corporal extremadamente reducido, como algunas deportistas de élite, los ovarios pueden “apagarse” temporalmente, interrumpiendo la ovulación y las reglas. Si se recupera un peso saludable, generalmente la función ovárica también se normaliza.
Ovarios y salud global: huesos, corazón, piel y estado de ánimo
La importancia de los ovarios va mucho más allá de la fertilidad. Las hormonas que secretan tienen efectos protectores sobre el sistema cardiovascular, el esqueleto, el cerebro y la piel. Por ejemplo, los estrógenos contribuyen a mantener la densidad ósea, reduciendo el riesgo de osteoporosis y fracturas.
En el terreno cardiovascular, los estrógenos ayudan a mantener un perfil lipídico más favorable y una mejor función endotelial, lo que se traduce en menor riesgo de enfermedad coronaria en la mujer premenopáusica. Tras la menopausia, al caer los niveles hormonales, ese efecto protector se reduce y el riesgo se asemeja al de los hombres.
En el sistema nervioso central, las fluctuaciones de estrógenos y progesterona influyen de forma clara en el estado de ánimo. Muchas mujeres notan tristeza, irritabilidad, ansiedad, cambios en el sueño o sensación de hinchazón en los días previos a la regla. Todo esto entra dentro del abanico del síndrome premenstrual y tiene una base biológica, no es una exageración ni “cosa de la cabeza”.
Durante la perimenopausia también pueden aparecer altibajos emocionales, sofocos, dificultades para dormir o cambios en el deseo sexual. En algunos casos, estas molestias son tan intensas que requieren tratamiento médico. Los especialistas coinciden en que no hay que normalizar un malestar intenso y permanente: si los síntomas interfieren con la vida diaria, conviene consultar.
La relación entre salud emocional y función ovárica es bidireccional. Un estrés intenso o prolongado puede alterar las hormonas y provocar irregularidades menstruales, retrasos en la regla, amenorrea e incluso dolor pélvico. Estos cambios pueden dificultar la ovulación y la implantación embrionaria, lo que a su vez afecta a la fertilidad.
Ovarios, dolor pélvico y mitos frecuentes
Muchas mujeres sienten un pequeño pinchazo o molestia a un lado del abdomen alrededor de la mitad del ciclo. Se trata del dolor ovulatorio, que suele corresponder a la ruptura del folículo y al mínimo sangrado que puede irritar el peritoneo. Este dolor es pasajero y, en general, no reviste gravedad.
Cuando el dolor aparece durante la menstruación, suele deberse más a las contracciones del útero que a los ovarios en sí. Aun así, un dolor muy intenso, que incapacita o que se mantiene en el tiempo no debe considerarse “normal”. Puede ser la manifestación de patologías como endometriosis, quistes o procesos inflamatorios pélvicos, por lo que conviene acudir al ginecólogo.
Otro mito muy extendido es que los ovarios se turnan la ovulación de forma perfectamente alterna: un mes uno, al siguiente el otro. La realidad es que no existe una alternancia estricta ni obligatoria. Puede haber varios ciclos en los que ovule el mismo ovario y, en otros periodos, el contrario ser más activo.
En caso de que por una cirugía u otra causa se extirpe un ovario, el otro suele ser capaz de asumir la función y ovular de forma regular. Esto significa que muchas mujeres con un solo ovario pueden continuar teniendo ciclos ovulatorios y quedarse embarazadas sin necesidad de recurrir a técnicas de reproducción asistida.
Principales enfermedades ováricas
Los ovarios pueden verse afectados por diversas patologías que impactan tanto en la salud reproductiva como en el bienestar general. Algunas son muy frecuentes y benignas; otras, como el cáncer de ovario, son menos comunes pero potencialmente graves.
Los quistes ováricos funcionales son sacos llenos de líquido que suelen formarse cuando el folículo no libera el óvulo o no se reabsorbe correctamente tras la ovulación. La mayoría son pequeños, asintomáticos y desaparecen por sí solos. Sin embargo, si se rompen, se torsionan o sangran, pueden provocar dolor intenso y requerir valoración urgente.
Muchas mujeres descubren que padecen SOP y no lo consiguen. El riesgo es mayor si existe antecedente familiar, obesidad o determinados hábitos de vida. A pesar de que puede causar infertilidad, existen tratamientos eficaces que mejoran la ovulación y las opciones de embarazo.
La insuficiencia ovárica precoz o fallo ovárico prematuro aparece cuando los ovarios dejan de funcionar de forma adecuada antes de los 40 años. Esto puede traducirse en ausencia de regla, síntomas de menopausia temprana y disminución importante de la fertilidad. La causa no siempre es identificable, pero puede estar relacionada con factores genéticos, autoinmunes o con tratamientos agresivos como quimioterapia y radioterapia.
La endometriosis con afectación ovárica se da cuando tejido similar al endometrio crece sobre o dentro de los ovarios, formando endometriomas (quistes de contenido espeso, a veces llamados “quistes de chocolate”). Suelen producir dolor pélvico, reglas muy dolorosas e infertilidad, y pueden requerir abordaje combinado médico y quirúrgico.
Por último, el cáncer de ovario representa el tumor ginecológico más letal, en buena parte porque suele diagnosticarse tarde. Sus síntomas iniciales son muy inespecíficos: distensión abdominal persistente, dolor pélvico, sensación de saciedad precoz, cambios en el hábito intestinal, cansancio sin causa aparente o pérdida de peso. A menudo se confunden con problemas digestivos, lo que retrasa la consulta.
En la actualidad no hay un método de cribado poblacional eficaz para el cáncer de ovario, por lo que es esencial acudir al médico si aparecen signos de alarma mantenidos en el tiempo. El tratamiento combina cirugía y quimioterapia, y en algunos casos terapias dirigidas avanzadas, dependiendo del tipo de tumor y de su estadio.
Salud íntima, órgano reproductor femenino y suelo pélvico
Para cuidar la salud de los ovarios también es importante tener una visión global del aparato reproductor femenino y de la zona pélvica. Los ovarios no trabajan solos: comparten escenario con útero, trompas de Falopio, vagina, cuello uterino y con las estructuras externas como labios y clítoris.
Desde el nacimiento, el aparato reproductor femenino está preparado para, en el futuro, permitir un embarazo y el nacimiento de hijos. Una niña ya nace con todos los ovocitos que tendrá, pero su sistema reproductor no será funcional hasta que, con la pubertad, se produzcan los cambios hormonales necesarios.
Además de los órganos propiamente reproductores, la mujer cuenta con el suelo pélvico, un conjunto de músculos y tejidos que sostienen la vejiga, el útero, la vagina, la uretra y el recto. Es una estructura dinámica que se adapta a los movimientos, al embarazo, al parto y a los cambios posturales de la vida diaria.
Cuando el suelo pélvico se debilita o se daña, las estructuras que soporta pueden descender y aparecen problemas como incontinencia urinaria, prolapsos o molestias en las relaciones sexuales. Por eso es tan recomendable trabajar esta zona, especialmente en mujeres que han tenido partos vaginales, que tienen edad avanzada o que practican deportes de alto impacto como el running intenso, el crossfit o el triatlón.
Fortalecer el suelo pélvico aporta múltiples beneficios: ayuda a prevenir lesiones, mejora la calidad de las relaciones sexuales, facilita el parto y la recuperación posterior y reduce el riesgo de pérdidas de orina, gases o heces. Los ejercicios específicos de esta musculatura, guiados por profesionales, son una herramienta sencilla y muy eficaz para cuidar esta parte del cuerpo.
Higiene íntima, ejercicio físico y ciclo menstrual
La vagina dispone de mecanismos propios para mantenerse limpia. Gracias a sus secreciones y a su flora bacteriana, no requiere lavados internos ni productos agresivos. Al contrario, el abuso de geles perfumados, sprays íntimos o duchas vaginales puede alterar el pH, irritar la mucosa y favorecer infecciones como la candidiasis.
Lo más recomendable es usar geles suaves, sin perfumes y respetuosos con el pH de la zona, y lavar únicamente la parte externa con agua templada, evitando que el producto o el agua penetren en la vagina. Otro tema frecuente es el uso diario de salvaslips: su empleo continuado dificulta la transpiración de la piel, mantiene la zona más húmeda y puede favorecer la proliferación de gérmenes y los cambios en la flora vaginal.
Además, el uso permanente de salvaslips puede incrementar el flujo vaginal como mecanismo de defensa y provocar picores, a veces asociados a infecciones. Por ello, no se aconseja su utilización diaria, salvo en situaciones puntuales o bajo indicación específica.
Respecto al ejercicio durante la menstruación, no hay necesidad de “parar la vida” esos días. El movimiento, bien adaptado, puede aliviar el dolor, relajar la musculatura y mejorar el estado de ánimo gracias a la liberación de endorfinas. Lo ideal es ajustar la intensidad según la fase del ciclo y cómo se sienta cada mujer.
Durante la menstruación, cuando el sistema inmune está algo más vulnerable, se recomiendan actividades suaves como caminar, yoga o estiramientos. En la fase folicular, con el aumento de estrógenos, el cuerpo suele tolerar mejor entrenamientos cortos pero más intensos. En la ovulación, el pico de testosterona puede favorecer sesiones de fuerza con cargas algo mayores. En la fase lútea, es preferible optar por entrenamientos algo más breves, con intervalos de intensidad que no generen un agotamiento excesivo.
Los dolores tipo menstrual también pueden aparecer fuera del periodo de sangrado. En estos casos, conviene no restar importancia al síntoma y consultar al especialista, ya que podrían ser la pista de una patología subyacente que merece seguimiento y tratamiento.
Controles médicos y cuidado a largo plazo
La mejor estrategia para proteger la función ovárica y detectar problemas a tiempo es realizar revisiones ginecológicas periódicas. Muchas sociedades científicas recomiendan una visita anual, que incluya historia clínica detallada, exploración física y, cuando esté indicado, ecografía transvaginal para valorar útero y ovarios.
La frecuencia y el tipo de controles deben adaptarse a la edad, antecedentes personales y familiares, síntomas y factores de riesgo. En mujeres jóvenes en edad fértil, suele ser importante estudiar irregularidades del ciclo, dolor pélvico, problemas de ovulación o dificultades para concebir. En la etapa de la menopausia, el foco se amplía a las consecuencias del descenso hormonal, como la salud ósea, cardiovascular y urogenital.
En relación con el cáncer de ovario, las guías actuales no aconsejan un cribado sistemático de toda la población, ya que no hay pruebas que hayan demostrado reducir la mortalidad en mujeres sin factores de riesgo concretos. El estudio se dirige sobre todo a quienes presentan síntomas persistentes o tienen antecedentes familiares que hagan sospechar una mayor predisposición.
La decisión de utilizar tratamientos hormonales, como la terapia hormonal sustitutiva en la menopausia, debe hacerse de forma individualizada, valorando beneficios y riesgos con el profesional sanitario. En algunos casos, mantener cierto aporte hormonal puede ayudar a proteger huesos y corazón y mejorar la calidad de vida, siempre bajo una supervisión estricta.
Lejos de ser simples “fábricas de óvulos”, los ovarios son órganos dinámicos que acompañan a la mujer en todas sus etapas vitales, desde antes del nacimiento hasta la vejez. Participan en la regulación del ciclo menstrual, la fertilidad, el estado de ánimo, la salud ósea, cardiovascular y metabólica, y su funcionamiento se ve influido por el estilo de vida, el estrés, las enfermedades y los cambios hormonales propios de cada fase. Conocerlos, escuchar las señales del cuerpo y acudir a revisiones periódicas permite poner a la salud ovárica en el lugar central que merece dentro del cuidado global de la mujer.
