
La quinta gala de Top Chef: Dulces y Famosos ha sido cualquier cosa menos rutinaria. En una sola noche, el concurso de RTVE ha vivido la entrada de nuevos aspirantes, una expulsión, un duelo de repesca y un abandono inesperado que han agitado por completo la dinámica del formato.
Lo que arrancaba como un programa centrado en los sabores de la infancia y en la emoción de los recuerdos personales acabó convirtiéndose en un capítulo decisivo. Los espectadores han visto cómo se redefinía el plantel de participantes, con la incorporación definitiva de Benita y Nicolás Coronado como concursantes y la despedida voluntaria de Luis Merlo.
Cuatro fichajes sorpresa que descolocan a los veteranos
La presentadora Paula Vázquez fue la encargada de lanzar la bomba al inicio de la emisión: “hay cuatro novedades fuera de carta a punto de entrar en las cocinas”. Con esa frase, la gala ya dejaba claro que nada iba a seguir igual para los concursantes que llevaban semanas peleando por hacerse un hueco en el talent repostero.
Las puertas del plató se abrieron para recibir a Benita, Nicolás Coronado, Ana Morgade y Alejandra Osborne, cuatro caras conocidas de la televisión, el cine y las redes sociales. Su llegada en pleno ecuador de la competición generó un evidente malestar entre algunos veteranos, que no escondieron que no les hacía demasiada gracia tener que medirse de repente con nuevos rivales cuando el ambiente en las cocinas ya estaba bastante asentado.
RTVE y el jurado —formado por Paco Roncero, Eva Arguiñano y Osvaldo Gross— plantearon su entrada como una especie de repesca al revés: cuatro famosos aspirando a una única plaza fija entre los participantes ya consolidados. Esto obligaba a los recién llegados a demostrar de golpe su nivel y a los veteranos a adaptarse sobre la marcha a una convivencia todavía más competitiva.
Lejos de ser simples invitados de una noche, estos cuatro fichajes se integraron de inmediato en las dinámicas de prueba, formaron equipos con los antiguos participantes y asumieron los mismos niveles de exigencia que el resto, sabiendo que cada fallo podía costarles su continuidad inmediata.
Sabores de la infancia y la historia de vida de Benita
La primera prueba de la noche viajó directamente a los orígenes de cada aspirante. El reto consistía en preparar diez palmeras de chocolate rellenas con sabores asociados a la niñez, reinterpretando el clásico dulce de pastelería con un toque muy personal. Para ayudarles a conectar con esos recuerdos, la organización les mostró fotografías de su infancia, lo que generó un clima de emoción generalizada.
Uno de los momentos más intensos se produjo con el relato de Benita. Al ver una imagen de su comunión, aparecía vestida de marinero y se sinceró sobre su proceso vital: explicó que, donde otros veían a un niño con un traje tradicional, ella veía a la Benita que siempre había sido y que no podía mostrarse. Subrayó que habían pasado más de sesenta años hasta sentirse realmente libre, un testimonio que conmovió tanto al público como a sus compañeros.
Mientras los hornos trabajaban a pleno rendimiento, la prueba fue combinando técnica y emoción. Cada aspirante intentó plasmar en sus palmeras sabores que remitían a meriendas familiares, postres de fiesta o pequeños rituales dulces que marcaron su infancia. El jurado valoró tanto la parte creativa como la coherencia entre el recuerdo evocado y el resultado final en el plato.
En esa primera criba, quien se llevó el reconocimiento fue Ivana Rodríguez. Sus palmeras, cuidadas al detalle y con un equilibrio muy medido entre presentación y sabor, terminaron imponiéndose. Los jueces destacaron su delicadeza y precisión, y su victoria no solo le dio seguridad en el concurso, sino también una ventaja estratégica para la siguiente prueba por equipos.
Letter cake por equipos y primera selección entre los recién llegados
Como premio, Ivana tuvo la posibilidad de organizar los equipos de la segunda prueba, algo que en este tipo de formatos siempre genera conversaciones y miradas cruzadas entre los concursantes. La consigna esta vez era crear una letter cake, es decir, una tarta con forma de letra, bien definida y muy vistosa, jugando con frutas, colores y diferentes texturas.
Durante el cocinado se vivió un ambiente de aparente buen rollo, con bromas y complicidad entre veteranos y recién llegados, aunque no faltaron los pequeños sustos: imprevistos de horneado, problemas de montaje y algún que otro momento de tensión cuando el reloj avanzaba más rápido de lo que algunos hubieran deseado.
Aunque las sonrisas dominaban en las encimeras, el veredicto fue justamente lo contrario. El jurado se mostró especialmente exigente con el nivel técnico y estético de las tartas en forma de letra. Tras las valoraciones, quedó claro qué combinaciones de equipos habían brillado y cuáles no terminaron de convencer.
Los grupos en los que se encontraban Luis Merlo, Belén Esteban y Benita, por un lado, e Ivana Rodríguez, Natalia y Nicolás Coronado, por otro, lograron pasar el corte con sus propuestas. Esto dejaba en una posición muy delicada a Alejandra Osborne y Ana Morgade, integrantes de los equipos menos valorados, que tuvieron que abandonar de inmediato la aventura sin llegar a consolidarse en el concurso.
Duelo de repesca entre Benita y Nicolás con las berlinas como protagonista
Superada la fase por equipos, las miradas se centraron en los dos fichajes que seguían con opciones reales de hacerse con una plaza estable: Benita y Nicolás Coronado. Ambos se ganaron el derecho a disputar una prueba de salvación en igualdad de condiciones, pensada específicamente para medir su capacidad creativa bajo presión.
El desafío consistía en decorar unas berlinas buscando un equilibrio perfecto entre estética y concepto. El detalle que lo hacía aún más complicado es que, en este caso, el jurado no iba a probar el resultado: la decisión se basaría solo en la presentación, la armonía visual y el mensaje transmitido a través del postre.
Benita optó por construir un universo de abejas y flores sobre sus berlinas. Aprovechó la prueba para lanzar una reflexión vital: recordó la vieja idea de que, según ciertos cálculos, las abejas no deberían poder volar, y la usó como metáfora sobre los límites que a menudo nos imponen desde fuera. Según explicó, esas abejas vuelan precisamente porque nadie les ha dicho que no pueden hacerlo, un mensaje que conectaba con su propia historia personal y su sentimiento de libertad actual.
Nicolás, por su parte, apostó por una propuesta también cuidada y ordenada, trabajando la composición y los detalles de sus berlinas para dejar claro que no había llegado al programa solo como actor invitado, sino dispuesto a medirse a nivel culinario con el resto. Su intención era demostrar capacidad de concentración, criterio estético y control del tiempo, aspectos muy valorados por los jueces.
Tras revisar ambas presentaciones, el jurado comunicó su decisión: Nicolás Coronado era el nuevo concursante fijo del programa, lo que dejaba a Benita fuera de la competición… al menos, sobre el papel y durante unos minutos que parecían definitivos.
El giro final: expulsión, lágrimas y la salida voluntaria de Luis Merlo
Mientras se resolvía el duelo entre los recién llegados, el resto de participantes afrontaba su propia batalla. Los veteranos que habían quedado en la zona de peligro tras la prueba por equipos tuvieron que medirse en una prueba de eliminación especialmente exigente, con un postre complejo como protagonista.
El reto consistía en preparar una tarta malaya, un bizcocho vistoso de múltiples capas que mezcla influencias asiáticas y europeas. La receta implicaba precisión en las cocciones, regularidad en las capas y una presentación cuidada, lo que generó nervios, frustración y algún que otro colapso emocional en las cocinas.
Antes de arrancar la prueba, Belén Esteban dispuso de un privilegio especial: poder salvar a uno de sus compañeros. Fiel a la complicidad que ha ido construyendo dentro del programa, decidió proteger a Samantha, sacándola de la zona de riesgo y reduciendo el número de aspirantes que debían jugarse la continuidad en ese último cocinado.
Finalmente, fueron Desi, Alejandro y Roi quienes se vieron obligados a pelear por seguir una semana más, en una prueba que dejó imágenes muy crudas de la presión del formato. Roi llegó a romperse entre hornos, reconociendo que sentía que trabajaba en piloto automático y que no terminaba de controlar del todo el proceso. Alejandro logró reconducir su cocinado, mientras que Desirée, que había estado relativamente tranquila al principio, se topó con varios problemas en el tramo final.
Tras la cata y la deliberación del jurado, la decisión resultó dolorosa para todos: Desirée se convirtió en la quinta expulsada de Top Chef: Dulces y Famosos. Su marcha se sumaba a una lista de salidas que ya incluía, entre otros, a Tote Fernández, eliminado en una gala anterior tras un pulso repostero a base de torrijas.
Cuando parecía que la noche no podía dar más de sí, llegó el golpe definitivo. En el momento de aclarar quién quedaba fuera entre Benita y Nicolás tras la prueba de berlinas, Luis Merlo pidió la palabra. Ante la mirada atenta de sus compañeros, anunció que era él quien abandonaba el concurso, no por decisión del programa, sino por una elección personal ligada a otros compromisos profesionales.
El actor, muy conocido por su trabajo en ficción televisiva en España, explicó que había descubierto en la repostería “un camino maravilloso para conocerse a uno mismo”, pero que no podía dejar de lado proyectos previos que ya tenía sobre la mesa. Entre abrazos y alguna lágrima, se quitó el delantal y dejó un hueco libre que el formato decidió asignar a Benita, permitiendo así que la futuróloga se integrase como concursante fija pese a haber perdido el duelo frente a Nicolás minutos antes.
Con este encadenado de giros —entrada de cuatro famosos, selección de dos, expulsión de Desirée y salida inesperada de Luis Merlo— Top Chef: Dulces y Famosos consolida una de sus galas más movidas y emocionales hasta ahora. El concurso de RTVE, emitido en la noche del miércoles en La 1 y disponible también en RTVE Play, mantiene el pulso en audiencias y refuerza su narrativa apoyándose en historias personales potentes, pruebas técnicas cada vez más exigentes y unos cambios de guion que mantienen tanto a los concursantes como a la audiencia con la sensación de que, en estas cocinas, cualquier cosa puede pasar de una semana a otra.

