El emocionante funeral de Valentino en Roma reúne a la élite de la moda

  • La Basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri acogió el multitudinario funeral de Valentino Garavani en Roma.
  • Figuras clave de la moda, el cine y la alta sociedad europea acudieron a despedir al diseñador.
  • La estética del adiós, dominada por el blanco y guiada por la música sacra, reflejó la obsesión de Valentino por la belleza.
  • El féretro fue enterrado en el cementerio Flaminio, en un mausoleo circular que compartirá nombre con Giancarlo Giammetti.

Funeral de Valentino en Roma

Roma se ha convertido estos días en el epicentro de la despedida al legendario diseñador Valentino Garavani, fallecido en su domicilio de la capital italiana a los 93 años. La ciudad ha vivido un duelo colectivo en el que se han mezclado admiradores anónimos, grandes nombres de la moda internacional y personalidades del cine y la alta sociedad europea.

Tras dos jornadas de velatorio público en la sede de su fundación de Piazza Mignanelli, donde miles de personas hicieron cola para rendirle tributo, el último adiós se ha celebrado en la Basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri, en plena Plaza de la República, un escenario cargado de historia que Roma reserva a funerales de grandes figuras.

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Un último adiós en una basílica cargada de historia

El funeral tuvo lugar en la basílica construida dentro de las antiguas Termas de Diocleciano y rediseñada por Miguel Ángel en el siglo XVI, uno de los templos más singulares de la ciudad. La fachada, un semicírculo de ladrillo austero, daba paso a un interior transformado para la ocasión en una suerte de pasarela silenciosa y solemne.

Desde primera hora de la mañana, la Plaza de la República se llenó de coches oficiales, vehículos negros y centenares de curiosos que, tras las vallas de seguridad, intentaban ver de cerca a los asistentes. El ambiente era de duelo sereno: tráfico contenido, apenas ruido de fondo y el sonido constante de la fuente de las Náyades, que preside la plaza con sus figuras de ninfas de bronce.

En el acceso al templo, un cartel escrito a mano se convirtió en una de las imágenes del día: “El mundo entero llora a Valentino. Hemos perdido la flor más hermosa”. Ese mensaje, repetido también en otros carteles y pancartas sostenidos por admiradores, marcaba el tono emocional de una ceremonia cuidada hasta el último detalle.

La basílica se había vestido casi por completo de blanco: coronas, arreglos florales y decoración interior seguían una misma paleta clara, en contraste con el icónico rojo que convirtió al diseñador en un mito. En la entrada se acumulaban las coronas enviadas por amigos y colaboradores, entre ellas las de la familia Armani, la de Lavinia Biagiotti y la de Sophia Loren, con la dedicatoria “Siempre en mi corazón”. Rompiendo la uniformidad, una sola rosa roja de Claudia Schiffer llamaba la atención.

Del velatorio en Palazzo Mignanelli al funeral en Santa Maria degli Angeli

El adiós al “emperador” de la alta costura comenzó dos días antes con la capilla ardiente instalada en el Palazzo Gabrielli-Mignanelli, sede histórica de la maison Valentino y de la Fondazione Valentino Garavani e Giancarlo Giammetti. El edificio renacentista, junto a la Plaza de España, se transformó en un espacio de recogimiento abierto al público.

En una gran sala dominada por el blanco absoluto, el féretro descansaba bajo una pérgola floral de anémonas, camelias, rosas, dalias y buganvillas. Alrededor, unas 10.000 personas pasaron en dos días para dedicarle un último gesto, desde vecinos de Roma a turistas y clientas históricas, todas mezcladas en la misma fila.

En los escaparates de la casa, también de luto riguroso, una frase presidía el homenaje: “I love beauty, it’s not my fault” (“Amo la belleza, no es culpa mía”). Un lema que muchos italianos podrían hacer suyo y que resume la obsesión estética de Valentino, para quien la belleza era casi una cuestión moral.

Al final de ese recorrido íntimo por la sede de la firma, la atención se desplazó a la basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri, donde se celebró la ceremonia religiosa anunciada por la propia maison en un comunicado oficial, que fijaba el funeral para las 11.00 de la mañana.

Una ceremonia concebida como una obra de arte

La despedida estuvo marcada por una puesta en escena milimetrada, casi teatral, pero sin estridencias. A la hora exacta, el féretro, adornado con rosas blancas, cruzó la puerta de la basílica mientras sonaba la Lacrimosa del Réquiem de Mozart. Detrás caminaban las dos personas más importantes de su vida reciente: Giancarlo Giammetti, socio y compañero de décadas, y Bruce Hoeksema, pareja del diseñador en los últimos años.

En el interior, frente al altar, se había colocado una gran fotografía en blanco y negro de Valentino sonriente, presidiendo una nave convertida en paisaje de flores blancas. Parte de la iglesia estaba reservada a staff y trabajadores de la casa, que compartían banco con aristócratas europeos, empresarios del lujo y representantes del mundo cultural.

El sacerdote Pietro Guerini ofició la misa con una homilía centrada en la idea de la belleza como legado. Agradeció a Valentino “la belleza que trajo al mundo” y habló de “un tesoro de belleza creado y compartido” a lo largo de seis décadas de carrera. Tras sus palabras, sonó el Ave María de Schubert, intensificando el clima de recogimiento en la basílica.

Al final de la ceremonia intervinieron quienes mejor conocieron al modista. Giammetti tomó la palabra primero, visiblemente emocionado, para recordar su vida juntos. Habló en inglés y en italiano, agradeció la presencia de “todos nuestros amigos que han volado hasta aquí” y, con un punto de humor, se refirió a la duración de la misa: “Es nuestra religión y Valentino la amaba”. Después, resumió su historia compartida: “Nos conocimos siendo muy jóvenes, soñamos las mismas cosas y logramos muchas de ellas. Quiero darle las gracias por enseñarme qué es la belleza. Haré todo lo posible para que nadie lo olvide”.

Le siguió Bruce Hoeksema, que pronunció unas breves frases entre lágrimas: “No te digo adiós, solo gracias por acompañarme”. Cerró su intervención con las palabras que, según explicó, fueron las últimas que escuchó del diseñador: “Te amo”. En los bancos, muchos asistentes no pudieron contener la emoción.

Anne Hathaway, Liz Hurley y las musas de Valentino

Si alguien concentró buena parte de las miradas fue Anne Hathaway, amiga íntima del modista y una de sus grandes musas de los últimos años. La actriz llegó a la basílica del brazo de su marido, el también actor Adam Shulman, ambos de riguroso negro, gafas oscuras y gesto visiblemente afectado. A la entrada abrazó a los allegados del diseñador y declaró: “Os quiero y estoy cerca de vuestro dolor”.

Días antes, Hathaway había dedicado un extenso mensaje en redes sociales a quien definió como un “titán del diseño” y, al mismo tiempo, “un amigo querido que llenó de flores mis cumpleaños y que hizo mi mundo mucho más amable”. Recordó cómo Valentino se ofreció a diseñar su vestido de novia en 2012, un gesto que aún la emociona y que, según confesó, marcó su vínculo para siempre.

Entre las actrices presentes destacó también Elizabeth Hurley, acompañada de su hijo Damian. Él rindió homenaje al creador con una bufanda en color rojo intenso, guiño al inconfundible rosso Valentino que en esta ocasión convivió con el negro del luto. Varios invitados incorporaron discretos toques de rojo en sombreros, bufandas o gafas, una forma sutil de recordar el código cromático del diseñador.

El funeral reunió igualmente a Naty Abascal y Rosario Nadal, dos de las clientas españolas más ligadas al universo Valentino, que ya habían pasado por la capilla ardiente. Su presencia subrayaba el puente que el modista tendió durante décadas entre Roma y la alta sociedad española y europea.

En las inmediaciones del templo, algunos carteles improvisados reiteraban el mensaje de duelo colectivo: “El mundo entero llora a Valentino. Hemos perdido la flor más hermosa”. Varios centenares de personas, muchas de ellas turistas, aguardaron durante horas tras las vallas para ver entrar y salir a las figuras más reconocibles.

La moda italiana y europea se vuelca con el diseñador

La ceremonia fue también un gran encuentro de la industria de la moda, especialmente italiana y europea. Entre los primeros en llegar se encontraban Donatella Versace, vestida con un sobrio conjunto negro y gafas de sol XL, y su hija Allegra. La diseñadora, muy unida al fallecido, recordó ante la prensa el gesto que tuvo Valentino con ella tras la muerte de su hermano Gianni: “Fue la primera persona que vi cuando anunciaron su fallecimiento. Él y Giancarlo vinieron inmediatamente. Tenía un corazón de oro y era un genio”.

Tampoco faltaron Tom Ford; Maria Grazia Chiuri, hoy al frente de Fendi tras su etapa en Dior; Brunello Cucinelli; Anna Fendi; y figuras del conglomerado del lujo europeo como François-Henri Pinault, propietario del grupo Kering. Desde el entorno de LVMH acudieron representantes como Antoine Arnault, vicepresidente y CEO de Christian Dior, junto a su esposa, la modelo Natalia Vodianova.

Una presencia especialmente simbólica fue la de Pierpaolo Piccioli, director creativo de Valentino durante más de dos décadas y ahora en Balenciaga, que acudió junto a su esposa, Simona Caggia, ambos de negro y con abrigos de líneas rectas. Su asistencia, junto a la de Alessandro Michele, responsable creativo de Valentino desde 2024, y de Maria Grazia Chiuri, completaba una especie de “línea sucesoria” creativa de la maison.

En primera fila de la prensa especializada se situaron nombres como Anna Wintour, directora global de contenidos de Condé Nast, fiel a su abrigo oscuro y sus inseparables gafas; la crítica Suzy Menkes; y otros periodistas de referencia en el circuito internacional. Todos coincidieron en describir a Valentino como un perfeccionista absoluto, amable pero exigente cuando algo no se ajustaba a su idea de excelencia.

La asistencia de la clase política italiana también tuvo su peso simbólico. La primera ministra Giorgia Meloni encabezó la representación institucional y definió al modista como “un símbolo eterno de la moda italiana, un maestro indiscutible del estilo y la elegancia”, subrayando que su legado seguirá inspirando a futuras generaciones.

Protagonistas anónimos y devoción popular en la Plaza de la República

Aunque las fotografías se centraron en celebrities y diseñadores, el entorno del templo estaba lleno de rostros anónimos que quisieron despedirse del creador. Vecinos de Roma, curiosos y turistas se agolpaban tras las barreras, móviles en alto, para captar la entrada y salida de los invitados.

Entre la multitud, algunos seguidores se declaraban abiertamente devotos del estilo del diseñador. Un hombre mayor, Francesco Sangiovanni, de 81 años, resumía un sentir bastante compartido: “Nunca volveremos a encontrar la clase que tenía Valentino. Conquistó el mundo con su refinamiento y engrandeció a Italia porque la llevó al mundo. Las personas más importantes se vistieron de Valentino”.

Durante el velatorio en Piazza Mignanelli se pudo ver también a trabajadoras del taller y costureras que participaron durante años en la confección de sus vestidos, mujeres con una vida aparentemente normal que, sin embargo, formaron parte de la maquinaria de lujo que vestía a princesas, actrices y aristócratas de medio planeta.

En el exterior de la basílica, un centenario de personas portaban pancartas y ramos de flores que se fueron sumando a las coronas oficiales. Entre las más comentadas, una almohada floral enviada por Sophia Loren, las dedicadas por la familia Armani y varios arreglos de casas italianas de moda y lujo. La mezcla de curiosidad, respeto y cierta fascinación por ese mundo exclusivo era palpable en los corrillos, donde la pregunta recurrente era “¿quién ha llegado ahora?”.

La organización, reforzada por numerosos miembros de seguridad y personal de protocolo, hizo que todo transcurriera sin incidentes, con una coreografía discreta pero muy controlada en cada movimiento, desde la llegada de los invitados hasta la salida del coche fúnebre hacia el cementerio.

Música, flores blancas y el adiós en el cementerio Flaminio

El componente musical fue clave en la atmósfera de la ceremonia. Además de la Lacrimosa de Mozart y el Ave María de Schubert, el final del funeral estuvo marcado por dos piezas muy significativas. Cuando el féretro abandonó la basílica, sonó Il nostro concerto, de Umberto Bindi, una canción de 1960 asociada a la historia del amor entre hombres, interpretada en su día por un artista perseguido por su homosexualidad.

La última pieza antes de que el coche fúnebre se alejara fue el aria O mio babbino caro, de Puccini, que acompañó los aplausos espontáneos de la gente congregada en la plaza. Muchos levantaron el móvil, otros simplemente juntaron las manos o inclinaron la cabeza, dando a ese momento una mezcla de duelo y homenaje público.

Entre quienes portaron el féretro se encontraban Sean y Anthony, hijos de Carlos Souza, colaborador y amigo íntimo del diseñador. Los hermanos, ahijados de Valentino y mencionados a menudo como posibles herederos de parte de su fortuna, caminaron tras el ataúd con gesto serio y contenido, conscientes del peso simbólico de su papel.

Tras la ceremonia, el cortejo fúnebre se dirigió al cementerio Flaminio, el mayor de Italia, situado a las afueras de Roma. Allí, los restos de Valentino fueron enterrados en un mausoleo circular con grandes ventanales y jardines de flores, un espacio luminoso flanqueado por cipreses. En la entrada del panteón figuran dos apellidos: Garavani y Giammetti, reflejando la unión vital y profesional entre el diseñador y su inseparable socio.

Giancarlo Giammetti ya ha manifestado su voluntad de ser enterrado en el mismo lugar, reforzando la idea de que ese mausoleo no es solo la tumba de un modista célebre, sino también el símbolo de una historia compartida que ha marcado la moda europea del último medio siglo.

Mientras tanto, la fundación que lleva sus nombres, instalada en Piazza Mignanelli, continúa su actividad. Allí se había inaugurado, apenas un día antes de conocerse el fallecimiento, la exposición de temática ibérica “Venus – Valentino Garavani a través de la mirada de Joana Vasconcelos”, una conversación entre alta costura y arte contemporáneo que ahora adquiere un significado aún más especial.

Con la basílica vacía, las flores blancas todavía frescas y el eco de las piezas de Mozart y Puccini en la memoria, Roma cierra un capítulo y consagra definitivamente a Valentino Garavani como uno de sus grandes iconos culturales. El diseñador que llevó el rojo italiano a las alfombras rojas del mundo, que vistió a actrices, princesas y aristócratas europeas, se marcha rodeado de la belleza que persiguió toda su vida, dejando a la ciudad, a la moda y a sus amigos con la sensación de haber asistido a un último desfile silencioso, irrepetible.