Complicaciones del embarazo y función de la placenta

  • La placenta es un órgano materno-fetal complejo que asegura el intercambio de nutrientes, gases y desechos, además de una intensa actividad endocrina e inmune.
  • Su correcta formación (implantación, decidualización e invasión trofoblástica) es clave para evitar patologías como el RCIU y la preeclampsia.
  • Alteraciones en la posición o adhesión de la placenta originan complicaciones graves como placenta previa, espectro de placenta acreta y desprendimiento prematuro.
  • El conocimiento detallado de la fisiología y hormonas placentarias permite un mejor diagnóstico y manejo de las gestaciones de alto riesgo.

complicaciones del embarazo y funcion de la placenta

La placenta es el gran sistema de soporte vital del embarazo. Es un órgano temporal, pero de una sofisticación enorme, que se forma a partir de las mismas células que originan al embrión y se ancla a la pared interna del útero. A través de ella se establece un intercambio intensísimo de oxígeno, nutrientes y productos de desecho entre la madre y el feto, además de una compleja red hormonal e inmune que hace posible que el embarazo siga adelante.

Aunque desaparece pocos minutos después del parto, la placenta tiene un impacto duradero en la salud materna y fetal, tanto durante la gestación como a largo plazo. Alteraciones en su formación, su implantación o su función endocrina se relacionan con complicaciones tan serias como la preeclampsia, el retraso del crecimiento intrauterino (RCIU), la placenta previa, el espectro de placenta acreta o el desprendimiento prematuro de placenta, entre otras. Entender cómo se forma y cómo trabaja este órgano es clave para comprender por qué se producen estas complicaciones y cómo se manejan.

Formación de la placenta y adaptación del útero

La placenta comienza a formarse muy pocos días después de la fecundación, durante las tres primeras semanas de gestación. En este periodo se encadenan varios procesos: ventana de implantación, preimplantación, implantación propiamente dicha y decidualización del endometrio, que preparan el terreno para que el embrión pueda anidar y para que se diferencien las membranas embrionarias y las estructuras placentarias.

Para que el embrión pueda implantarse hace falta un endometrio receptivo, en una franja temporal muy concreta. Entre los días 20 y 24 del ciclo menstrual se abre la llamada «ventana de implantación», en la que el revestimiento uterino alcanza las condiciones óptimas de grosor, vascularización y receptores hormonales para permitir que el blastocisto (el embrión en sus primeros días) se adhiera.

En la fase de preimplantación el óvulo fecundado viaja por la trompa de Falopio hacia la cavidad uterina. Durante este trayecto tienen lugar tres grandes etapas: segmentación, blastulación y gastrulación. Primero, el cigoto se divide en numerosas células (segmentación) hasta formar una mórula; después se organiza en un blastocisto con una cavidad interna (blastocele) rodeada por una capa externa de células llamada trofoblasto; finalmente, con la gastrulación se inicia la formación de las tres capas germinales que darán origen a todos los tejidos fetales.

La implantación se produce cuando el blastocisto se introduce en la mucosa uterina que ya está sufriendo cambios intensos por la progesterona. El estroma endometrial, rico en células y matriz extracelular, comienza un proceso de transformación llamado decidualización. Este proceso incluye modificaciones morfológicas, bioquímicas y en la expresión génica de las células estromales, y se acompaña de cambios vasculares, edematización y acumulación de material nutritivo para sostener al embrión.

La decidua (endometrio transformado) se llena de células del sistema inmune especializadas. Predominan las células Natural Killer uterinas (uNK), que llegan a representar alrededor del 70 % de los leucocitos deciduales. A diferencia de las NK sanguíneas, aquí tienen un papel regulador: facilitan la remodelación de los vasos uterinos, la renovación del endometrio y controlan la invasión trofoblástica y la angiogénesis. Su número cae progresivamente a partir de la semana 20. También hay un 20 % de macrófagos, regulados por estrógenos y progesterona, y cerca de un 10 % de linfocitos T. Este microambiente inmune es esencial para permitir la tolerancia al feto y al mismo tiempo proteger frente a infecciones.

En paralelo, el endometrio sufre una reacción decidual con aumento de la permeabilidad vascular y edema, mediada en parte por histamina liberada bajo estímulo hormonal. Este fenómeno forma pliegues y cavidades que facilitan la penetración del blastocisto y aporta un medio rico en nutrientes, al tiempo que hace más frágiles las células superficiales para dejar paso al embrión.

La diferenciación del trofoblasto es otro hito clave. Las células trofoblásticas se organizan rápidamente en dos capas: el citotrofoblasto (capa celular interna, con alta capacidad proliferativa) y el sincitiotrofoblasto (capa externa multinucleada que invade el endometrio). El sincitiotrofoblasto comienza a formar lagunas que se llenan de sangre materna y de las que emergen vellosidades coriales. Con el tiempo, estas lagunas se fusionan dando lugar al espacio intervelloso, donde circula la sangre materna alrededor de las vellosidades fetales.

A medida que avanza la gestación, las células mesenquimales fetales invaden las vellosidades y construyen una red vascular que conecta con las arterias y venas umbilicales. Aunque la circulación materna y la fetal están muy próximas, permanecen separadas por una barrera placentaria especializada, que permite el intercambio de sustancias pero evita el contacto directo de la sangre de la madre con la del bebé. Las células del citotrofoblasto también migran hacia las arterias espirales uterinas para transformarlas en vasos de baja resistencia y alta capacidad, de modo que la sangre llegue al espacio intervelloso con una presión mucho menor que la presión arterial sistémica.

El sincitiotrofoblasto es el tejido endocrino y de intercambio central de la placenta. Se encarga del paso de gases, iones, nutrientes y productos de desecho, así como de la síntesis de numerosas hormonas esteroideas y peptídicas. Este epitelio multinucleado se renueva continuamente: las células del citotrofoblasto se dividen, ascienden y se fusionan para formar nuevo sincitio. Esta «rotación» a lo largo de todo el embarazo es necesaria para un desarrollo fetal adecuado y para prevenir trastornos como el RCIU. Cuando esta renovación falla o se altera, se favorece la aparición de patologías como la preeclampsia.

Por su parte, el citotrofoblasto, ya organizado como corion, emite prolongaciones celulares que invaden los espacios lacunares y recubren su superficie, completando la arquitectura de la placenta definitiva. A partir de aquí, el órgano continúa adaptándose y madurando, ajustando su vascularización y su función endocrina a las necesidades crecientes del feto.

Funciones de la placenta: transporte, protección y metabolismo

La placenta no es solo un «filtro» pasivo, sino un órgano altamente activo que se ocupa de nutrición, respiración, excreción, protección inmunológica y producción hormonal. Su papel es tan integral que, en la práctica, sustituye temporalmente a varios órganos fetales inmaduros (pulmones, intestino, riñones, sistema endocrino) mientras el bebé se desarrolla.

En cuanto al aporte de nutrientes, la placenta es el principal proveedor de oxígeno, agua, glucosa, aminoácidos, lípidos, vitaminas y minerales. Estos nutrientes se transfieren a través de múltiples mecanismos: difusión facilitada, transporte activo, cotransporte con iones y procesos dependientes de gradientes de concentración. La organización de las vellosidades coriales y del flujo sanguíneo materno-fetal maximiza la superficie de intercambio y su correcto aporte puede requerir el uso de suplementos nutricionales en ciertos casos maternos.

La glucosa atraviesa la placenta mediante varios transportadores de membrana de la familia GLUT. En el trofoblasto se han identificado GLUT-1, GLUT-2, GLUT-3, GLUT-4, GLUT-5 y GLUT-7, aunque el protagonista es GLUT-1, altamente expresado en las membranas del sincitiotrofoblasto. Este transportador facilita el flujo bidireccional de glucosa entre la sangre materna y la fetal, asegurando un aporte constante de energía, especialmente crítico para el desarrollo cerebral del feto.

El paso de aminoácidos es más complejo. Existen numerosos sistemas de transporte, muchos de ellos activos y dependientes de sodio y calcio, asociados a transportadores específicos y glicoproteínas. Entre ellos destacan los transportadores neutros dependientes de sodio (SNAT 1, 2 y 4). Se ha comprobado que la deficiencia de estos sistemas se asocia a RCIU y que el transporte de aminoácidos puede estar alterado en embarazos de mujeres con obesidad, observándose una menor transferencia y una posible relación con la resistencia a la leptina.

Los ácidos grasos de cadena larga, fundamentales para la formación de membranas celulares, mielina y para el desarrollo neurológico, atraviesan la placenta mediante varias proteínas maternas: la proteína ligante de ácidos grasos de membrana plasmática (FABPpm), la traslocasa de ácidos grasos (FAT), la proteína transportadora de ácidos grasos (FATP) y distintas proteínas ligantes de ácidos grasos citoplasmáticas. Esta cadena de transporte garantiza que el feto reciba los lípidos necesarios incluso cuando la dieta materna es variable.

Para los nucleósidos se han identificado dos grandes tipos de transportadores en placenta: los equilibradores y los concentradores. En la placenta humana destacan, entre los primeros, hENT1 y hENT2, que participan en el intercambio de nucleósidos esenciales para la síntesis de ADN y ARN fetales.

Los minerales también requieren sistemas especializados. El feto acumula unos 25-30 gramos de calcio durante el embarazo, con una demanda máxima en el tercer trimestre para la mineralización ósea. El calcio se mueve a través de canales específicos del sincitiotrofoblasto y del endotelio fetal. El hierro, por su parte, se transporta principalmente unido a transferrina; el complejo transferrina-diférrica se fija a receptores en las microvellosidades del sincitiotrofoblasto, desde donde se internaliza y canaliza hacia la circulación fetal.

A nivel de protección, la placenta actúa como barrera selectiva frente a muchas moléculas grandes, proteínas y numerosos microorganismos. Aunque no es infalible (hay virus y bacterias capaces de atravesarla), reduce significativamente el riesgo de infección fetal. Además, contribuye a la tolerancia inmunológica al feto, modulando la respuesta inmune materna mediante citocinas, enzimas inmunorreguladoras y la acción de hormonas como la hCG.

Función endocrina de la placenta y principales hormonas

La placenta es un auténtico órgano endocrino que dialoga con el eje hipotálamo-hipófisis-ovario y con el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal maternos. Aunque no depende directamente de ellos, sí responde y modula muchas de sus señales. Cada tipo de célula placentaria (citotrofoblasto, sincitiotrofoblasto, células del estroma velloso) tiene un repertorio hormonal propio que cambia a lo largo de la gestación.

El citotrofoblasto velloso produce principalmente factores reguladores locales, mientras que el sincitiotrofoblasto sintetiza gran parte de los péptidos clásicos del embarazo y participa en la producción de hormonas esteroideas. En las primeras semanas predominan factores como el factor de crecimiento epidérmico (EGF), importantes para la implantación y la proliferación trofoblástica; más adelante cobran protagonismo hormonas como el lactógeno placentario humano (hPL) y la hormona del crecimiento placentario, cruciales para la adaptación metabólica materna.

Además de su propia producción, la placenta influye en la secreción de hormonas sistémicas. El hipotálamo materno libera GnRH, la hipófisis secreta hCG de origen hipofisario, hPL, β-endorfina, oxitocina y hormona del crecimiento, y los ovarios elaboran progesterona, activinas e inhibinas en respuesta a las señales placentarias. La placenta también participa en vías esteroidogénicas, aunque, como veremos, necesita del aporte materno y fetal de precursores para completar la síntesis.

hCG, hPL y otras hormonas polipeptídicas clave

La gonadotropina coriónica humana (hCG) es una de las primeras hormonas detectables tras la implantación. La secreta inicialmente el blastocisto y, después, el sincitiotrofoblasto velloso. Pertenece a la familia de las glicoproteínas (junto con LH, FSH y TSH), está formada por dos subunidades (alfa común y beta específica) y existe en varias formas moleculares: hCG canónica, hCG hiperglicosilada, subunidad beta libre y hCG de origen hipofisario.

La hCG canónica, producida por las células del trofoblasto velloso, cumple múltiples funciones: mantiene el cuerpo lúteo y evita su luteólisis, estimulando la producción de progesterona en las primeras semanas; favorece la angiogénesis en la vasculatura uterina; promueve la fusión de las células del citotrofoblasto para formar sincitio; envía señales al endometrio para consolidar la implantación; modula el sistema inmune materno, reduciendo la respuesta citotóxica y estimulando la producción de IL-10 e indoleamina 2,3 dioxigenasa (IDO), lo que contribuye a la tolerancia inmunológica.

Esta hormona también interviene en la adaptación uterina y fetal: estimula el crecimiento uterino paralelo al del feto, se ha relacionado con el desarrollo de órganos fetales (riñón, pulmón, intestino, bazo, hígado) a través del receptor LH/hCG, y disminuye las contracciones miometriales al modular las uniones comunicantes y el manejo de calcio en el músculo uterino. Además, se ha vinculado a síntomas como la hiperémesis gravídica por su acción sobre receptores cerebrales.

La hCG hiperglicosilada tiene principalmente acciones autocrinas sobre el citotrofoblasto, favoreciendo su crecimiento e invasión. Este fenómeno es fisiológico en la implantación, pero también se ha observado en patologías como el coriocarcinoma. La subunidad beta libre puede ser producida por tumores no trofoblásticos y actúa como factor antiapoptótico en células neoplásicas. La hCG hipofisaria, presente a lo largo del ciclo menstrual, ejerce efectos similares a la LH.

El lactógeno placentario humano (hPL) es otra hormona clave. Codificado por un grupo de genes en el cromosoma 17, comparte alrededor del 85 % de homología con la hormona de crecimiento humana. Su principal misión es ajustar el metabolismo materno: reduce la utilización de glucosa por parte de la madre y promueve el uso de ácidos grasos como fuente energética, priorizando así la glucosa para el feto. Sus niveles aumentan a medida que crece la masa placentaria y llegan al máximo hacia el final del embarazo, razón por la que se le considera la «hormona de crecimiento» del feto.

La prolactina se produce tanto en la hipófisis como en el endometrio decidualizado. Aunque ambas formas tienen la misma secuencia de aminoácidos, su regulación y sus funciones difieren. La prolactina hipofisaria está bajo el control inhibidor del hipotálamo y actúa sobre múltiples tejidos (más de 85 funciones descritas, incluyendo efectos en endometrio, glándula mamaria, cerebro, piel, linfocitos y adipocitos). Sus niveles se elevan en el embarazo, el proestro y en situaciones de estrés.

La prolactina decidual es especialmente abundante durante la decidualización del endometrio gestante. Se detecta ya en la fase secretora del ciclo no gestante y aumenta de manera importante en el embarazo. Está muy ligada a la progesterona: si desciende la progesterona, los niveles de prolactina local también bajan en pocos días. En el contexto de la gestación participa en la diferenciación celular endometrial, regula el crecimiento trofoblástico, favorece la angiogénesis y modula la respuesta inmune, a través de vías como JAK2/STAT3 y receptores de la familia de citoquinas clase I.

La relaxina, producida en el cuerpo lúteo del embarazo, la decidua y el trofoblasto, tiene efectos locales y sistémicos. A nivel del útero, favorece la decidualización, promueve la angiogénesis y modula la infiltración de células inmunes (incrementa polimorfonucleares, uNK CD56+ y macrófagos CD68+, sin afectar tanto a linfocitos T CD3+). Participa también en el metabolismo de la glucosa y se ha visto que es agonista del receptor glucocorticoide humano.

En términos clínicos es conocida por relajar el cuello uterino y el miometrio, facilitando la dilatación cervical y contribuyendo al reposo uterino durante la gestación. Sus niveles son indetectables en los primeros días, empiezan a elevarse alrededor del día 7 postconcepción y alcanzan una meseta hacia el día 16, coincidiendo con la consolidación de la decidualización. En las 48 horas previas al parto puede haber picos marcados, para luego descender durante el trabajo de parto.

Las activinas e inhibinas forman parte de la familia del TGF-β. En el embarazo destacan la inhibina A y la activina A, siendo esta última secretada por la placenta y las membranas fetales. Sus receptores pertenecen a la familia de las serina-treonina quinasas. La activina modula la secreción de FSH y tiene importantes acciones autocrinas y paracrinas en tejidos reproductivos. Los niveles de activina se elevan en la fase lútea y su secreción, junto con la de inhibina A, cambia de forma característica en distintas patologías gestacionales.

Por eso se han propuesto como marcadores de viabilidad trofoblástica y de diversas complicaciones, incluyendo tumores trofoblásticos, hipoxia fetal y preeclampsia. Las alteraciones en su patrón de secreción pueden tener valor diagnóstico, pronóstico y de seguimiento en la práctica clínica.

La hormona del crecimiento placentario (PGH) es otro actor clave. La secreta el sincitiotrofoblasto y es detectable en la sangre materna desde aproximadamente la sexta semana de gestación. Regula el paso de nutrientes a través de la placenta y ejerce sus efectos mediante mecanismos autocrinos y paracrinos que dependen del factor de crecimiento similar a la insulina tipo 1 (IGF-1). En embarazos normales existe una correlación positiva entre los niveles de PGH y el peso al nacer; sin embargo, en mujeres diabéticas se han observado valores disminuidos, lo que se relaciona con los problemas de resistencia a la insulina que suelen aparecer especialmente en el tercer trimestre.

Hormonas esteroideas y hormonas tiroideas en el embarazo

La placenta humana, a pesar de ser un gran órgano endocrino, es incompleta desde el punto de vista esteroidogénico: no sintetiza colesterol de novo, por lo que depende de las lipoproteínas de baja densidad (LDL) maternas como fuente principal de este precursor. A partir de ahí, utiliza sus enzimas para generar progesterona y estrógenos, en cooperación con las glándulas suprarrenales maternas y fetales.

Durante el embarazo, la producción de estrógenos aumenta de forma muy marcada. Esto se debe en gran parte al incremento de la síntesis de dehidroepiandrosterona (DHEA) y su sulfato (DHEAS) en las suprarrenales, que sirven como sustratos para la aromatización placentaria. Estos estrógenos no solo promueven la síntesis proteica, sino que también preparan las mamas para la lactancia, estimulan la neovascularización uterina y regulan de forma positiva la expresión de receptores LDL y de enzimas esteroidogénicas necesarias para la producción de progesterona.

La progesterona es el prostágeno más importante del embarazo. Induce los cambios morfológicos y moleculares del endometrio necesarios para la implantación del embrión, mantiene la quiescencia del miometrio (evitando contracciones prematuras) y participa en la modulación del sistema inmune materno para favorecer la tolerancia al feto. Al principio del embarazo es el cuerpo lúteo el que la produce, pero a partir del segundo mes la placenta asume la mayor parte de esta función.

Las hormonas tiroideas también tienen un papel esencial, especialmente en el crecimiento y la maduración neurológica fetal. La glándula tiroides del feto comienza a formarse hacia la semana 5-6 de gestación, pero no produce cantidades significativas de hormona tiroidea hasta aproximadamente la semana 14-16, con una secreción más estable hacia la semana 20. Hasta entonces, el feto depende en gran medida de la T4 materna.

Se sabe hoy que la placenta permite el paso selectivo de hormonas tiroideas a través de transportadores específicos en la membrana del trofoblasto. Dentro de la placenta, las concentraciones de T4 y T3 se regulan por la acción de las deiodinasas D2 y D3, que convierten las hormonas en formas activas o inactivas según las necesidades. En la madre se observa un aumento de T4 libre en el primer trimestre, que, además de influir en la secreción de FSH, se relaciona con variaciones en los niveles de hCG.

Alteraciones placentarias y complicaciones del embarazo

Cuando alguno de los sofisticados mecanismos placentarios falla, pueden aparecer complicaciones gestacionales de alto riesgo. Algunas se relacionan sobre todo con la función endocrina y vascular (como la preeclampsia o el RCIU), mientras que otras se deben a anomalías en la implantación o adhesión (placenta previa, espectro de placenta acreta) o a desprendimientos agudos.

El retraso del crecimiento intrauterino (RCIU) se define por un crecimiento fetal por debajo de lo esperado para la edad gestacional y se asocia con mayor morbilidad y mortalidad perinatal. La talla al nacer y el peso son determinantes de la supervivencia neonatal y del riesgo a largo plazo de enfermedades cardiovasculares y metabólicas en la edad adulta. Muchos casos de RCIU se vinculan a una insuficiencia placentaria, donde el transporte de aminoácidos, glucosa y otros nutrientes está disminuido, como se ha observado en alteraciones de transportadores tipo SNAT o en embarazos con obesidad materna.

La preeclampsia es otra de las patologías gestacionales más complejas, caracterizada por hipertensión y afectación multiorgánica. Su etiología no está plenamente aclarada, pero se sabe que involucra una invasión trofoblástica defectuosa, una remodelación insuficiente de las arterias espirales y una liberación excesiva de factores antiangiogénicos desde la placenta a la circulación materna. Se han implicado, entre otras cosas, alteraciones en el sistema renina-angiotensina-aldosterona y desequilibrios en moléculas como VEGF, MMPs y citoquinas inflamatorias.

Otras hormonas no estrictamente placentarias también influyen en este contexto. La adiponectina, por ejemplo, se ha estudiado por su papel en la sensibilidad a la insulina durante el embarazo. La placenta expresa receptores para adiponectina (AdipoR1 y AdipoR2) en los trofoblastos, y se ha demostrado que, lejos de inhibir el desarrollo trofoblástico, puede contribuir a un entorno metabólico más favorable, reduciendo la resistencia a la insulina que a menudo acompaña a las alteraciones placentarias.

En el ámbito de las anomalías estructurales y de implantación, la placenta previa se produce cuando la placenta se localiza en la parte baja del útero y llega a cubrir total o parcialmente el orificio cervical interno. Durante los primeros meses de gestación es normal encontrar la placenta relativamente baja, pero conforme el útero crece, lo habitual es que se desplace hacia la parte superior. Si al llegar al tercer trimestre (cuando la placenta mide unos 20-22 cm y pesa en torno a 0,5 kg) sigue tapando parcial o totalmente el cuello, hablamos de placenta previa.

Según su relación con el orificio cervical, se distinguen varios tipos: placenta de inserción baja (en el segmento inferior, pero sin alcanzar el orificio), placenta marginal (el borde llega al orificio, pero no lo cubre), placenta previa parcial (cubre parte del orificio) y placenta previa total u oclusiva (lo cubre completamente). Algunos especialistas simplifican la clasificación en placenta previa menor (baja) y mayor (completa).

Su causa exacta es desconocida, aunque se ha relacionado con cicatrices uterinas previas, anomalías en la forma del útero y alteraciones en la propia placenta. El principal signo clínico es una hemorragia vaginal indolora de sangre roja brillante a partir de la segunda mitad de la gestación. El diagnóstico se hace por ecografía, y si se detecta antes del tercer trimestre suele dejar margen para que la placenta se «aleje» a medida que el útero crece. Cuando persiste, el manejo se basa en el reposo, evitar esfuerzos y relaciones sexuales, y planificar el tipo de parto (frecuentemente cesárea programada en torno a la semana 37, o antes si los sangrados son repetidos o intensos).

El espectro de placenta acreta incluye tres formas según la profundidad de la invasión placentaria en la pared uterina: placenta acreta (se adhiere excesivamente al miometrio), increta (invade el músculo uterino) y percreta (atraviesa toda la pared y puede llegar a órganos vecinos como vejiga o colon). En estos casos, la placenta no se desprende adecuadamente tras el nacimiento, lo que puede provocar hemorragias muy graves.

El riesgo de espectro acreta aumenta con el número de cesáreas previas, especialmente si se asocia a placenta previa. Una mujer con placenta previa y dos cesáreas anteriores puede tener hasta un 40 % de riesgo de desarrollar placenta acreta. También se incrementa con la edad materna avanzada y la multiparidad. Los síntomas externos son escasos (a veces sangrado vaginal indoloro en el segundo o tercer trimestre), por lo que la sospecha y el diagnóstico ecográfico en centros con experiencia son fundamentales.

El manejo estándar cuando se confirma un espectro de placenta acreta consiste en programar una cesárea-histerectomía combinada entre las semanas 34 y 37, siempre que no existan sangrados previos importantes ni parto prematuro inminente. Este procedimiento se realiza por equipos multidisciplinares (medicina materno-fetal, oncología ginecológica, anestesia obstétrica) dada la alta probabilidad de hemorragia masiva. Aun así, entre el 30 % y el 50 % de las pacientes acaban precisando un parto más precoz por sangrado o dinámica uterina.

Por otro lado, el desprendimiento prematuro de placenta normoinserta es una urgencia obstétrica en la que la placenta se separa parcial o totalmente de la pared uterina antes del nacimiento. Sus causas exactas no siempre se conocen, pero se ha asociado a traumatismos abdominales importantes (como accidentes de tráfico) y a patologías maternas como la preeclampsia, la diabetes, el tabaquismo o el polihidramnios (exceso de líquido amniótico). Se manifiesta con dolor abdominal intenso que puede irradiarse a la espalda, aumento del tono uterino (vientre muy duro, incluso entre contracciones) y un sangrado vaginal a menudo escaso y oscuro. Ante estos signos es imprescindible acudir de inmediato a urgencias para evaluación ecográfica y monitorización fetal.

Junto a estas complicaciones estrictamente placentarias, hay otras situaciones del parto y del final del embarazo en las que la función de la placenta y su integridad influyen en el pronóstico. Por ejemplo, la rotura prematura de membranas, la asfixia perinatal (cuando el feto o el recién nacido no recibe suficiente oxígeno), la distocia de hombros o las hemorragias posparto por atonía uterina o anomalías placentarias suelen requerir una vigilancia estrecha y, en muchos casos, intervenciones como la inducción del parto, el uso de fármacos uterotónicos (como el misoprostol) o la realización de una cesárea urgente.

En conjunto, la placenta es mucho más que un «disco» que se desecha tras el parto: es un órgano central en el metabolismo materno y fetal, en la inmunología del embarazo y en la endocrinología gestacional. Su correcta formación y función permiten que el embarazo siga un curso normal, mientras que sus alteraciones están detrás de buena parte de las complicaciones gestacionales y perinatales de mayor impacto. Comprender sus mecanismos ayuda a anticipar riesgos, diseñar estrategias de prevención y mejorar el manejo clínico de las gestaciones de alto riesgo, con el objetivo final de proteger la salud de la madre y del bebé tanto en el corto como en el largo plazo.

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