Cómo gestionar la obsesión por el multitasking y cuidar tu bienestar

  • El multitasking no es hacer varias tareas complejas a la vez, sino cambiar continuamente de foco, lo que reduce la eficiencia y aumenta los errores.
  • La multitarea sostenida sobrecarga la memoria de trabajo, incrementa el estrés crónico y deteriora la atención, la memoria y el bienestar emocional.
  • Trabajar por bloques, priorizar pocas tareas importantes, limitar distracciones y practicar la monotarea consciente mejora productividad y salud mental.
  • Descanso de calidad, movimiento, contacto con la naturaleza y, si es necesario, apoyo psicológico, son claves para salir de la rueda del multitasking.

Abrumada por multitasking

Vivimos con la sensación de que todo es urgente y nada puede esperar, lo que demuestra la necesidad de no hacer de la prisa una forma de vida: responder correos mientras comemos, revisar WhatsApp en medio de una reunión, poner una lavadora mientras atendemos una videollamada… El llamado multitasking se ha colado en casi todos los rincones de nuestra vida y, sin darnos cuenta, se ha convertido en una especie de ideal moderno de productividad. Si no hacemos mil cosas a la vez, parece que estamos perdiendo el tiempo.

Ese modelo, sin embargo, choca de frente con cómo funciona realmente nuestro cerebro. La ciencia es bastante clara: no somos ordenadores capaces de ejecutar procesos en paralelo, sino seres humanos con una atención limitada, frágil y muy valiosa. Esta obsesión por llegar a todo tiene consecuencias directas sobre nuestra memoria, nuestro estado de ánimo, nuestra salud física y, por supuesto, sobre el rendimiento. En este artículo vamos a profundizar en qué hay detrás del multitasking, por qué nos engancha, cómo daña nuestro bienestar y qué podemos hacer para salir de esa rueda y pasar a una forma de trabajar y vivir mucho más amable: la monotarea consciente.

Qué es realmente el multitasking y por qué es un mito

Cuando hablamos de multitasking en personas nos solemos referir a la capacidad aparente de realizar varias actividades de forma simultánea: contestar un mail mientras escuchas a tu jefe, cocinar con el móvil en la mano revisando redes o preparar un informe con el chat del equipo abierto y sonando sin parar.

En informática el término multitarea tiene sentido, porque un sistema operativo puede gestionar varios procesos a la vez de forma muy eficiente. Nuestro cerebro, en cambio, funciona de otra manera: lo que hacemos no es ejecutar dos tareas complejas a la vez, sino cambiar de foco continuamente, como si hiciésemos zapping mental entre una cosa y otra.

Neurocientíficos como Daniel Levitin, Edward Hallowell o Michel Desmurget explican que cada cambio de tarea tiene un coste: el sistema de control cognitivo tiene que reorientarse, reconstruir el “modelo mental” de lo que estábamos haciendo, recordar en qué punto lo dejamos y decidir qué es ahora prioritario. Ese vaivén continuo consume tiempo y energía, aunque a nosotros nos de la impresión de que avanzamos más.

Solo hay una excepción clara: podemos combinar una tarea muy automatizada con otra que requiere atención. Caminar mientras conversas o fregar los platos mientras escuchas un podcast son ejemplos en los que el esfuerzo cognitivo principal recae en una de las dos actividades, mientras la otra va casi en “piloto automático”. Pero cuando ambas tareas exigen concentración (trabajar con datos complejos mientras atiendes al teléfono, por ejemplo), el supuesto “multitasking” se vuelve un enemigo silencioso.

Por qué nos obsesiona hacer mil cosas a la vez

Una de las grandes trampas del multitasking es que nos hace sentir falsamente productivos. Ver una lista de diez tareas tachadas en la agenda parece mejor que haber completado a fondo tres, aunque esas tres fuesen las realmente importantes. Esa sensación de ir “a tope” viene acompañada de una mezcla de adrenalina y dopamina que el cerebro interpreta como recompensa.

Daniel Levitin habla incluso de un “bucle de adicción a la dopamina”: cada vez que miramos una notificación, abrimos otra pestaña o cambiamos de aplicación —un patrón que recuerda al uso de varias pantallas— obtenemos un pequeño chute de novedad y placer. El problema es que el cerebro acaba asociando ese bombardeo constante de estímulos con algo deseable, y nos cuesta horrores quedarnos quietos haciendo una sola cosa.

A eso se suma la presión social y laboral. Muchos anuncios de empleo siguen pidiendo perfiles “capaces de realizar múltiples tareas bajo presión”, y en muchas culturas profesionales se sigue premiando al que parece siempre disponible, siempre con mil frentes abiertos. Sentarnos a trabajar con calma y sin interrupciones puede llegar a parecernos casi un lujo o, peor todavía, una pérdida de tiempo.

También hay un componente emocional importante: la multitarea nos ayuda a huir del aburrimiento. Mirar el móvil mientras vemos una serie o cocinar contestando mensajes nos evita ese pequeño vacío de no estar estimulados al 100%. Sin embargo, ese intento de evitar el aburrimiento nos sale muy caro a nivel de calidad de atención, descanso mental y bienestar.

Coste cognitivo: qué le hace el multitasking a tu cerebro

Cómo gestionar la obsesión por el multitasking y mejorar tu bienestar

La atención es un recurso limitado. Investigadores como Daniel Kahneman y Earl Miller han demostrado que no podemos procesar conscientemente varias tareas exigentes al mismo tiempo sin que su rendimiento se resienta. Cuando intentamos hacerlo, lo que en realidad pasa es que distribuimos la atención entre ellas y vamos saltando de una a otra.

Cada salto conlleva un “coste de cambio” o switching cost: tardamos más en retomar la tarea, cometemos más errores y nos cuesta recordar por dónde íbamos. La American Psychological Association estima que este cambio constante puede hacernos perder hasta un 40 % del tiempo productivo cuando pasamos de una actividad a otra.

Además, se sobrecarga la llamada memoria de trabajo, esa especie de “escritorio mental” en el que mantenemos activa la información que necesitamos en cada momento. El neurocientífico Andrea Bariselli la describe como un espacio muy limitado: si lo llenamos de pestañas abiertas (tareas, preocupaciones, notificaciones), se satura rápidamente y empiezan los despistes, las decisiones impulsivas y la famosa “niebla mental”.

Estudios realizados en la Universidad de Stanford han observado que las personas que hacen uso intensivo del multitasking digital muestran cambios en las redes cerebrales implicadas en la atención, como las vías dorsal y ventral del complejo parieto-occipital. Esto se traduce en una capacidad reducida para filtrar distracciones y mantener el foco, incluso cuando ya no están tratando de hacer varias cosas a la vez.

También se ha visto que la multitarea continuada se asocia con más fallos de memoria, tiempos de reacción más lentos y una menor precisión en tareas que requieren un nivel medio-alto de concentración. Es decir, que eso de “cuantas más cosas haga a la vez, más rindo” no solo no se cumple, sino que acaba pasando justo lo contrario.

Impacto del multitasking en el bienestar emocional y físico

El precio de la multitarea no se queda en el plano cognitivo. Mantener al cerebro en un estado de vigilancia permanente dispara los niveles de cortisol y adrenalina, las hormonas del estrés. A corto plazo esto puede ayudarnos a sacar adelante un pico de trabajo, pero cuando se vuelve el estado habitual conduce a estrés crónico, por eso conviene reducir el estrés en la oficina.

Ese estrés sostenido se manifiesta en el cuerpo de muchas formas: tensión muscular, dolores de cabeza, molestias digestivas, trastornos del sueño, palpitaciones, sensación de cansancio constante, etc. El organismo funciona como si estuviera en “modo supervivencia” buena parte del día, sin tiempo real para recuperarse.

A nivel emocional, la multitarea se relaciona con mayor irritabilidad, ansiedad, desánimo y sensación de estar desbordados. Investigaciones realizadas en la Universidad de Sussex señalan que un uso intensivo del multitasking digital podría afectar a zonas cerebrales vinculadas con la inteligencia emocional, como la corteza cingulada, dificultando la gestión de las emociones y la capacidad de conectar con los demás.

También influye sobre la calidad de nuestra vida social y familiar. Estar físicamente con alguien pero mentalmente saltando entre notificaciones, correos y pensamientos genera una vivencia de desconexión: estamos siempre conectados, pero rara vez presentes. Esto puede erosionar poco a poco las relaciones y alimentar sentimientos de soledad o aislamiento, incluso rodeados de gente.

La importancia del descanso y de la “red neuronal por defecto”

En un entorno que glorifica la productividad extrema, parar parece casi un acto de rebeldía. Sin embargo, el cerebro necesita periodos de reposo y de baja estimulación tanto como el cuerpo necesita dormir. No hablamos solo de cerrar los ojos, sino de momentos reales sin pantallas, sin tareas y sin exigencia.

Cuando dejamos de bombardear al cerebro con estímulos externos se activa la red neuronal por defecto, implicada en integrar experiencias, consolidar recuerdos, procesar emociones y dar sentido a lo vivido. Es en esos ratos de aparente “no hacer nada” cuando muchas cosas se recolocan internamente.

Si nos negamos sistemáticamente esos espacios de pausa, las emociones se quedan a medio procesar, los aprendizajes no se consolidan bien y el cansancio mental se acumula. Silencio, tranquilidad e incluso un poco de aburrimiento actúan como auténticas vitaminas para el sistema nervioso, aunque culturalmente los veamos como tiempo “perdido”.

En esta línea, múltiples estudios muestran que pasar tiempo en entornos naturales (un parque, el campo, la playa, un bosque) reduce la rumiación mental, rebaja el estrés y mejora la atención y la memoria de trabajo. Los patrones repetidos de la naturaleza (los llamados fractales: hojas, olas, nubes) se procesan sin esfuerzo y generan un efecto calmante inmediato.

Persona practicando la monotarea y cuidando su salud mental

Ventajas e inconvenientes del multitasking: ¿tiene algo bueno?

Aunque la evidencia apunta a que la multitarea sostenida es dañina, es justo reconocer que hay algunas situaciones en las que puede aportar cierta utilidad, siempre que se maneje con cabeza y no se convierta en el modo de funcionamiento por defecto.

En ciertos trabajos, la percepción de ser una persona “multitarea” puede abrir puertas: asumir más responsabilidades, gestionar varios proyectos, coordinar equipos… Esta capacidad de moverse entre distintos frentes puede ayudar a organizar mejor la jornada y a entender de forma global qué está pasando en un proyecto complejo.

Sin embargo, la cara B pesa mucho más. Trabajar con multitarea constante suele disminuir la eficiencia real, incrementa los errores, entorpece la memoria, alimenta el estrés y nos deja una sensación de agotamiento que no se corresponde con los resultados obtenidos. La mayoría de expertos coincide en que quizá podamos combinar tareas muy automáticas con otras más exigentes, pero que usar la multitarea como estrategia general es ir contra nuestra biología.

Por eso muchos neurocientíficos y psicólogos plantean un cambio de paradigma: dejar de venerar al “perfil multitasking” y empezar a valorar más a las personas capaces de profundizar en una tarea, mantener el foco y respetar sus propios límites. No somos pulpos con ocho brazos y varios cerebros; seguir actuando como si lo fuésemos solo nos lleva al desgaste.

Claves prácticas para pasar del multitasking a la monotarea

Romper con la obsesión por el multitasking no se hace de un día para otro. Implica cambiar hábitos muy arraigados y, en muchos casos, cuestionar la forma en la que trabajamos y nos relacionamos con la tecnología. Estas estrategias pueden ayudarte a empezar el cambio de manera realista.

1. Ordena tu espacio y tu agenda

Un entorno revuelto invita a una mente dispersa. Cuidar que tu lugar de trabajo sea cómodo, ordenado y funcional reduce interrupciones innecesarias: levantarte mil veces, buscar documentos, pelearte con la iluminación o la silla. Cada microcorte es una excusa más para perder el hilo.

Además, conviene que tengas un sistema sencillo para anotar y organizar tus tareas. Puede ser una agenda de papel, una app o un simple documento, pero debería incluir lo que tienes que hacer cada día, en qué franja horaria y cuánto tiempo estimas que te llevará. Incluir también los descansos y no solo el trabajo ayuda a respetarlos.

2. Prioriza sin piedad y limita tus objetivos diarios

No todo tiene la misma importancia ni la misma urgencia, por mucho que el entorno parezca gritar lo contrario. Tomarte unos minutos al inicio del día para elegir tus 2-3 grandes prioridades marca una diferencia enorme. Pregúntate: si hoy solo me diese tiempo a hacer tres cosas, ¿cuáles tendrían más impacto real?

También es útil huir de las listas infinitas en las que apuntas 15 o 20 cosas. Es preferible distribuir las tareas a lo largo de la semana y que tu lista diaria tenga un máximo razonable (6 o 7 elementos, por ejemplo). De ese modo aumentas la probabilidad de terminar lo que empiezas y refuerzas un sentimiento de eficacia real, no solo de actividad frenética.

3. Trabaja por bloques de tiempo y acota la multitarea

Herramientas como la técnica de los bloques de 20-30 minutos de concentración (similares al Pomodoro) o el timeboxing (asignar a cada tarea una franja de tiempo concreta) son grandes aliadas de la monotarea. Durante ese bloque eliges una sola tarea y blindas ese rato frente a interrupciones.

Algunos pasos básicos para que funcione:

  • Asigna un tiempo límite a cada actividad (por ejemplo, 25 minutos).
  • Decide de antemano si ese límite es rígido (paras sí o sí) o flexible (puedes alargar un poco).
  • Silencia notificaciones y cierra pestañas que no necesites para esa tarea.
  • Cuando termine el bloque, haz un pequeño descanso o pasa a otra tarea de forma consciente.

Si te cuesta mucho mantenerte centrado, empieza por bloques muy cortos (5-10 minutos) y ve alargándolos poco a poco. Entrenar la atención es como entrenar un músculo: necesita repetición y paciencia.

4. Identifica tus “ladrones de tiempo” y ponles límites

Buena parte del multitasking cotidiano viene de interrupciones que hemos normalizado: el móvil vibrando, el correo abierto todo el día, grupos de chat del trabajo, redes sociales, noticias, etc. No se trata de demonizarlos, sino de hacerlos conscientes.

Observa durante unos días cuándo y cómo cambias de tarea sin darte cuenta. Anota qué te ha distraído y con qué frecuencia pasa. A partir de ahí puedes tomar decisiones concretas: revisar el correo solo en momentos específicos, usar el modo “no molestar” en determinadas franjas, desactivar notificaciones innecesarias o dejar el móvil en otra habitación mientras trabajas.

5. Aprende a decir no, delegar y pedir ayuda

Muchas personas caen en el multitasking porque sienten que están obligadas a asumir más tareas de las que humanamente pueden abarcar. Delegar o negociar plazos no es un signo de debilidad, sino una forma de proteger tu salud y garantizar que lo que haces lo haces bien.

A nivel laboral, conviene revisar con honestidad qué actividades podrías encomendar a otra persona y qué expectativas quizá son poco realistas. A nivel personal, hablar con tu entorno sobre tus límites, pedir colaboración en casa o repartir mejor las responsabilidades también forma parte de gestionar la carga mental, no solo la agenda.

6. Practica la atención plena en las pequeñas cosas

Incorporar el mindfulness o atención plena a tu día a día no significa necesariamente sentarte a meditar una hora (que también puede ayudar), sino elegir momentos concretos para hacer una sola cosa con plena presencia. Puede ser desayunar sin móvil, ducharte sin música ni podcasts, caminar observando el entorno o jugar con tus hijos sin pensar en otra cosa.

Estos ratos de monotarea consciente van recableando poco a poco el cerebro para que tolere mejor el silencio y la ausencia de estímulos múltiples. Respiraciones profundas, pequeñas pausas de silencio o mini-meditaciones de 2-3 minutos también son recursos sencillos para bajar revoluciones durante la jornada.

7. Cuida sueño, movimiento y conexión con la naturaleza

Ninguna estrategia de productividad funciona si vas con el cerebro a medio gas por falta de descanso. Dormir lo suficiente y con cierta regularidad ayuda a consolidar la memoria, regular las emociones y mejorar la atención. Reducir las pantallas antes de dormir y construir una rutina de noche algo más tranquila es clave para que el sueño cumpla su función.

El movimiento también es fundamental. Nuestro cuerpo está diseñado para moverse, no para pasar horas sentado delante de una pantalla. Pausas activas, estiramientos, paseos cortos entre bloques de trabajo… cualquier cosa que saque al cuerpo del modo estatua ayuda a oxigenar el cerebro y a reducir la carga mental.

Y siempre que puedas, reserva tiempo para estar en contacto con entornos naturales. Un rato de paseo entre árboles, mar o montaña actúa como un regulador natural del sistema nervioso, reduce la rumiación y mejora la sensación de claridad mental. No hace falta una gran excursión: incluso escapadas breves marcan la diferencia.

8. Cuando el estrés desborda, pide apoyo profesional

Si sientes que, a pesar de tus esfuerzos, sigues atrapado en una dinámica de multitarea constante, con niveles de estrés o ansiedad que te superan, puede ser muy útil recurrir a la ayuda de un profesional de la psicología.

La terapia ofrece herramientas concretas para gestionar el tiempo, trabajar la impulsividad, cuestionar creencias de autoexigencia y aprender a relacionarte de otro modo con la productividad y el descanso. No se trata solo de organizar mejor la agenda, sino de revisar el modelo de vida que estás sosteniendo y ver qué ajustes necesitas hacer para que sea más compatible con tu bienestar.

De fondo, todo esto va más allá de apagar notificaciones o usar una agenda bonita. La obsesión por el multitasking habla de una cultura que nos empuja a rendir por encima de nuestras posibilidades, a confundir cantidad con calidad y presencia con disponibilidad permanente. Elegir otra forma de funcionar —más centrada, humana y respetuosa con nuestro ritmo interno— es una decisión que se toma cada día con pequeñas acciones: priorizar, enfocarse, descansar, delegar, moverse, conectar con la naturaleza y, sobre todo, recordarnos que no necesitamos hacer de todo a la vez para tener una vida plena.

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