
En los últimos años, la palabra microplásticos se ha colado en todas las conversaciones sobre salud y medioambiente. Redes sociales, titulares alarmistas y vídeos virales han disparado la preocupación… y también han dado alas a todo tipo de teorías sobre cómo “limpiar” el cuerpo de estos diminutos fragmentos de plástico.
Una de las ideas que más vueltas está dando es que comer yogur (y otros alimentos con probióticos) podría ayudar a eliminar microplásticos del organismo. A la vez, aparece una aparente contradicción: la mayoría de esos yogures vienen en envases de plástico que, precisamente, pueden liberar micro y nanoplásticos. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Qué hay de cierto y qué se ha exagerado por el camino?
De dónde sale la idea de que el yogur “limpia” microplásticos
La hipótesis de que los probióticos del yogur podrían reducir el impacto de los plásticos en el organismo no nace de la nada. Tiene su origen en investigaciones reales publicadas en revistas científicas como Food and Chemical Toxicology, donde se ha estudiado cómo ciertos compuestos plásticos, en particular los ftalatos, influyen en la salud.
Los ftalatos son aditivos que se utilizan para hacer los plásticos más flexibles y que se consideran disruptores endocrinos. Esto significa que pueden interferir en el sistema hormonal y, entre otras cosas, afectar al estado de ánimo. De hecho, algunos trabajos han explorado una posible relación entre la exposición a estos compuestos y problemas como la depresión.
En estos estudios se ha visto que la exposición a ftalatos puede dañar la barrera intestinal, alterar el equilibrio de la microbiota (la comunidad de microorganismos que vive en el intestino) y favorecer lo que se conoce como disbiosis, es decir, un desequilibrio de esa flora intestinal que se asocia a múltiples problemas de salud.
Justo aquí entran en juego los alimentos fermentados y los probióticos. En experimentos in vitro, se ha comprobado que ciertas bacterias ácido lácticas presentes en el yogur pueden unirse a compuestos como los ftalatos en soluciones acuosas y ejercer un efecto desintoxicante limitado. Ojo: limitado quiere decir que pueden influir, no que logren “barrer” todos los microplásticos del cuerpo.
Lo que dicen las redes sociales… y lo que dice la ciencia
En redes sociales, la historia se ha simplificado hasta el extremo: se ha llegado a presentar a los lactobacillus del yogur como una especie de servicio de limpieza que entra en el intestino, captura los microplásticos y los expulsa sin más. Es una idea muy atractiva, fácil de entender y que genera miles de compartidos, pero que se aleja bastante de la realidad científica.
Profesionales como el doctor Miguel Ignacio López Ramiro, médico de familia y farmacéutico, han salido a matizar este mensaje. Según explica, con la evidencia disponible “no se puede afirmar que el yogur expulse plásticos del cuerpo”. Sí se ha observado una asociación entre consumir yogur o probióticos y tener niveles algo menores de metabolitos de ftalatos, lo que apunta a un posible efecto indirecto relacionado con la microbiota, pero eso está muy lejos de demostrar un mecanismo claro y directo de eliminación.
En otras palabras, la ciencia habla de relaciones y efectos indirectos, no de causalidades demostradas. Se ha visto que quienes toman más probióticos pueden manejar mejor ciertos tóxicos ambientales, pero de ahí a decir que “te tomas un yogur y echas fuera los microplásticos” va un buen trecho.
Lo que sí está bastante mejor apoyado por la investigación es que los probióticos ayudan a reducir la inflamación que los microplásticos pueden generar en el intestino y, de manera más amplia, en el organismo. Eso no significa que desaparezcan los plásticos, pero sí que el cuerpo soporta mejor su presencia y sus efectos nocivos.
Otro punto importante que matizan los expertos es que, por ahora, no hay pruebas sólidas de que los microorganismos del yogur se adhieran directamente a las partículas de microplástico en el intestino humano y las saquen como si fueran una escoba. La interacción se ha observado en modelos de laboratorio y en ciertas condiciones muy controladas, que no son exactamente las de nuestro sistema digestivo real.
Qué hace realmente la microbiota frente a los microplásticos
La microbiota intestinal se ha convertido en uno de los grandes temas de moda, y con razón. Estos microorganismos colaboran en la digestión, protegen la barrera intestinal y modulan el sistema inmunitario. Cuando esta comunidad está equilibrada, el intestino resiste mejor agresiones como tóxicos ambientales, infecciones o inflamación crónica.
Los probióticos del yogur, del kéfir, del kimchi, de la kombucha y de otros fermentados ayudan a mantener ese equilibrio microbiano. Favorecen una barrera intestinal más robusta, compensan desequilibrios generados por antibióticos, estrés o una dieta muy pobre en fibra y contribuyen a que el sistema defensivo intestinal responda de forma más ajustada.
A partir de ahí, es lógico que un intestino con buena microbiota pueda gestionar mejor la presencia de micro y nanoplásticos. Si la barrera digestiva funciona de manera óptima, se reduce la posibilidad de que estas partículas atraviesen la mucosa y alcancen otros tejidos. Además, una respuesta inflamatoria menos agresiva hace que el daño asociado a estos contaminantes sea menor.
Sin embargo, los propios especialistas insisten en que no se ha demostrado que estas bacterias “atrapen” partículas plásticas en el intestino humano y las dirijan hacia la excreción de forma controlada. El efecto protector es global e indirecto: mejora la salud intestinal y con ello se amortigua la toxicidad y la inflamación que traen consigo los plásticos.
Por tanto, más que hablar de un efecto “detox” del yogur, conviene entender que es una pieza más para mantener una microbiota sana. Esa microbiota, a su vez, contribuye a que el organismo se las apañe mejor con los microplásticos y con muchas otras sustancias ajenas que respiramos, comemos o bebemos sin darnos cuenta.
Probióticos, inflamación y estudios sobre poliestireno
El interés por este tema se ha disparado a raíz de estudios recientes realizados por equipos de investigación, por ejemplo, en Irán, que han analizado cómo los probióticos podrían amortiguar los efectos de determinados plásticos sobre la flora intestinal. En uno de estos trabajos se estudiaron partículas de poliestireno, un plástico muy presente en envases de bebidas, bandejas de comida rápida y recipientes desechables.
Los resultados de estos trabajos apuntan a que los microorganismos probióticos pueden interactuar con las partículas de poliestireno y modificar sus efectos tóxicos en distintos tejidos. Dicho de manera sencilla: cuando hay una microbiota más robusta y diversa, los daños que ocasionan esas partículas parecen menos intensos en ciertos modelos experimentales.
En paralelo, investigaciones del CSIC y de otros centros europeos han constatado que la ingesta de microplásticos puede alterar de forma notable la microbiota. Se han encontrado cambios en la composición de la flora intestinal y en los patrones de inflamación, que a su vez se han relacionado con un mayor riesgo de patologías como la enfermedad de Crohn o la colitis ulcerosa.
Algunos nutricionistas, como Alejandro Pérez, han popularizado en redes estos hallazgos, explicando que ciertas cepas de Lactobacillus (sobre todo L. plantarum y L. acidophilus) parecen mostrar una gran capacidad para unirse a partículas de plástico en modelos experimentales, facilitando su eliminación. Según señala, estos probióticos podrían elevar la excreción de microplásticos alrededor de un 34%.
Este tipo de datos hay que tomarlos con prudencia: proceden de contextos muy controlados y no equivalen a lo que pasa exactamente en el día a día de una persona sana. Aun así, sí respaldan la idea de que cuidar la microbiota e incluir alimentos fermentados de forma regular puede ser una estrategia interesante para reducir, al menos parcialmente, el impacto de estos contaminantes.
La paradoja del yogur en envase de plástico
Mientras se habla del yogur como aliado frente a los microplásticos, surge una pregunta muy lógica: si casi todos los yogures vienen en envases de plástico, ¿no estaremos añadiendo más microplásticos al cuerpo al mismo tiempo que intentamos reducirlos?
Los envases plásticos pueden liberar micro y nanoplásticos, así como compuestos como ftalatos o bisfenoles, que pasan a los alimentos en determinadas condiciones. Aun así, los especialistas explican que, hoy por hoy, la relevancia clínica de esta contaminación en el yogur no está clara. Se trata de un campo de investigación en marcha en el que faltan datos definitivos sobre dosis reales y efectos a largo plazo.
El doctor López Ramiro, por ejemplo, subraya que no hay evidencia que justifique dejar de tomar yogur por miedo a los microplásticos del envase. Sus beneficios nutricionales —aporte de proteínas de calidad, calcio, vitaminas— y su influencia positiva sobre la microbiota están muy bien documentados.
La clave está en hacer un balance razonable entre riesgos y beneficios. El yogur te aporta ventajas concretas a nivel digestivo, óseo y metabólico. La exposición adicional a microplásticos procedente del envase, en el contexto de todo lo que ya respiramos y consumimos, no parece suficiente para desaconsejar su consumo.
Por eso, investigadores como el catedrático Nicolás Olea insisten en evitar el pánico. Más que demonizar un alimento concreto, la estrategia pasa por reducir, en lo posible, la cantidad total de plásticos prescindibles con los que convivimos cada día: envases de un solo uso, botellas, film de plástico, bolsas, utensilios, etc.
Microplásticos por todas partes: cuánto ingerimos realmente
Cada vez hay más trabajos que evidencian que los microplásticos están presentes en la práctica totalidad de nuestra dieta. Son fragmentos diminutos, muchas veces más pequeños que un grano de arena, que proceden de la degradación de objetos plásticos más grandes o de microesferas creadas para usos industriales.
Se distingue a menudo entre microplásticos y nanoplásticos, siendo estos últimos aún más pequeños, incluso de tamaño inferior al de algunos virus. Su presencia se ha detectado en el agua del mar, en ríos, en el aire, en suelos agrícolas y, por supuesto, en animales y humanos. Hoy sabemos que llegan a la mesa a través del pescado, marisco, agua embotellada, sal, arroz o alimentos procesados, entre muchos otros.
Un informe de WWF de 2019 calculaba que podríamos estar ingiriendo en torno a cinco gramos de plástico a la semana, algo así como el peso de una tarjeta de crédito. Desde entonces, la producción de plástico no ha parado de crecer, con previsiones que hablan de unos 600 millones de toneladas anuales a partir de 2030, de modo que la exposición real podría incluso haberse incrementado.
Más estudios, como uno publicado en Environmental Science and Technology, estiman que una persona media puede consumir entre 39.000 y 52.000 partículas de plástico al año, sin contar las que se inhalan con el aire. Son cifras aproximadas, pero suficientes para hacernos una idea de la magnitud del problema.
Además, las proyecciones indican que en torno a 2050 todas las especies de aves marinas consumirán plástico de forma regular, y que apenas un 9% de todos los residuos plásticos generados se ha reciclado hasta ahora. El resto se ha acumulado en vertederos, mares, ríos y ecosistemas de todo tipo, fragmentándose en millones de pequeñas partículas que circulan de un lado a otro.
Tipos de plásticos más habituales en la dieta
Cuando se analizan los alimentos y el agua en busca de microplásticos, los polímeros que más aparecen son algunos muy comunes en envases y objetos cotidianos. Entre ellos destacan:
- Tereftalato de polietileno (PET), el plástico típico de las botellas de agua y refrescos.
- Polietileno (PE), usado en bolsas, film transparente y muchos envases alimentarios.
- Poliestireno (PS), muy presente en vasos de espuma, bandejas de comida rápida y parte del menaje desechable.
Además, se encuentran con frecuencia ftalatos y bisfenoles, dos grandes familias de compuestos añadidos a los plásticos para modificar su dureza o flexibilidad. No se incorporan deliberadamente a los alimentos, pero pueden migrar desde el envase o desde materiales en contacto con la comida durante la producción y el envasado.
Lo preocupante de estas sustancias es que muchas son activas hormonalmente en humanos, por lo que se clasifican como disruptores endocrinos. Se sospecha que pueden influir en el desarrollo embrionario, en la fertilidad, en el metabolismo y en diversos sistemas del organismo, aunque los efectos detallados de la exposición crónica a dosis bajas todavía se están estudiando.
Microplásticos dentro del cuerpo: dónde se han encontrado
Los estudios más recientes van mucho más allá de la simple detección en alimentos. Se han hallado partículas de plástico en prácticamente todos los rincones del cuerpo que se han analizado con detalle: sangre, tejido pulmonar, leche materna, placenta, e incluso en determinadas estructuras cerebrales en algunos modelos.
Trabajos realizados en Países Bajos y otros países han encontrado decenas de tipos de microplásticos diferentes en sangre y en pulmones de pacientes hospitalizados. Esto indica que, una vez ingeridas o inhaladas, estas partículas pueden atravesar algunas barreras biológicas y distribuirse a otros órganos, aunque todavía no se conocen bien todas las consecuencias a largo plazo.
Aun así, el organismo cuenta con mecanismos muy potentes para eliminar sustancias extrañas: el hígado, los riñones y el propio intestino trabajan sin descanso para filtrar y expulsar una enorme variedad de compuestos. Pensar que un solo alimento o suplemento puede sustituir o superar esos sistemas es, sencillamente, irreal.
Desde esta perspectiva, presentar al yogur como una especie de “cura detox” milagrosa no solo es científicamente incorrecto, sino que además trivializa un fenómeno muy complejo que implica contaminación ambiental, legislación, hábitos de consumo y salud pública.
Qué revela el análisis masivo de alimentos sobre sustancias plásticas
La web especializada PlasticList ha hecho un trabajo especialmente ilustrativo al realizar un análisis exhaustivo de cientos de alimentos del día a día en busca de sustancias químicas asociadas a los plásticos. En su estudio, recogieron 775 muestras de 312 productos distintos durante unos seis meses, centrándose en alimentos muy habituales en una región de Estados Unidos.
El análisis se centró principalmente en ftalatos y bisfenoles, dos conjuntos de compuestos que, como ya hemos visto, se añaden para mejorar las propiedades del plástico y pueden migrar a los alimentos. Estos químicos se han relacionado con posibles efectos hormonales y de desarrollo en humanos.
Los resultados fueron demoledores: se detectaron sustancias plásticas en el 86% de los alimentos estudiados. En todas las muestras de comida infantil, suplementos prenatales, leche materna, yogur y helados apareció al menos uno de los 18 compuestos analizados. También se encontraron en productos de grandes marcas y en otros considerados de alta calidad.
Incluso en alimentos que muchos considerarían “muy saludables” —leche cruda y carne de granja, productos ecológicos, opciones premium de supermercados saludables— la mayoría contenía trazas de estos químicos. Solo una marca de huevos ecológicos se salvó de la lista en ese análisis concreto.
Todo esto deja claro que resulta prácticamente imposible seguir una dieta totalmente libre de micro y nanoplásticos. Por mucho cuidado que tengamos, la contaminación por este tipo de partículas es tan extendida que siempre habrá algún grado de exposición.
¿Podemos reducir la exposición con la dieta y el estilo de vida?
Aunque lograr una alimentación sin rastro de microplásticos es utópico, sí podemos tomar decisiones que reduzcan bastante la cantidad de plástico que entra en nuestro cuerpo. No se trata de obsesionarse, sino de ir modificando hábitos con mayor impacto.
Uno de los puntos clave es el agua. Beber agua del grifo, mejor si se filtra con sistemas fiables, suele implicar menos microplásticos que el agua embotellada en botellas de un solo uso. Estudios recientes han encontrado cientos de miles de partículas de nano y microplástico por litro en agua envasada, mientras que el agua corriente suele mostrar niveles notablemente inferiores.
Otra recomendación importante es sustituir recipientes de plástico por vidrio, acero inoxidable o cerámica siempre que sea posible. Estos materiales son más estables y no liberan las mismas partículas ni aditivos. También conviene evitar calentar alimentos en envases de plástico, ya que el calor favorece la migración de compuestos hacia la comida.
En la cocina, se aconseja usar utensilios de madera, bambú o acero inoxidable en lugar de espátulas y cucharones de plástico. Del mismo modo, mejor decantarse por ollas y sartenes de hierro fundido o acero inoxidable, porque ciertos recubrimientos antiadherentes dañados pueden liberar partículas adicionales.
Otro frente es la compra de alimentos: optar por productos frescos y a granel suele implicar menos contacto con plásticos que las opciones muy procesadas o envasadas en múltiples capas de embalaje. Las bandejas de poliestireno, el film plástico y los envases de comida rápida son fuentes frecuentes de microplásticos y de sustancias químicas asociadas.
Trucos concretos para “comer” menos plástico
Más allá de las grandes ideas, hay algunos gestos sencillos respaldados por estudios concretos que ayudan a reducir la carga de microplásticos que ingerimos sin necesidad de cambiarlo todo de la noche a la mañana.
- Enjuagar bien el arroz antes de cocinarlo. Investigaciones de la Universidad de Queensland (Australia) han observado que lavar el arroz de forma minuciosa puede disminuir su contenido de microplásticos entre un 20% y un 40%.
- Minimizar el consumo de comida rápida y ultraprocesados. Suelen implicar más etapas de manipulación industrial y contacto prolongado con plásticos.
- Reducir el uso de moldes y utensilios de silicona, especialmente si se someten a altas temperaturas, ya que pueden degradarse con el tiempo.
- Evitar tablas de cortar de plástico y elegir alternativas de madera, vidrio o acero inoxidable.
- Usar tazas reutilizables en lugar de vasos desechables con recubrimiento plástico interno.
En cuanto a la ropa y otros hábitos, también suma priorizar tejidos naturales como el algodón frente al poliéster, ya que este último libera microfibras plásticas con cada lavado que acaban en ríos y mares. Y, por supuesto, intentar decir adiós a las botellas de plástico de un solo uso, sustituyéndolas por botellas de vidrio o acero recargables.
Si unimos estos ajustes de estilo de vida a una dieta rica en alimentos frescos, vegetales, legumbres, frutos secos y fermentados, estaremos atacando el problema desde dos frentes: por un lado, entra menos plástico; por otro, la microbiota y los sistemas de detoxificación del organismo funcionan mejor.
Y entonces, ¿qué papel real tiene el yogur en todo esto?
Con todo lo anterior sobre la mesa, la función del yogur y de otros probióticos se entiende mejor. No son un filtro mágico que atrapa y elimina todos los microplásticos, pero sí forman parte de una estrategia razonable para que el cuerpo se defienda mejor.
Por un lado, mejoran la salud de la microbiota y de la barrera intestinal, que son la primera línea de contacto con muchos contaminantes. Por otro, pueden modular la inflamación desencadenada por estas partículas y por los aditivos plásticos, haciendo que los tejidos sufran menos.
Las investigaciones más optimistas apuntan a que ciertas cepas de Lactobacillus pueden favorecer una mayor excreción de determinados microplásticos, con incrementos que algunos estudios sitúan alrededor de un 30 y pico por ciento en condiciones experimentales. Esto es interesante, pero no debe interpretarse como que “el yogur elimina un tercio de todos los plásticos de tu cuerpo”, porque los modelos no son directamente extrapolables a cada persona en su día a día.
Lo sensato es ver el yogur, el kéfir, el kimchi, el chucrut y otros fermentados como aliados dentro de un conjunto de medidas: ayudan a que la microbiota esté en forma, a que la barrera intestinal sea menos permeable y a que las respuestas inflamatorias estén mejor reguladas. Todo ello contribuye a que los microplásticos y sus compuestos asociados causen menos daño.
Al mismo tiempo, resulta fundamental reducir la cantidad de plásticos que incorporamos a nuestra rutina y mejorar en lo posible nuestro entorno: filtrar el agua si es necesario, usar recipientes más seguros, evitar el sobreenvasado y escoger opciones más sostenibles siempre que se pueda.
Al combinar una mejor microbiota (con ayuda de los probióticos del yogur y de otros fermentados) con menos fuentes innecesarias de plástico, se construye una especie de “escudo” razonable frente a un problema que hoy es imposible evitar por completo, pero sí se puede hacer más llevadero para nuestra salud.

