
La capital colombiana se ha vuelto a vestir de gala para recibir una nueva entrega del Bogotá Fashion Week, un acontecimiento que ya es un pilar fundamental para el sector creativo de la región. Este encuentro no es solo un despliegue de ropa bonita, sino que se ha consolidado como uno de los epicentros creativos más potentes de Latinoamérica, donde el diseño local busca expandir sus horizontes y pisar fuerte en el mercado global.
Bajo la organización de la Cámara de Comercio de Bogotá, el evento celebra su noveno aniversario transformando el recinto Ágora en un hervidero de inspiración. Aquí, la moda se entiende como un lenguaje que mezcla la tradición artesanal con la innovación tecnológica, permitiendo que tanto los nombres ya consagrados como los talentos que están empezando tengan un altavoz internacional para mostrar su visión del mundo.
El regreso triunfal y los debuts más esperados
Uno de los momentos que más ruido ha generado es, sin duda, el retorno de Kika Vargas tras una década de ausencia en las pasarelas nacionales. Su colección Resort 2027 ha dejado boquiabiertos a muchos, rescatando un estilo romántico y arquitectónico con sus emblemáticos estampados florales, volantes y faldas globo que definen a una mujer sofisticada y actual.
Pero el evento no solo ha sido el escenario de regresos, sino también de primeras veces. Diseñadores como Camilo Álvarez han debutado con propuestas que rompen el molde, como su colección «Miércoles 10 A.M.», que utiliza la comedia de los infomerciales para hablar de economía circular y sostenibilidad, implementando el «modulástico» para adaptar las prendas al cuerpo del usuario.
También hemos visto el estreno de Felipe Cartagena en la moda masculina y el despliegue de marcas como Teresa Esencia entre Hilos y True, que aportan una frescura necesaria al ecosistema. Estas propuestas demuestran que la industria en Colombia está en un momento dinámico y sólido, capaz de dialogar con cualquier capital de la moda del mundo sin complejos.
Sostenibilidad, remanufactura y lujo consciente
Si hay algo que ha marcado la pauta en esta edición es la conciencia material. El hito más comentado ha sido la alianza entre GEF y Alejandro Crocker con la colección «Transparencia». Se trata de un ejercicio de remanufactura masiva donde se han creado 1.500 piezas utilizando únicamente aguja e hilo sobre prendas archivadas, convirtiendo el denim en un símbolo de segundas oportunidades.
Por otro lado, la marca La Petite Mort ha llevado la sastrería a otro nivel con su colección «Techo», inspirada en la arquitectura campesina colombiana. Han logrado trasladar la textura del bahareque y la tapia a blazers y abrigos, creando una narrativa visual sobre la memoria y los saberes ancestrales que es sencillamente fascinante.
En esta misma línea de lujo consciente, marcas como Old Maquiina han apostado por la teatralidad y el misterio, utilizando rostros cubiertos y siluetas escultóricas para plantear preguntas existenciales a través de la ropa. Es una moda que no busca solo vestir, sino generar una respuesta emocional en quien la observa.
El valor de lo artesanal y la economía popular
El evento ha sabido integrar la riqueza de las regiones, especialmente de Cundinamarca, con la participación de decenas de artesanos que han fusionado técnicas ancestrales con el diseño contemporáneo. En pasarelas como la del Colectivo Artesanal, marcas como ZUT, Curuba y Tejidos Rebancá han mostrado la maestría del telar manual y el fieltro húmedo.
Un punto muy loable es el impulso a la economía popular a través del proyecto , que vincula a fabricantes de zonas como San Victorino y El Restrepo con el circuito de lujo. Marcas como Alanna o Mónica Fonnegra han demostrado que la capacidad productiva de la ciudad puede elevarse a niveles de alta costura, abriendo puertas en mercados tan exigentes como Dubái o París.
- Lyczzo: Una propuesta íntima que explora la vulnerabilidad y la aceptación a través de texturas que imitan la piel.
- Pitbullying: Streetwear premium que mezcla cuero y denim con una estética universitaria muy marcada.
- Francesca Miranda: Un cierre magistral celebrando 25 años de carrera con la colección «Halo», donde la seda y las lentejuelas crean un ambiente onírico.
No podemos olvidar la influencia de Melissa Valdés con sus cortes asimétricos en «Umbral» o la pureza minimalista de Laura Aparicio, que apuesta por una edición precisa del gesto y formas depuradas. Todas estas visiones juntas convierten a Bogotá en un laboratorio de estilo donde el riesgo y la elegancia conviven en armonía.
Cifras récord e impacto en la ciudad
Más allá de los aplausos, el éxito de esta novena edición se traduce en números impactantes. Con más de 31.500 asistentes y una tienda multimarca que generó ventas millonarias, el evento ha probado que hay un hambre real por el diseño local. Además, se han concretado más de 1.100 citas de negocio con compradores de 25 países, proyectando unos 4,5 millones de dólares en contratos.
La experiencia ha trascendido el edificio Ágora, desbordándose hacia barrios como San Felipe, Chapinero y La Candelaria. Durante estos días, la capital se ha transformado en un destino turístico basado en la creatividad, donde los cafés de especialidad y las galerías de arte se mezclan con la fiebre de la moda contemporánea.
La combinación de 28 desfiles, 24 conversatorios académicos y un despliegue de más de 145 marcas confirma que el diseño colombiano ya no es una escena emergente, sino una industria madura y competitiva. El evento ha servido para debatir sobre el futuro digital de la moda, la sostenibilidad real y el crecimiento de marca en un contexto globalizado.
Este encuentro ha servido para reafirmar que la identidad latinoamericana es el activo más valioso de la región, logrando que el lujo se defina ahora por el oficio hecho a mano y la autenticidad de las historias contadas a través de los textiles, consolidando a la capital como un referente indiscutible de estilo y vanguardia empresarial.




