
En los últimos años, el bienestar animal se ha colado de lleno en la agenda pública en España. No solo a través de nuevas leyes, sino también mediante ferias, campañas de concienciación y proyectos impulsados por administraciones, entidades científicas y hasta marcas privadas. El resultado es un escenario en el que ya no basta con querer a los animales: se exige también responsabilidad, formación e implicación cotidiana.
Desde Valladolid hasta el conjunto del territorio español, se están articulando iniciativas que van desde grandes eventos especializados hasta normas muy concretas sobre cómo convivir con nuestras mascotas en casa o en comunidad de vecinos. Todo ello configura un cambio de mentalidad que, poco a poco, va dejando atrás la idea de que los animales son meros acompañantes para situarlos como seres que merecen protección jurídica, cuidados adecuados y una convivencia respetuosa.
Valladolid refuerza su apuesta por la convivencia responsable con Fimascota
La feria Fimascota, organizada por la Feria de Valladolid y la Sociedad Canina Castellana, se ha consolidado como uno de los grandes escaparates del bienestar animal y la tenencia responsable en Castilla y León. En su decimonovena edición, el certamen vuelve a reunir a miles de visitantes y a profesionales del sector en torno a los animales de compañía.
Durante su visita, el alcalde de Valladolid, Jesús Julio Carnero, subrayó que la ciudad es “una ciudad comprometida con el bienestar animal y con una convivencia responsable”, destacando el papel de Fimascota como punto de encuentro entre ocio familiar, divulgación y actividad profesional. La feria se ha asentado ya como una de las citas más importantes del calendario ferial vallisoletano.
El programa incluye concursos internacionales caninos y felinos con alrededor de 2.000 ejemplares de más de 150 razas, así como exposiciones monográficas dedicadas a perros tan conocidos como el mastín español, el chihuahua o los galgos afganos y salukis. No se trata solo de exhibir belleza o pedigrí, sino también de mostrar estándares de buena cría y manejo responsable.
Junto a las competiciones, la feria ofrece exhibiciones de agility, demostraciones de perros de rescate y salvamento, actuaciones de la unidad canina de la Policía Nacional, actividades de cetrería, equinoterapia y paseos a caballo. A ello se suman concursos de dibujo, desfiles de disfraces para mascotas, propuestas infantiles y la presencia de protectoras de animales, que aprovechan el evento para visibilizar su labor y promover la adopción.
Carnero quiso enlazar el espíritu de Fimascota con la reciente campaña municipal sobre tenencia responsable, impulsada por el Ayuntamiento y el Colegio Oficial de Veterinarios de Valladolid bajo el lema “Tu mascota, tu responsabilidad”. El mensaje es claro: el cariño hacia los animales debe ir acompañado de respeto, responsabilidad y compromiso diario con su salud y su bienestar, sin olvidar la convivencia con el resto de la ciudadanía.
En este contexto, el consistorio vallisoletano hace hincapié en tres ejes básicos: la adopción responsable, invitando a reflexionar antes de incorporar un animal al hogar; la vacunación y el control sanitario, esenciales tanto para la salud de las mascotas como para la salud pública; y el respeto al espacio público, recordando la obligación de recoger excrementos y limpiar las micciones para mantener la ciudad limpia y evitar conflictos vecinales.
Ley de Bienestar Animal y comunidades de vecinos: qué se puede y qué no se puede hacer
La entrada en vigor de la Ley de Protección y Bienestar de los Animales ha cambiado de forma notable el marco legal de la convivencia con perros y gatos en España. Aunque las comunidades de propietarios llevan años regulando la presencia de mascotas en sus estatutos, ahora deben encajar esas normas internas con una legislación estatal que fija mínimos de protección y de bienestar.
En primer lugar, la normativa deja claro que una comunidad de vecinos no puede prohibir que un propietario tenga un perro u otra mascota en su vivienda privada. Esto se apoya en la Ley de Propiedad Horizontal, que reconoce el derecho del titular a usar su propiedad, siempre que respete la tranquilidad, la seguridad y la salubridad del edificio. Es decir, la mascota puede vivir en el piso, otra cosa son las condiciones.
Lo que sí pueden hacer las comunidades es limitar determinados usos de las zonas comunes. En sus estatutos se suelen introducir reglas sobre el tránsito de animales por portales, patios, jardines o piscinas, o sobre la permanencia en espacios compartidos. El objetivo es evitar molestias, ruidos excesivos, suciedad o situaciones de riesgo, siempre dentro de un marco razonable y proporcionado.
En la práctica, muchas comunidades permiten perros y gatos, pero pueden imponer restricciones sobre el tamaño, el número de animales por vivienda o determinados comportamientos. Lo que resulta más conflictivo, y genera dudas frecuentes, es hasta qué punto una junta de propietarios puede “meterse” en la vida de las mascotas de cada vecino: si pueden prohibir su acceso al ascensor, obligar a usar bozal en zonas comunes o limitar horarios de salida, por ejemplo.
En cuanto al ascensor, la Ley de Propiedad Horizontal abre la puerta a que se limite o incluso se prohíba el acceso de perros si así lo acuerda la comunidad y se recoge adecuadamente en sus normas internas. No es lo más habitual, pero es legal. No obstante, la realidad diaria en muchos edificios es más flexible: basta con que los animales vayan sujetos, controlados y sin generar suciedad ni destrozos, y con que exista un mínimo de sentido común entre vecinos para evitar conflictos continuos.
La Ley de Bienestar Animal, por su parte, se centra menos en las zonas comunes y más en garantizar que las mascotas vivan en condiciones dignas dentro y fuera de la vivienda. Obliga a cubrir necesidades básicas, prohíbe el maltrato y tipifica como infracción grave o muy grave aquellas conductas que comprometen seriamente la salud física o emocional del animal.
Perros y frío: obligaciones legales y riesgos de sanciones
Una de las cuestiones donde la Ley 7/2023 de bienestar animal ha puesto el foco es en las condiciones de alojamiento de los animales, especialmente cuando las temperaturas bajan. El debate sobre si los perros pueden dormir fuera de casa en invierno es recurrente, pero la nueva normativa y el criterio veterinario se inclinan claramente por la prudencia.
Según explica la veterinaria Yasmina Domínguez, presidenta del Colegio de Veterinarios de Almería y consejera de animales de compañía en el Consejo General, la falta de un refugio adecuado frente al frío puede considerarse una infracción grave o muy grave si se demuestra que provoca sufrimiento o un riesgo claro para la integridad del animal. En esos casos, se contemplan sanciones económicas que pueden llegar hasta los 200.000 euros, además de inhabilitaciones para tener animales e incluso responsabilidades penales si hay daños severos o muerte.
Domínguez señala que a partir de unos 7 grados de temperatura conviene extremar las precauciones, en especial con perros de pequeño tamaño o con poca capa de grasa y de pelo. Muchos tutores confían en que “los perros aguantan bien el frío”, pero la realidad es que aquellos acostumbrados a vivir en interiores, con calefacción, no desarrollan la misma resistencia que los animales criados históricamente en exteriores.
Por eso, dejar a un perro de raza pequeña o muy delicada a la intemperie, en un balcón o en una azotea sin refugio correcto, puede encajar perfectamente en un supuesto de maltrato o negligencia. El frío empieza afectando a las zonas más sensibles (patas, orejas, cola, nariz) y puede derivar en hipotermia si el animal tiembla de forma continuada, se muestra apático o rígido y no se actúa con rapidez.
Ahora bien, existen razas de trabajo y perros adaptados a vivir en el exterior, por ejemplo en entornos rurales o en fincas, donde dormir fuera no es automáticamente sinónimo de trato inadecuado. La clave está en que se cumplan unas condiciones mínimas: refugio aislado del suelo, espacio seco y protegido de la lluvia y del viento, ausencia de corrientes, acceso constante a agua no congelada y una cama o superficie que evite el contacto directo con superficies extremadamente frías.
La propia Ley de Bienestar Animal recoge en su artículo 26 que los responsables de animales de compañía deben mantenerlos integrados en el núcleo familiar siempre que sea posible. Y, cuando por razón de especie, tamaño o características no puedan convivir en el interior del hogar, deberán disponer de un alojamiento adecuado, acorde a sus dimensiones, protegido de las inclemencias del tiempo y en buenas condiciones higiénico-sanitarias. Además, en especies gregarias habrá que procurarles la compañía que necesiten.
El artículo 27 de la norma va un paso más allá y prohíbe mantener de forma habitual a perros y gatos en terrazas, balcones, azoteas, trasteros, sótanos, patios similares o vehículos. Es decir, dejar al animal “aparcado” permanentemente en estos espacios ya no es solo una mala práctica, sino una conducta sancionable. Otra cosa diferente es un uso puntual y siempre bajo supervisión.
La veterinaria insiste también en no descuidar la desparasitación durante el invierno. Aunque muchos propietarios asocian pulgas y garrapatas al verano, estos parásitos siguen activos a partir de los 12-13 grados. Un perro debilitado por el frío y mal protegido frente a parásitos es más vulnerable a infecciones y a problemas de piel, lo que agrava aún más el impacto de unas malas condiciones de vida.
En paralelo, la ley crea el Sistema Central de Registros para la Protección Animal, destinado a coordinar los registros autonómicos de entidades dedicadas a la protección y bienestar de los animales. Este sistema permitirá saber cuántos animales se dan en adopción, el nivel de saturación de las protectoras o la situación de las colonias felinas, con el fin de diseñar políticas públicas más afinadas contra el abandono y en favor del bienestar.
Un cambio de paradigma impulsado desde instituciones y sociedad
Más allá de las obligaciones legales, el bienestar animal se apoya en una red de administraciones, colegios veterinarios, protectoras y ciudadanía que empujan hacia un modelo de convivencia más respetuoso. Ferias como Fimascota, campañas municipales de tenencia responsable o nuevas herramientas como el sistema central de registros persiguen un objetivo común: reducir el abandono, prevenir el maltrato y mejorar la calidad de vida de los animales de compañía.
En las comunidades de vecinos, la convivencia con perros y gatos sigue generando dudas, pero cada vez hay más información y más jurisprudencia que ayuda a encontrar equilibrios razonables. Las normas internas pueden ordenar el uso de ascensores o zonas comunes, pero no pueden chocar con el derecho de los propietarios a convivir con sus mascotas ni con las exigencias mínimas de bienestar que marca la ley estatal.
Todo este entramado normativo y social configura un escenario en el que tener una mascota implica mucho más que abrirle la puerta de casa. Supone evaluar si podemos asumir su cuidado a largo plazo, garantizarle un entorno seguro y confortable tanto en verano como en invierno, respetar a los vecinos y cumplir con las normas municipales y estatales. El bienestar animal, en definitiva, se ha convertido en una responsabilidad compartida que va desde los hogares hasta las instituciones, y que obliga a repensar cómo nos relacionamos con los animales en nuestro día a día.



