
La aspirina lleva más de un siglo en nuestros botiquines y, para muchas personas, se ha convertido casi en un gesto automático: pastilla pequeña, cada día, y supuestamente corazón más protegido frente a infartos e ictus. Sin embargo, en los últimos años las recomendaciones han dado un giro importante y ya no es tan inocente eso de tomar aspirina “por si acaso”.
Hoy sabemos que, en ciertos grupos de edad y en personas con algunos problemas de salud, los riesgos de hemorragia y otros efectos adversos pueden superar claramente los beneficios. Por eso cada vez se insiste más en algo muy sencillo, pero que mucha gente pasa por alto: la aspirina diaria solo tiene sentido cuando está bien indicada por un profesional y adaptada al riesgo real de cada persona.
Aspirina diaria: prevención primaria y secundaria
Cuando se habla de tomar aspirina de forma continuada, es clave distinguir entre prevención primaria y prevención secundaria, porque no es lo mismo evitar un primer evento cardiovascular que intentar que no se repita algo que ya ha ocurrido.
En prevención primaria, es decir, en personas que nunca han tenido un infarto, un ictus ni una cirugía de revascularización (bypass, angioplastia con stent, etc.), durante años se promovió la aspirina diaria a dosis bajas para “limpiar” la sangre y reducir el riesgo de eventos cardiovasculares. Los estudios más recientes y las guías actuales señalan que, salvo en casos muy concretos de alto riesgo, ese uso preventivo generalizado ya no se aconseja, porque el beneficio neto es pequeño y el peligro de sangrado es real.
En cambio, en prevención secundaria la película es distinta. Aquí hablamos de personas que ya han sufrido un ataque al corazón, un ictus isquémico, un accidente isquémico transitorio (AIT) o que tienen una enfermedad cardiovascular diagnosticada (por ejemplo, coronariopatía, síndrome coronario agudo, fibrilación auricular con indicación de antiplaquetarios, etc.). En estos casos, la aspirina diaria en dosis baja ha demostrado de forma contundente que reduce el riesgo de nuevos eventos y de complicaciones graves, y sigue siendo una herramienta esencial.
La gran confusión viene de que, durante décadas, el mensaje de “una aspirina al día protege el corazón” se extendió sin matices, y mucha gente lo aplicó a su vida sin consultar, incluso sin tener un riesgo cardiovascular elevado. Hoy las sociedades científicas insisten en que no debe iniciarse una pauta diaria de aspirina sin valorar antes el riesgo personal de infarto, ictus y, sobre todo, de sangrado.
Además, la edad cambia el equilibrio entre beneficio y riesgo: el riesgo de infarto aumenta con los años, pero el riesgo de hemorragias graves por culpa de la aspirina crece todavía más deprisa, especialmente a partir de cierta década de la vida.
Quién debería plantearse tomar aspirina a diario (y quién no)
Las recomendaciones recientes han afinado mucho más el perfil de las personas en las que podría tener sentido plantear una aspirina en dosis baja para prevención primaria, y en cuáles está claramente desaconsejada.
En general, puede considerarse en adultos de 40 a 59 años con un riesgo cardiovascular a 10 años igual o superior al 10 %, siempre que no tengan un riesgo elevado de sangrado. Hablamos de personas con varios factores de riesgo acumulados: tabaquismo, hipertensión arterial, colesterol alto, diabetes, antecedentes familiares de enfermedad cardiovascular precoz, etc. En este grupo se valora caso por caso y se decide conjuntamente con el médico.
También se puede plantear el uso de aspirina en dosis baja en personas sin infarto previo pero con determinados procedimientos o diagnósticos cardiacos, como quienes han recibido un stent coronario, han pasado por una cirugía de bypass coronario o padecen angina estable con evidencia de enfermedad de las arterias del corazón. En ellos se ha demostrado que los antiplaquetarios, incluida la aspirina, disminuyen las probabilidades de un primer gran evento cardiovascular.
Otro grupo en el que históricamente se ha considerado la aspirina son las personas con diabetes menor de 60 años con otros factores de riesgo añadidos. En estos casos, algunas guías han contemplado la aspirina en dosis baja como opción, pero la decisión debe ser extremadamente individualizada porque no hay un beneficio claro y rotundo para todas las personas diabéticas, y se corre el riesgo de sobremedicar.
Por el contrario, cada vez hay más consenso en que los adultos de 60 años o más sin antecedentes claros de enfermedad cardiovascular no deberían empezar ahora con la aspirina diaria solo como medida preventiva. Y en los mayores de 70 años, las sociedades científicas de referencia (como la American Heart Association y el American College of Cardiology) son muy tajantes: no se recomienda su uso rutinario en prevención primaria, especialmente si existe cualquier factor que aumente el riesgo de hemorragia.
Personas en las que la aspirina está desaconsejada o requiere extrema cautela
La aspirina no es un comprimido inofensivo: su capacidad para inhibir la función de las plaquetas y favorecer el sangrado hace que en algunos perfiles sea una mala idea, salvo indicación muy precisa de un especialista y con un control estrecho.
En primer lugar, está claramente desaconsejada en personas con trastornos de la coagulación o sangrado fácil, como hemofilia u otros problemas hemorrágicos. En estos casos, sumar un antiplaquetario puede disparar el riesgo de hemorragias graves, tanto internas como externas, incluso ante mínimos traumatismos.
También se debe evitar en quienes tienen antecedentes de úlcera péptica activa, úlceras sangrantes o hemorragia digestiva previa. La aspirina irrita la mucosa del estómago y del intestino y, al interferir en la coagulación, facilita que cualquier pequeña lesión evolucione hacia un sangrado importante. En personas con úlcera pasada pero ya cicatrizada, la decisión debe tomarla el médico, muchas veces combinando la aspirina con un protector gástrico.
Las personas con alergia conocida a la aspirina o a otros antiinflamatorios no esteroideos (AINE), incluidos aquellos con asma desencadenada por estos fármacos, no deben tomarla. En ellos, incluso una dosis baja puede precipitar una reacción alérgica grave, crisis de asma intensa o síntomas respiratorios peligrosos.
En el terreno de las contraindicaciones relativas, hay que ir con pies de plomo si existe asma, hipertensión arterial mal controlada, problemas de hígado, enfermedad renal crónica o úlcera previa. No siempre están prohibidas las dosis bajas de aspirina, pero es obligatorio evaluar muy bien el balance riesgo-beneficio y, si se receta, vigilar de cerca la aparición de efectos adversos.
El consumo habitual de alcohol es otro factor que suma riesgo. El alcohol también puede irritar la mucosa gástrica y alterar la coagulación; si se combina con aspirina diaria, aumenta la probabilidad de hemorragia estomacal o intestinal. Por eso, en personas que beben con frecuencia, conviene extremar la prudencia y, si finalmente se usa aspirina, limitar el alcohol y comentarlo siempre con el médico.
Por último, hay situaciones quirúrgicas que requieren parar la aspirina. En general, se recomienda suspenderla unos siete días antes de intervenciones quirúrgicas o dentales con riesgo de sangrado, siempre bajo indicación médica. Si tomas aspirina todos los días, es fundamental que informes de ello antes de cualquier operación, por pequeña que parezca.
Cómo actúa la aspirina y por qué puede prevenir infartos e ictus
La aspirina, o ácido acetilsalicílico, pertenece al grupo de los antiinflamatorios no esteroideos (AINE). Estos medicamentos se usan para aliviar el dolor, bajar la fiebre y reducir la inflamación, pero la aspirina tiene además una característica que la hace diferente: su efecto antiplaquetario duradero.
En el contexto cardiovascular, lo que nos interesa no es tanto su capacidad analgésica como el hecho de que impide que las plaquetas se agreguen entre sí. Lo consigue bloqueando de manera irreversible una enzima, la ciclooxigenasa (COX), que participa en la síntesis de unas sustancias llamadas prostaglandinas y tromboxanos. Estas moléculas son, entre otras cosas, las que “ordenan” a las plaquetas que se junten para formar un coágulo cuando hay una lesión en un vaso sanguíneo.
Cuando este mecanismo se descontrola, pueden formarse coágulos dentro de las arterias que no están rotas, por ejemplo, sobre una placa de ateroma en una arteria coronaria o cerebral. Ese coágulo puede obstruir el flujo de sangre al corazón o al cerebro y desencadenar un infarto de miocardio o un ictus isquémico. Al hacer que las plaquetas sean menos pegajosas, la aspirina reduce la probabilidad de que se forme ese tapón inesperado.
Este efecto es especialmente útil justo después de un evento agudo. En un infarto o en un ictus isquémico, administrar aspirina cuanto antes reduce el tamaño del daño y la posibilidad de nuevos coágulos. Varios estudios han demostrado que la mayor parte del beneficio de la aspirina en estos contextos se concentra en las primeras semanas, disminuyendo tanto la frecuencia como la gravedad de los episodios posteriores.
A nivel histórico, la aspirina se originó a partir del salicilato presente en la corteza de sauce, utilizado ya en la antigüedad para tratar fiebre y dolores. En su forma moderna, lleva más de cien años en uso y sigue siendo uno de los fármacos más recetados del mundo, tanto para el dolor leve o moderado como para patologías crónicas como la artritis reumatoide, la fiebre reumática o la pericarditis cuando se usan dosis altas.
Formatos, dosis y tipos de aspirina
En la farmacia encontramos la aspirina en distintas presentaciones y dosis, tanto con receta como de venta libre. Comprender estas diferencias ayuda a usarla de manera más segura y adecuada.
En cuanto a las formulaciones, existe aspirina de liberación lenta o prolongada, que suele dispensarse con receta y está pensada para liberar el fármaco poco a poco, y aspirina de liberación retardada o con recubrimiento entérico, diseñada para disolverse en el intestino en lugar de en el estómago con el fin de intentar reducir la irritación gástrica. Hay también comprimidos normales, tabletas masticables, polvos y presentaciones en goma de mascar.
Las dosis bajas para prevención cardiovascular suelen situarse entre 75 y 100 mg al día, siendo muy frecuente la presentación de 81 mg. Para otras indicaciones (dolor, inflamación, fiebre, pericarditis, fiebre reumática o artritis reumatoide) se emplean dosis mayores, que pueden llegar hasta 300-325 mg varias veces al día, siempre según pauta médica.
En prevención a largo plazo, lo habitual es que la persona tome una única dosis diaria, normalmente entre 75 y 325 mg, dependiendo de la indicación concreta y del criterio del profesional. Conviene tragar las tabletas de liberación prolongada enteras con un vaso de agua, sin triturarlas ni masticarlas, mientras que las tabletas masticables pueden deshacerse en la boca, masticarse o tragarse, siempre acompañadas de agua para favorecer su paso al estómago.
La llamada aspirina recubierta intenta atravesar el estómago sin disolverse y activarse ya en el intestino delgado. Puede ser una opción para personas con molestias gástricas, aunque los estudios no han demostrado con claridad que reduzca el riesgo de hemorragia digestiva severa. Además, en situaciones en las que se sospecha un infarto y se necesita un efecto rápido, la aspirina normal masticada suele ser más eficaz que la recubierta.
Un aspecto importante es no usar las formulaciones de liberación retardada para dolor o fiebre que necesitan alivio rápido, porque tardan más en hacer efecto. Y, por supuesto, respetar siempre las indicaciones de la etiqueta o de la receta: no aumentar las dosis por cuenta propia ni acortar los tiempos entre tomas sin consultar.
Riesgos principales: hemorragias, ictus hemorrágico y alergias
El gran peaje de la aspirina, especialmente cuando se toma cada día, es su potencial para provocar o agravar hemorragias. Este riesgo no es teórico: está bien demostrado y aumenta con la edad, con la dosis y con la presencia de otros factores de riesgo.
Uno de los problemas más temidos es el accidente cerebrovascular hemorrágico, un tipo de ictus causado por la rotura de un vaso sanguíneo en el cerebro. Aunque la aspirina reduce la probabilidad de ictus isquémicos (los provocados por coágulos), puede favorecer el sangrado intracraneal, especialmente en personas mayores o con fragilidad vascular. En quienes tienen alto riesgo de hemorragia, este posible efecto adverso puede anular por completo el beneficio preventivo frente a los ictus isquémicos.
En el aparato digestivo, la aspirina incrementa de forma clara la aparición de úlceras de estómago y duodeno. Si ya existe una úlcera previa, tomar aspirina a diario multiplica la posibilidad de que vuelva a sangrar. La hemorragia digestiva puede manifestarse como vómitos con sangre, heces muy oscuras o síntomas de anemia (cansancio extremo, palidez, mareos), y en casos graves pone en peligro la vida si no se trata con rapidez.
Por otra parte, hay personas con hipersensibilidad a la aspirina. En ellas, incluso una dosis pequeña puede desencadenar urticaria, dificultad para respirar, inflamación de labios y párpados o una reacción anafiláctica. También existe un subgrupo de asmáticos en los que la aspirina y otros AINE empeoran los “pitos” pulmonares y la falta de aire, por lo que deben evitarse salvo indicación muy específica.
Otros efectos secundarios, aunque más leves, no son raros: dolor de estómago, indigestión, náuseas o malestar abdominal. A largo plazo pueden aparecer moratones con facilidad y pequeños sangrados (por ejemplo, de encías o nariz) debido a la alteración de la función plaquetaria. Todo esto refuerza la idea de que, incluso siendo un medicamento muy útil, no es un suplemento inocuo.
Interacciones con otros medicamentos y suplementos
Otro punto delicado de la aspirina diaria es cómo interactúa con otros fármacos y productos naturales. Algunas combinaciones pueden disparar el riesgo de sangrado o anular el efecto de uno de los tratamientos, de ahí que sea tan importante informar al médico de todo lo que se toma, incluyendo “cosas naturales” o complementos.
Entre las interacciones más relevantes están las que se producen con otros antiinflamatorios no esteroideos (AINE) como el ibuprofeno, el naproxeno, el diclofenaco o la indometacina. Si se usan de forma habitual junto con la aspirina, aumentan el riesgo de hemorragia y úlcera gástrica. Además, algunos AINE pueden interferir en el efecto antiplaquetario de la aspirina si se toman de determinada manera, por lo que no deberían usarse como sustitutos para prevenir infartos.
La combinación de aspirina con anticoagulantes orales (por ejemplo, warfarina, rivaroxabán, apixabán, dabigatrán) o con heparinas inyectables debe valorarse siempre con muchísimo cuidado. En algunos pacientes de muy alto riesgo cardiovascular, el médico puede pautar ambos fármacos, pero se sabe que esta mezcla incrementa mucho la posibilidad de sangrados graves y necesita una supervisión estrecha.
También hay que tener en cuenta otros medicamentos como el clopidogrel y otros antiplaquetarios, los corticoides (por el efecto añadido sobre el estómago) y ciertos antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) como citalopram, fluoxetina, sertralina, paroxetina o venlafaxina. Combinados con aspirina, pueden elevar aún más el riesgo de hemorragias digestivas o de otro tipo.
Los suplementos y productos de herbolario tampoco están exentos de problemas. Extractos de ginkgo, aceite de pescado (omega-3), arándano, uña de gato, danshen, kava, ma huang, aceite de onagra o capsaicina, entre otros, pueden tener un efecto adicional sobre la coagulación o la pared vascular. Si se suman a la aspirina, el resultado puede ser una tendencia a sangrar mayor de la esperada, especialmente si se toman en dosis altas o junto con otros fármacos.
Por todo esto, antes de empezar o mantener una terapia con aspirina baja dosis es fundamental revisar con el profesional sanitario toda la lista de medicamentos, suplementos y hábitos, alcohol incluido, para valorar riesgos y ajustar o suspender lo que sea necesario.
Aspirina, niños, embarazo y otras situaciones especiales
En menores de 16 años, la norma general es muy clara: no se debe dar aspirina, salvo indicaciones muy concretas de un especialista. El motivo es la asociación entre la aspirina y el síndrome de Reye, una enfermedad poco frecuente pero gravísima que provoca acumulación de grasa en hígado, cerebro y otros órganos, con riesgo de daño neurológico irreversible o muerte, especialmente en niños que están pasando infecciones virales como la gripe o la varicela.
Solo en circunstancias muy específicas, como en la enfermedad de Kawasaki o en algunos niños operados del corazón con riesgo alto de formar coágulos, se puede usar aspirina en edades pediátricas, siempre bajo vigilancia estrecha. En el resto de casos, para fiebre y dolor se prefieren otros fármacos como paracetamol o ibuprofeno, siguiendo las pautas de pediatría.
El asunto es más matizado en el embarazo y la lactancia. En dosis bajas y bajo supervisión médica, la aspirina puede estar indicada en algunas gestantes de alto riesgo (por ejemplo, para prevenir preeclampsia en determinados casos), pero no se recomienda el uso de dosis altas, ya que pueden afectar tanto a la madre como al feto. Durante la lactancia, suele tolerarse la aspirina en baja dosis si el médico lo considera necesario, pero siempre se valora cuidadosamente cada situación.
Otro escenario particular es el de las personas con fibrilación auricular, una arritmia que incrementa en torno a un 500 % el riesgo de ictus. En este grupo se ha demostrado que la aspirina no es tan eficaz como los anticoagulantes específicos (como warfarina o los anticoagulantes orales directos), de modo que en la mayoría de los casos no se usa aspirina como única medida para prevenir embolias cerebrales.
Finalmente, si alguien está tomando aspirina de manera regular y nota fiebre mantenida más de tres días, dolor que no cede tras diez días o la zona dolorida se enrojece o inflama, conviene suspender el uso analgésico sin supervisión y consultar, porque podría existir un problema de fondo que precisa otra clase de tratamiento.
Tomar, no tomar… ¿y si ya llevo años con aspirina diaria?
Con tantas actualizaciones de guías y noticias sobre nuevos estudios, es lógico que muchas personas que llevan años tomando aspirina se pregunten si deberían mantener o suspender el tratamiento. La respuesta nunca debería ser cortar por tu cuenta de un día para otro.
En quienes la toman por prevención secundaria (porque ya han sufrido un infarto, un ictus isquémico, un AIT o tienen enfermedad cardiovascular documentada), la aspirina sigue siendo una pieza clave de la estrategia terapéutica. Interrumpirla bruscamente puede favorecer la formación de coágulos y aumentar el riesgo de un nuevo evento, sobre todo si se hace sin sustituirla por otra medida antiplaquetaria o anticoagulante pautada por el médico.
En las personas que la usan en prevención primaria y que ahora descubren que quizás no la necesitaban —o que su perfil ha cambiado con la edad—, lo prudente es conversar con su profesional de referencia para revalorar el riesgo de infarto, ictus y sangrado. En esa visita se pueden revisar factores como la tensión, el colesterol, la presencia de diabetes, el hábito tabáquico, la edad y los antecedentes personales y familiares, y decidir juntos si compensa seguir, ajustar dosis o suspender.
Es importante tener presente que, además de los fármacos, hay medidas de estilo de vida con un impacto enorme en el riesgo cardiovascular: una alimentación equilibrada, mantener un peso saludable, hacer ejercicio con regularidad, no fumar y moderar el alcohol pueden reducir mucho las probabilidades de infarto o ictus. En la mayoría de las personas sanas, estos cambios aportan más beneficio neto a largo plazo que tomar aspirina “por sistema”.
La aspirina diaria es una herramienta potentísima que en algunas personas puede marcar la diferencia entre tener o no un segundo infarto o ictus, pero que en otras añade un peligro de hemorragia nada despreciable sin ofrecer un buen retorno. Por eso, más que preguntarse si la aspirina es buena o mala en abstracto, tiene mucho más sentido plantearse si, con tu edad, tus antecedentes y tus otros tratamientos, es el fármaco adecuado para ti ahora mismo y tomar la decisión mano a mano con tu médico.


